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¿A quién pertenece la autoría de una obra traducida?

Foto: Ben White | Unsplash

La actual edición de El cuaderno gris es fruto de un concienzudo trabajo de restauración. Durante dos años, el catedrático Narcís Garolera corrigió errores tipográficos, mitigó algunas licencias artísticas de los correctores y reparó descuidos en la transcripción mecanográfica de la obra cumbre de Josep Pla. Garolera introdujo unas cinco mil correcciones en la edición catalana y tres mil en la traducción al castellano de Dionisio Ridruejo y su mujer, Gloria Ros. Tres mil correcciones sobre una traducción que más bien fue una reescritura.

Ahora reescribo, sobre un texto que me parece haber estudiado a fondo, esforzándome por no mezclar lo suyo con lo mío y observando la fidelidad con escrúpulo, aunque sin soñar siquiera en lograr una equivalencia tonal perfecta, explicó Ridruejo. Las lenguas tienen su estructura, y lo que se piensa en una hay que volver a pensarlo en otra.

¿Una buena traducción es la que se limita a consignar de manera aséptica el manuscrito o la que reinterpreta el texto? Dicho de otro modo, ¿El cuaderno gris sigue siendo una obra del autor catalán, como el original El quadern gris, o ese título ya le pertenece a Ridruejo? Estas son las preguntas que Adrià Pujol Cruells y Rubén Martín Giráldez tratan de responder en El fill del corrector | Arre, arre, corrector (Hurtado & Ortega). 

El texto base –una reflexión de Pujol Cruells sobre la relación entre su padre, Jordi Pujol Cofan, y Pla, de quien además de amigo y chófer fue corrector esporádico entre los años cincuenta y sesenta– se convierte gracias a la imaginación del escritor y aquí traductor Martín Giráldez en un artefacto con tres lecturas distintas. 

La primera es el ensayo del autor, en catalán. La segunda, en las páginas impares, es la reinterpretación de Martín Giráldez, mucho más que una mera traducción. No he respetado tanto lo que Pujol Cruells ha escrito como lo que debería haber escrito, y no tanto cómo lo ha escrito como cómo convenía escribirlo por sentido común y elegancia, dice el traductor. A esto no podemos considerarlo traducción, propiamente dicha, aunque es mejor que una traducción.

En sus ejercicios de estilo, Martín Giráldez omite párrafos enteros del original cuando considera que son deprimentes o poco sustanciales, añade líneas de su cosecha o reemplaza frases enteras por otras sacadas de obras anteriores del autor. Asuma de una vez por todas que la patria potestad de su texto la perdió hace unos días cuando sus editores pusieron en mis manos sus patas, le dice el traductor a Pujol Cruells.

Esa es la tercera lectura del libro, y sin duda la más interesante: el diálogo entre autor y traductor en las más de cien notas al pie de página que los editores de Hurtado & Ortega ordenan con pericia y paciencia. No podemos más, llegan a decir en una nota al pie, pues ellos también entran en el diálogo. Pujol Cruells y Martín Giráldez empiezan discutiendo sobre el significado de ciertas palabras y terminan comentando con humor la narrativa universal y cuestionándose cómo debe leerse la obra.

Todavía lees este texto en tanto que original y no en tanto que traducción, le hace ver Martín Giráldez al autor. ¿Puede ser una novela propia la novela traducida de otro? Tu respuesta y la de tus editores, claro, será que no; la mía es El hijo del corrector, al que tengo la responsabilidad de buscar un título mejorArre, arre, corrector.

Hace rato que pasaste de traductor a tradactor, admite Pujol Cruells.

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