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Acaso heroicidades

Arnaud Beltrame era un hombre bien parecido, si se me permite usar una expresión anticuada para hablar de un gesto algo anticuado también, como es el de dar la vida por otro. En las fotos que hemos visto llaman la atención sus ojos, de un azul limpio, incapaz de engañar, más claro que el quepí de su uniforme de teniente coronel de la gendarmería francesa. Yo no sé mucho de rangos, pero me aventuro a pensar que cuando se es teniente coronel se tiene al mando a subordinados a los que puedes enviar a hacer el trabajo por ti, posibilidad especialmente tentadora si el trabajo consiste ir a arrancarle la pistola a un tarado que se dice soldado del islam y se ha metido en un supermercado con rehenes de parapeto. Pero el bueno de Arnaud debió de decirse aquello de que si se quiere que algo se haga bien no hay más remedio que hacerlo uno mismo. En un tiempo postmoderno y fake, he aquí un hombre que no es ni postmoderno ni fake. En España, también hay personas así.

Dice el filósofo Bruno Latour –lo recordaba hace poco Manuel Arias– que «los hechos incorporan necesariamente una llamada a la acción». Cuando de algo sabemos, cuando la noticia de un suceso nos alcanza, no reaccionar no es posible. Quien conoce ya no tiene dispensa. Sentimos entonces, con palabras del poeta Gil de Biedma, que «el hecho de estar vivo exige algo / acaso heroicidades –o basta, simplemente / alguna humilde cosa común». En la vida todos tuvimos o tendremos, alguna vez, la posibilidad de desempeñar el papel del héroe reticente. En mi infancia, los jesuitas a quienes se encomendó mi educación me contaron varias veces la historia de Maximiliano Kolbe, el sacerdote polaco que se intercambió por un prisionero en Auschwitz para salvarle la vida. Pero como para quitarme ideas de la cabeza, tras la historia edificante venía la coda prudencial: se nos pide que amemos a los demás como a nosotros mismos, pero no más que eso. Kolbe fue canonizado por la Iglesia como Beltrame será encumbrado por Francia. Porque hay algo que emparenta al santo con el héroe. Ambos nos atraen y nos humillan al mismo tiempo. Ambos interrogan a la persona a la que más nos importa no decepcionar, a la única que no podríamos mentir, a la única que no podría perdonarnos: nosotros mismos.

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