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Opiniones libres de algoritmos

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Quién maneja los hilos

"Renunciar a plantar batalla en defensa de la verdad equivale a asumir la derrota de la razón y a la consiguiente normalización del triunfo de la mentira y el fracaso de la civilización"

Foto: Juan Carlos Hidalgo | EFE

“El nuevo conspiracionismo deja la barra a un nivel muy bajo: si uno no puede estar seguro de que una creencia es completamente falsa, (enfatizando en el ‘completamente’), entonces cabría la posibilidad de que fuera cierta, y con ese nivel de verdad, es suficiente”.

Son palabras de Nancy L. Rosenblum y Rusell Muirhead en A Lot of People Are Saying: The New Conspiracism and The Assault on Democracy, (Princeton, 2019).

Me acordé de este minucioso trabajo sobre el deterioro que el complotismo y las teorías conspiranoicas causan en las sociedades democráticas al tropezarme en la pantalla de mi salón con un Santiago Abascal convencido de la existencia de un modelo globalista y multicultural dictado desde los despachos de la progresía internacional”.

Nos falta saber cómo de persuadido estaba el líder de la ultraderecha española de lo que decía ante 8,6 millones de personas, y en el fondo, ni siquiera este dato parece relevante. Como ocurre con la verdad, basta con parecerlo. La conspiración crea una escisión mucho más profunda que la, por todos conocida, polarización partidista: sienta los cimientos de una suerte de división epistémica sobre lo que significa saber algo.

Pero la extrema derecha española no ha inventado la pólvora. Basta con observar la deriva complotista de nuestros vecinos franceses para comprender que la pretensión de adueñarse de la realidad es el común denominador de quienes persiguen anular el espíritu crítico. Allí, los electores de Marine Le Pen son los más permeables a las teorías conspiratorias, como confirmó el vasto estudio realizado por IFOP para la Fundación Jean-Jaurès y Conspiraty Watch. La existencia de un “complot sionista a escala mundial” es defendida por 36% de los simpatizantes de la extrema derecha francesa, una fuerza que obtuvo 10,6 millones de votos en 2017. Uno de cada dos votantes del antiguo Frente Nacional (hoy RN) considera que la muerte de Lady Di fue un “asesinato maquillado”, y hasta un 61% defiende que el poder “esconde” la nocividad de las vacunas.

El sentido común, el razonamiento y los datos de instituciones solventes (expertos, tribunales, universidades), quedan sistemáticamente barridos por la nebulosa complotista que surfea en una irrealidad no exenta de pereza intelectual, y que cada vez se siente más libre de la necesidad de encontrar bases para sostener sus tesis. De hecho, Nancy L. Rosenblum y Rusell Muirhead definen esta nueva era del complotismo como la conspiración sin teoría. Esto es, una realidad paralela que instala al ciudadano en una duda constante y que posiciona a historiadores, científicos o juristas al mismo nivel de credibilidad que a ciudadanos (y líderes políticos) carentes de esos conocimientos.

¿Es preciso recordar que Francisco Serrano, líder de VOX en Andalucía, afirmó que la sentencia de La Manada estaba “dictada por la turba feminista supremacista”?

A fin de cuentas, ¿qué importa si el espectador comprendió o no el calado del argumentario de Abascal cuando insinuó que ciertos poderes mueven los hilos de la “progresía internacional”? En su salón, su discurso ya ha cumplido una misión clave: dejar el poso de la duda y añadir una capa suplementaria de desconfianza en las instituciones.

Existen dos escenarios en los que la extrema derecha puede darse por victoriosa: cuando impone su agenda y cuando se da por sentado que la irrealidad en la que basa su discurso es tan legítima como la realidad misma.

Ese rechazo en bloque a medios, instituciones y expertos acerca a los extremismos a un escenario ideal: el barrido del sentido común y el adormecimiento de los ciudadanos a los que se dirigen allanan la antesala de su aceptación de una visión binaria de la realidad.

Sorprendentemente, trabajos como el realizado por RAN Centre of Excellence nos muestran que  la extrema derecha no está sola en la narrativa de su delirio binario. Si observamos, por ejemplo, los estudios publicados sobre el perfil de ciudadano europeo adepto a las teorías conspiranoicas en las que se ha basado la propaganda yihadista, comprobaremos que, a la introducción de respuestas vagas y deterministas a problemáticas complejas, siempre le antecede la paulatina destrucción del sentido crítico. Si todo es susceptible de ser falso —desde el cambio climático hasta la violencia de género— ; si no podemos confiar en el Estado, los medios, las instituciones educativas, o los expertos, entonces nuestras referencias legítimas para defender una idea se evaporan y no ha lugar a debate alguno. Y una sociedad incapaz de traducir el pluralismo político en un diálogo con un mínimo común denominador basado en la “realidad”, en unos princpios asumidos por todos, es una sociedad débil.

No se trata tanto de la existencia de fake-news como de una metástasis desinformativa que debilita lenta pero firmemente los pilares de la democracia. No es casual que, en los últimos años, Francia —consciente de que el espectro del complot extiende su alcance desde la narrativa islamista hasta las tesis defendidas en círculos de extrema derecha— haya ideado distintas herramientas para combatir esta enfermedad social.

Ya en 2016, el gobierno lanzó la plataforma ‘Ontemanipule.fr’, (Te manipulan), uno de los mantras más repetidos por quienes tratan de dinamitar la credibilidad de todos nuestros referentes. La campaña francesa facilitaba al ciudadano las pautas a seguir para desmontar en pocos pasos una teoría complotista.

Pese a todo, la iniciativa, quizá por por nacer desde el mismo poder cuestionado por un conspiranoico, no llegó a calar entre los más expuestos a esta amenaza: los jóvenes.

El 30% de los franceses de entre 18 y 24 años dicen tener dudas sobre los atentados en Charlie Hebdo. A su parecer, “no es completamente cierto que este ataque fuese planeado exclusivamente por los terroristas islamistas”.

France Culture ha comprendido que el discurso extremista, venga de donde venga, encuentra un filón en la desconfianza a las instituciones. Y que, por lo tanto, la lucha contra el complotismo debe implicar a los medios de comunicación de forma activa. Por este motivo ha lanzado el podcast “Los mecanismos del complotismo”, un ejemplo de compromiso de servicio público con sus oyentes por parte de medios que asumen esta tarea como una auténtica obligación cívica.

Tratar de debatir con un complotista puede llegar a ser desesperante.

Tal es para un conspiranoico el nivel de asimilación de un entorno “inventado desde arriba” que quienes trabajan en primera línea con yihadistas retornados en Francia se han visto forzados a rebajar sus expectativas de desradicalización. “¿Desradicalizar? Nos conformamos con que debatan”, me explicaba una de las psicólogas que trabaja con presos que basaron toda su radicalización y posterior adhesión al extremismo violento en teorías complotistas difundidas en redes sociales. “Trabajamos cada día para desmontar ese hito de que todo es mentira. Nos basta con que acepten debatir con nosotros, recuperar su espíritu crítico. Aunque no es tarea fácil. Durante años han ido asumiendo como verdaderas manipulaciones de la Historia. Por mucho que les hagamos dialogar con historiadores en la cárcel, ellos siempre te dirán que esos expertos forman parte de ese sistema cuyos hilos manejan desde arriba”.

Pero, por extenuante que sea la tarea, la sociedad no puede rendirse. Renunciar a plantar batalla en defensa de la verdad equivale a asumir la derrota de la razón y a la consiguiente normalización del triunfo de la mentira y el fracaso de la civilización.

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