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A Francia no le gusta Francia

Cada vez imagino más al país vecino como una gran alfombra que no asume sus colores. Un tapiz bajo el cual el Estado cree poder guardar sus vergüenzas.

Foto: Jean-Francois Badias | AP

Si tiene pensado viajar a Francia próximamente, pregunte a diez personas al azar qué debería hacer su gobierno con los trescientos niños franceses de padres yihadistas (75% de los cuales no ha cumplido todavía cinco años). Según el sondeo Odoxa-Dentsu consulting para franceinfo y Le Figaro que vio la luz en febrero, existen muchas posibilidades de que siete de sus diez interlocutores respondan NADA. Nada. Que el gobierno no haga nada. Que no vuelvan. Tampoco los recién nacidos, ni los que tienen tres años. Fraternité.

Un francés de 12 años murió hace aproximadamente una semana en el campamento del Al-Hol, al noreste de Siria. Los escasos testimonios que trascienden en prensa y las versiones de los familiares de yihadistas con los que mantengo contacto apuntan que el pequeño no sobrevivió a las inmundas condiciones de vida del lugar. No conocemos su nombre, y de hecho, quizá este francés no tuviera 12, sino 10 años y su muerte no se produjera a finales de septiembre, sino a principios de agosto. Quizá esto no importe, al fin y al cabo, como tampoco parecen importar al gobierno de Emmanuel Macron los múltiples llamamientos de la ONU y del Comisario de Derechos Humanos del Consejo de Europa, que desde el mes de abril insisten en la urgencia y el deber del país ante la repatriación de estos menores. Quizá, después de todo, lo más demoledor sería comprobar que, de confirmarse, esta muerte solo representaría una materialización más de la improvisación del gobierno francés ante un fenómeno con el que el país se juega mucho más que la seguridad cortoplacista que reclaman sus ciudadanos. Arriesga, por encima de todo, un modelo de sociedad.

Cada vez imagino más al país vecino como una gran alfombra que no asume sus colores. Un tapiz bajo el cual el Estado cree poder guardar sus vergüenzas, esconder lo que se aleja de su propio imaginario caduco de una Francia que ha mutado y que, contra todo pronóstico chovinista, no se gusta a sí misma. El estudio del yihadismo made in France me ha permitido en el último lustro levantar sigilosamente aquella alfombra, asomar la nariz con cautela y observar. Lo hice cuando las madres de terroristas nacidos en Francia me relataron durante un año la forma en que sus hijos pudieron radicalizarse dentro de sus fronteras antes de unirse al ISIS. Lo hice entrevistando a exyihadistas, reinsertados, pero no arrepentidos (contradicción que nos alerta del peligro y merece reflexión). Lo hice recientemente, cuando el Ministerio de Justicia francés me llamó para formar a sus agentes penitenciarios en materia de prevención, en una cárcel al norte de Francia en la que el gobierno tiene instalado uno de sus programas estrella de medición de la peligrosidad de presos yihadistas. Acepté con la condición de que me dejasen quedarme a dormir en una de aquellas celdas porque no se me ocurría mejor manera de aprovechar ese minúsculo boquete que se abría en la moqueta de esa Francia que no se asume. De esos nueve metros cuadrados y de aquella prisión salí con la absoluta certeza de que los funcionarios no estaban en absoluto formados para tratar con los perfiles terroristas a los que se enfrentaban a diario.

Antes de que termine el año 2021, 107 presos radicalizados saldrán de las prisiones francesas. Sumemos otros 147, solo en 2022. Sirva este dato para reparar en la dimensión francesa: en España se espera, a lo largo de cuatro años, la salida de 70 detenidos por actividades vinculadas al terrorismo yihadista.

Pero Macron se enreda en sus tiempos, hace oídos sordos a la ONU cuando le recuerda la Convención sobre los derechos del niño, como también desoye a los expertos que le instan a repatriar cuanto antes a los yihadistas de nacionalidad francesa, trazar su recorrido, juzgarlos, monitorizarlos. En definitiva, huir de esa seguridad cortoplacista y prevenir los riesgos reales que representan para el futuro.

Los 300 menores franceses confinados en campamentos en Siria no existen. Tampoco las banlieues, que los sucesivos gobiernos han ido expulsando de su campo de visión con la esperanza de que la pólvora de esa bomba de relojería no salpique demasiado al decorado de una Francia impoluta. No existe la sobrepoblación carcelaria crónica (casi 72.000 detenidos en algo más de 61.000 plazas), ni la islamización de las prisiones (que ya denunciaba a principios de los 2000 Farhad Khosrokhavar en sus libros L’islam dans les prisons y en Quand Al Qaida parle: témoignages derrière les barreaux).

El país vecino seguirá retorciendo el cuello cada vez que alguien sugiera que Francia tiene un problema. ¿Qué más da? No lo veo, luego no existe.

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