Pablo de Lora

Afganistán y el punto violeta

«Las mujeres afganas son indudables candidatas a encontrar asilo y refugio en aquellos países donde puedan verdaderamente hallar las condiciones que les posibiliten una vida digna»

Opinión Actualizado:

Afganistán y el punto violeta
Foto: Stringer| Reuters
Pablo de Lora

Pablo de Lora

Catedrático de Filosofía del Derecho de la Universidad Autónoma de Madrid. Ha publicado recientemente 'Lo sexual es político (y jurídico)' en Alianza, Madrid, 2019.

Bajo el régimen talibán que parece reinstaurarse cuando se escriben estas líneas, todas las mujeres afganas, por el mero hecho de serlo, verán sus derechos más básicos en muy serio peligro: su educación, su autonomía personal, por supuesto su integridad física y su vida, entre otros. También los hombres, salvo que sean ellos mismos talibanes, atisban un horizonte que no puede juzgarse sino como pavoroso.

Es difícil rebatir que por esa misma razón, porque por el hecho de ser mujeres su vida será a partir de ahora un infierno, las mujeres afganas son indudables candidatas a encontrar asilo y refugio en aquellos países donde puedan verdaderamente hallar las condiciones que les posibiliten una vida digna.

En España resulta harto frecuente escuchar y leer que existe una «violencia estructural o sistémica» hacia las mujeres; que quienes son «negacionistas de la violencia de género» ponen su vida, la de las mujeres, en peligro y que nuestras instituciones – particularmente el poder judicial- encarnan una «justicia patriarcal» que apenas si combate la opresión masculina, si es que no la fomenta. Tales consideraciones pueden perfectamente verterse en tertulias, tribunas de prensa, revistas académicas, informes de organismos varios, asesorías, departamentos de responsabilidad social corporativa, unidades de igualdad de género, observatorios, canonjías de toda laya, y, por supuesto, en la tribuna de oradores del Parlamento o en la sala de prensa del Palacio de la Moncloa. Ese es el andamiaje conceptual y teórico que sustenta no sólo las proclamas y consignas callejeras en las manifestaciones y huelgas feministas – «Nos queremos vivas»- sino también la cartelería institucional que difunde las medidas y políticas «feministas»: hay municipios que se han declarado «libres de violencia de género», y la capital misma «libre de violencias machistas». A nuestras niñas y jóvenes que masivamente, y desde tiempo ha, pueblan las orlas de las carreras de Medicina o las resoluciones en el BOE nombrándolas registradoras, notarias, abogadas del Estado, inspectoras de Hacienda o jueces, a esas mismas niñas y adolescentes que con mucho exceden a los varones en éxito escolar, se las recuerda hoy mismo, y de manera insistente, que «las carreras no tienen género». En Barcelona se promueve una academia, o algo así, de «Nuevas masculinidades».

Circula en estos días atribulados en los que contemplamos espantados cómo hay afganos que son capaces de subirse a los aviones a punto de despegar del aeropuerto de Kabul, una petición que, bajo el rubro «Abrir las puertas a Afganistán y a las afganas», solicita que se acoja y dé asilo a todas esas personas desesperadas, en especial a las mujeres. No se me ocurren buenos argumentos para no firmarla, más allá de la necesaria cautela para que, con el previsible aluvión, no entren en nuestros países individuos indeseables. Repasen la historia reciente o recuerden el historial, entre otros, de Mohammed Atta si mantienen dudas al respecto de esas infiltraciones y sus consecuencias.

También circula un vídeo dantesco en el que una mujer es ejecutada tras una suerte de «reprimenda-sentencia» por quien parece ser el líder de una turba de hombres armados. Es una escena que trastorna y cuya difusión debo «agradecer» a Pilar Marcos. Esa mujer que sumisamente se arrodilla, que soporta sin aspavientos la monserga delirante del jefe del escuadrón asesino, que muere con la única estridencia del sonido del disparo y de nuestro horror incontrolable, esa mujer, digo, alberga más dignidad en el citoplasma de cualquiera de sus células que todos los que componen esa jauría: los ejecutores y cómplices, pero también los reporteros ocasionales con sus móviles y los muchos paseantes no concernidos.

Las imágenes me dieron también para reflexionar sobre lo siguiente: ¿deberíamos advertir a esas mujeres afganas que pudieran albergar la pretensión de que las acogiéramos en España, que aquí hay establecimientos donde no se ha colocado el «punto violeta», ese «instrumento promovido por el Ministerio de Igualdad… en el contexto de la alarma machista de los últimos meses… para implicar al conjunto de la sociedad en la lucha contra la violencia machista y extender, de forma masiva, la información necesaria para saber cómo actuar ante un caso de violencia contra las mujeres» (cito de la página web del Ministerio). ¿Habríamos igualmente de prevenirles de que, de acuerdo con algunos periodistas, las pretensiones del partido político VOX o su ideario, no distan mucho de lo que se proponen los talibanes en Afganistán, o de que, tal y como dice la propaganda del partido «Adelante Andalucía», «el odio hacia las mujeres es universal»?

Sólo en condiciones de autarquía informativa, de pereza en el ánimo de rebatir normativa y fácticamente los disparates, de temor reputacional entre los pares o de amnesia ocasional, las hipérboles han podido pasar no sólo desapercibidas como paparruchas de arribistas ignaros en busca de foco y foro, sino rendir buenos frutos electorales, incrustaciones en los organigramas de los ministerios y «puntos» para la ayuda, contrato o subvención pública. Levantadas las barreras de la información, recuperada la brújula de la sensatez y bien calibrados los términos comparativos, esas exageraciones tornan en indecente, obscena quincalla ideológica.

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