Defensa del coche eléctrico chino (con perdón)
Los aranceles ayudan a la industria europea del automóvil, pero su impacto en el bienestar general es más discutible

Un modelo del fabricante chino de coches eléctricos BYD se exhibe en el Salón del Automóvil de Tokio. | Taidgh Barron (Zuma Press)
Nos metemos mucho con el proteccionismo de Donald Trump, pero a los europeos nos ha faltado tiempo para imponer a los coches eléctricos chinos unos «derechos compensatorios» de hasta el 35,3%, que se suman al arancel general del 10% para turismos importados.
«La investigación llevada a cabo —argumenta Bruselas— ha concluido que la cadena de valor del BEV [vehículo eléctrico de batería, por sus siglas en inglés] se beneficia en China de subvenciones públicas injustas que amenazan con causar un perjuicio económico a los productores de BEV de la UE».
Esta justificación me suscita dos preguntas. La primera es si son las ayudas estatales las únicas responsables de la superior competitividad de los automóviles chinos, y la respuesta es que resultaron imprescindibles para que arrancara, pero la ventaja se mantiene gracias a la constitución de un ecosistema de escala gigantesca y gran integración, y generosamente regado de I+D. La segunda pregunta es si todo esto importa demasiado.
El helicóptero de Friedman
Asociamos la riqueza con el tío Gilito zambulléndose en una piscina de monedas, y es parte de la verdad, pero no toda la verdad.
Supongamos, plantea el Nobel Milton Friedman, que un helicóptero derramara sobre una localidad una lluvia de dólares que, como es natural, serían ávidamente recogidos por sus habitantes. Si cada uno de ellos se limitara a guardarlos debajo del colchón, nada ocurriría. La mera posesión de más billetes no te vuelve más acomodado.
«Pero —dice Friedman— la gente corriente no reacciona así [y] querrá aumentar su consumo».
El problema es que el efectivo caído del cielo no ha alterado la economía real. La infraestructura fabril permanece inalterada y la oferta de bienes y servicios no ha aumentado. En el plazo inmediato, algunos ciudadanos espabilados podrán aprovechar para comprarse una televisión nueva o un coche más grande. Pero con más dinero persiguiendo la misma cantidad de bienes, los precios no tardarán en subir y, a largo plazo, todo lo que quedará será inflación.
Cómo los países prosperan
Una definición más realista de riqueza es la que la vincula con la capacidad de consumo.
Somos más ricos en la medida en que obtenemos más a cambio de nuestro trabajo. Cuando los bienes y servicios a los que tenemos acceso son los mismos, como en la localidad de Friedman, no hemos avanzado nada, por más dólares que nos arrojen desde un helicóptero.
Nos enriquecemos cuando somos más productivos. Si en lugar de un artículo al día escribo y vendo dos, ingresaré más.
También nos enriquecemos cuando un fabricante de lavadoras o de frigoríficos es más eficiente, porque podrá arrebatar cuota de mercado a sus competidores bajando sus precios y eso nos ahorrará a los clientes unos recursos que podremos invertir en otro lado. Así es cómo prosperan los países. Lo fundamental no es que te metan más billetes en el bolsillo, sino que te saquen cada vez menos.
Por desgracia, no se trata de una idea tan intuitiva como la piscina de monedas del tío Gilito.
Lo que se ve y lo que no se ve
El liberal francés Fréderic de Bastiat aborda la elusiva naturaleza de la riqueza en un artículo titulado «Lo que se ve y lo que no se ve».
«Veamos el ejemplo del hombre cuyo atolondrado hijo rompe un cristal —escribe—. Ante semejante espectáculo, seguro que hasta 30 hipotéticos espectadores sabrían ponerse de acuerdo para ofrecer al atribulado padre un consuelo unánime: “No hay mal que por bien no venga. Así se fomenta la industria. Todo el mundo tiene derecho a ganarse la vida. ¿Qué sería de los fabricantes de vidrios si nadie los rompiese?”».
«Esto —dice Bastiat— es lo que se ve».
Lo que no se ve es que, de no haber tenido que invertir seis francos en reparar la ventana rota, su dueño podría haberse procurado unos zapatos o un libro. En el primer caso, la comunidad ha desembolsado seis francos para seguir como estaba. En el segundo, habría sumado a su patrimonio unos zapatos o un libro.
Ingresos perdidos
Algo parecido ocurre con los coches chinos.
Lo que se ve es al fabricante europeo que sufre y a 30 hipotéticos espectadores instando a echarle una mano: «Así se fomenta la industria». Lo que no se ve es que los 10.000 euros de menos que paga el consumidor de un BYD son renta disponible para unas vacaciones, un software de última generación o la trilogía de Escipión de Santiago Posteguillo. Por eso nos inquieta que peligre el empleo en la planta de Martorell, pero no los ingresos que dejan de hacer el restaurante de Alicante, la startup de Málaga o la librería de Madrid.
Al imponer derechos compensatorios, Bruselas presta un servicio indudable a la industria del automóvil. Las consecuencias para el bienestar general son más discutibles.
