Alexandra Gil

Adictos a la desinformación

"La escenificación de una mentira es clave para trasladarla a la escena de lo debatible. Por ello, y conscientes de que la veracidad de sus afirmaciones se mantiene en cuarentena, la ultraderecha suele apostar por la convicción"

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Adictos a la desinformación
Foto: Paul White

Era sábado y faltaban unas horas para que abriesen los colegios electorales. La actualidad política, mi alma de periodista o los decibelios con los que aquella mujer compartía con su amiga el que iba a ser su voto al día siguiente, hicieron que en un instante, mi atención derivase a la conversación que estaba teniendo lugar a escasos metros. No tenía más de 50 años, era pelirroja y sonreía sin parar. Jugaba a prensarse los dedos de la mano izquierda con los de la derecha, a sacar y volver a encajar su alianza en el dedo anular, a toquetear cada milímetro de la cucharilla de una taza de café que ya era historia. No se estaba quieta. Cuando su acompañante terminó de hablar, ella sentenció: “Pues yo a Abascal, porque es verdad eso que dice: no puede ser que los que vienen tengan los mismos derechos que nosotros”. 

Con independencia de su opción política -poco después confesó que en los comicios de mayo había votado a Unidas Podemos- me inquietó comprobar que el ejercicio de desinformación de partidos como VOX había distorsionado el término verdad hasta catapultar el debate hacia un tablero ficticio en el que -en un intento desesperado por salvarse a sí mismas- las democracias europeas se ven cada vez más obligadas a desplegar sus piezas de ajedrez. 

Estudios científicos han demostrado que solo en 2018 se llevaron a cabo campañas de desinformación en 48 países, o que fuerzas políticas de todo el mundo habían invertido en esta técnica de manipulación social más de 500 millones de dólares. Pero el nivel de amenaza no siempre es proporcional a las ingentes cantidades de dinero invertidas. Desinformar es gratis, y esa sí es una noticia desoladora. 

Por lo que aquel sábado capté de aquella conversación, puede que la precisión de los datos no tuviera mayor relevancia para ella. Puede que eligiendo a la ultraderecha estuviese únicamente decantándose por un modelo de sociedad. Lo que me quedó claro escuchando sus argumentos, es que su elección no se basaba tanto en las medidas propuestas por dicha formación, como en la percepción de amenazas que habían logrado transmitirle como reales.

La escenificación de una mentira es clave para trasladarla a la escena de lo debatible. Por ello, y conscientes de que la veracidad de sus afirmaciones se mantiene en cuarentena, la ultraderecha suele apostar por la convicción. Sí. La convicción con que Abascal transmitió durante el debate que el 86% de las denuncias por violencia de género estaban archivadas, -falso-, o convicción a la hora de intoxicar la realidad con cantidades inexistentes –«Hay que terminar con la sanidad universal para los inmigrantes. ¿Cuánto nos cuesta eso, señor Sánchez? ¿1.000 millones de euros?, ¿2.000 millones de euros?, ¿3.000 millones de euros?». Sobra recordar que ese convencimiento en las formas (ante un fondo vacuo de verdad) juega un papel esencial cuando lo que nos disponemos a vender como cierto no es sino un cóctel tendencioso de datos inconexos.

La mentira sistémica –y su aceptación en sociedad– articula a millones de ciudadanos en torno a proyectos políticos asentados en la irrealidad. Pero desinformar no siempre es mentir deliberadamente. La imprecisión sectaria es sólo una forma más de cavar la tumba de la verdad convirtiendo a su paso a nuestras sociedades en comunidades menos resilientes. No es un mal exclusivo de la clase política. Cuando un programa de máxima audiencia aborda exclusivamente los temas que confirman su visión del mundo con invitados que coinciden con ésta y la refuerzan, la democracia se degrada un centímetro más, cercándonos en eco-chambers de nuestros propios prejuicios. 

El derecho a la información es la piedra angular de la libertad del ciudadano. Si permitimos que ésta nazca y se reproduzca intoxicada con la finalidad última de manipular el pensamiento del espectador o, en última instancia, liderar un proyecto político, ¿en qué medida estará ejerciendo el ciudadano, de manera libre, su derecho a voto? Dinamitando uno de los pilares de nuestra democracia, ¿estaremos contribuyendo a degradar también su libertad de pensamiento? ¿Es libre aquel que piensa, vive y vota engañado? 

Antes de salir de aquel bar, escuché a la mujer defenderse de los intentos fallidos de su amiga por hacerle cambiar de opinión. Solo llegué a captar su respuesta. “Eso me da igual, porque todos nos engañan”. ¿Hay algo más desalentador que una sociedad complaciente ante la mentira?

El imprescindible libro coordinado por Manuel R. Torres, Desinformación: poder y manipulación en la era digital, me trajo a la memoria las palabras del exlíder soviético Yuri Andropov -ex director de KGB: “La desinformación es como la cocaína. Si la pruebas una o dos veces, puede que no te cambie la vida. Si la pruebas todos los días, te puede transformar en una persona diferente”.

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