El ocaso de Rita Barberá

Política y conflictos

El ocaso de Rita Barberá
Foto: ENRIQUE CALVO| Reuters

Dos días después de comparecer en el Tribunal Supremo por su supuesta implicación en un entramado de blanqueo de dinero, la ex alcaldesa de Valencia Rita Barberá moría sola en la habitación de un hotel madrileño. Su corazón se paró el miércoles 23 de noviembre y el Senado, el Congreso y Valencia enmudecieron. Un silencio en señal de luto al que no quiso sumarse Unidos Podemos, que fue el único partido que se ausentó del hemiciclo aquel día al considerar que «sería participar en un homenaje a un político marcado por la corrupción».

Es cierto que la sombra de la corrupción le acechaba desde hacía tiempo. Lejos quedaban ya sus años de esplendor al frente del ayuntamiento de Valencia, consistorio que le fue arrebatado 24 años después por la izquierda en las últimas elecciones. Desde entonces, la ex alcaldesa se prodigaba poco, ni siquiera por el Senado, donde ocupaba un escaño en el grupo mixto tras ser expulsada del PP. El revés de su partido y su imputación en el caso Imelsa habían sumido a Barberá en una profunda depresión, contaron sus más allegados días después de su fallecimiento. Antes de morir, la ex regidora valenciana negó ante el juez cualquier responsabilidad en el supuesto entramado de blanqueo de dinero cometido por su grupo municipal, que consistía en hacer donativos de 1.000 euros para luego devolver al ‘donante’ dos billetes de 500 euros. Barberá se limitó a reconocer que entregó 1.000 euros al partido en concepto de donación pero que nunca le fueron devueltos en dos billetes de 500 euros. Debido a su fallecimiento, el Tribunal Supremo ha dictado un auto de extinción de la responsabilidad penal de Rita Barberá. De este modo, la pieza abierta en el Supremo en relación con el caso Imelsa, que afectaba únicamente a la persona aforada, se extingue. Ahora será la investigación que se sigue en Valencia por el caso Imelsa la única que se desarrolle en relación con el llamado «pitufeo».