El hundimiento de la balanza comercial frena un crecimiento económico basado en el consumo
La mayor dependencia del exterior y la dificultad para seguir creciendo en cantidad provocan una desaceleración

Contenedores de mercancías en el Puerto de Barcelona. | Reuters
El modelo económico de España y el elevado ritmo de crecimiento vivido en los últimos años tienen fecha de caducidad. El ciclo expansivo se ha basado sobre todo en un gasto público récord y en el aumento del consumo, con un máximo tanto de turistas como de población debido a la inmigración. La llegada de nuevos consumidores implica un mayor gasto y un estímulo para la economía a corto plazo, pero este elemento es ya el único que empuja significativamente al alza el producto interior bruto (PIB) y muestra señales de agotamiento: el número de visitantes está ya en máximos históricos y difícilmente podrá sostener un crecimiento indefinido, mientras que también se espera que el flujo de inmigrantes se modere paulatinamente, de modo que la demografía podrá seguir incrementándose y aportando al PIB, pero a un ritmo menor.
En paralelo, este modelo económico cortoplacista parece estar teniendo unos efectos perniciosos sobre la competitividad de España en el mercado exterior. Aunque las exportaciones siguen aumentando moderadamente, las importaciones lo hacen a una velocidad mucho mayor. Tras la guerra de Ucrania, el encarecimiento de la energía fue lo que agravó el déficit comercial —el saldo entre lo que se exporta y lo que se importa— que, según la Secretaría de Estado de Comercio, en 2025 se disparó un 42% hasta los 57.054 millones de euros, principalmente por las importaciones no energéticas, que se triplicaron y alcanzaron su punto más alto desde 2008. Todo ello dibuja un escenario de desaceleración, ya que la economía crece solo sobre la base del consumo interno —con un potencial cada vez menor para seguir expandiéndose en este frente— mientras el comercio con el extranjero es cada vez más deficitario y resta al PIB.
Una economía basada en una fuerte industria exportadora tiene, por lo general, unas bases más estables para generar crecimiento sostenido, mientras que España parece caminar en la dirección opuesta: menos empleo industrial, más servicios de bajo valor añadido y más consumidores. Estos generan un mayor gasto, que es, junto al elevado déficit público, una fuente de inflación. Los precios crecen más que en el conjunto de la UE, y eso a su vez hace que las exportaciones sean menos competitivas. En 2024, el PIB creció un 3,2%, cifra que se moderó al 2,8% en 2025. Para este año, la mayoría de analistas prevén un aumento de entre el 2,3 y el 2,4%, es decir, ocho o nueve décimas de desaceleración económica en dos ejercicios.
El crecimiento se desacelera: del 3,2% al 1,8%
En un informe reciente, Funcas alertaba precisamente del «mayor protagonismo de la demanda nacional frente al debilitamiento del sector exterior», un indicador parecido a la balanza comercial, pero que tiene en cuenta también el turismo, y de que el consumo privado de las familias es ya lo que más tira hacia arriba el PIB, mientras que las importaciones de bienes son el principal lastre. El laboratorio de ideas advertía asimismo de que la economía seguirá desacelerándose, hasta cerrar 2027 con un alza del 1,8%, cerca de la mitad de la registrada en 2024. «El sector exterior pasó de sumar dos décimas porcentuales en 2024 a detraer ocho décimas en 2025», subraya el documento, que también refleja que la población activa extranjera se incrementará a un ritmo cada vez más lento: del 8,2% de 2024 al 4% de 2027. En 2025 ya ha observado un aumento menor al del ejercicio anterior (6,3%) y este año se estima que seguirá en tendencia descendente (5%).

«Las exportaciones de servicios han funcionado muy bien a pesar del ataque que le hacemos al turismo por temas inmobiliarios», señala el doctor en Economía Daniel Fernández. «Si [se mira] el PIB y las cifras grandes, parece que España brille, y si [se ve] cómo están Alemania o Francia, [se puede] sacar pecho, pero cuando [se va] al detalle, [hay] un crecimiento extensivo, que significa tirar más factores productivos a la economía, pero no usarlos de forma inteligente o incrementar productividad», advierte el profesor de la Universidad de las Hespérides a THE OBJECTIVE, añadiendo que «incluso en sectores de alto valor añadido, el PIB por trabajador o por hora no crece, está estancado, y la generación actual no vive mejor que [sus] padres. Tampoco [mejora] en productividad por trabajador; los niveles de vida son decrecientes y no [hay] a futuro ningún plan para mejorar, [España no es] puntera en nada y, con la inmigración, [se atrae] capital humano que va a tirar al suelo la productividad media».
Josep Lladós, profesor de Economía de la Universidad Abierta de Cataluña (UOC), agrega que, más allá de ir «bien» en el crecimiento general, se nota «cierto agotamiento en la capacidad de generar trabajo, pero [España sigue] siendo fuerte en incorporar ocupación más allá de incorporar productividad». El hecho de que el dólar esté bajo, si bien ayuda a contener los precios al garantizar energía barata en forma de petróleo, «dificulta» las exportaciones, «especialmente donde no puedes marcar una diferenciación del producto», ya que «la apreciación del tipo de cambio encarece los costes y, si trabajas con márgenes pequeños o con productos no demasiado diferentes, sufres». En paralelo, «seguimos en valores históricos» en cuanto al turismo, pero solo en «entrada de visitantes aunque no gasten tanto».
