Jorge Freire

Aforismos de la cabeza parlante

Un aforismo de Horacio Castellanos Moya: Una vieja angustia que apesta: la incomodidad profunda de estar a solas contigo mismo.

Opinión

Aforismos de la cabeza parlante
Foto: Carola Melguizo

Un aforismo de Horacio Castellanos Moya: Una vieja angustia que apesta: la incomodidad profunda de estar a solas contigo mismo.

Recuerdo un poema de Bousoño que invitaba a “entender la sabiduría / inmortal de quedarse quieto”. ¿Quién es hoy capaz de franquear la habitación de Pascal y permanecer un rato a solas con sus pensamientos? De eso se trata.

Si los monos consiguieran aburrirse, se volverían hombres, dijo Goethe; si los hombres consiguieran no aburrirse, se volverían monos, repuso Bergamín en uno de sus últimos libros, de cuyo título me sirvo. Pero, ¿qué hay de malo en aburrirse?

Extraigo el aforismo de Castellanos de Envejece un perro tras los cristales (Random House), magnífico libro que se compone de un “Cuaderno de Tokio” y un “Cuaderno de Iowa” escritos durante las estancias del escritor hondureño en dichas ciudades.

Aquí va otro: La esperanza es la tontería más tenaz, la última que se pierde.

Algo similar opinaba Gracián, para quien la esperanza era la falsificadora de la verdad. No es casualidad que la etimología de ilusión signifique engaño. Por eso los aforismos de Castellanos, escritos entre bromas y veras, son tan esclarecedores. Yerran quienes afirman que toda ficción es, a fuer de literatura, una tentativa de embuste. La realidad es berroqueña y, quiéranlo o no quienes agitan el señuelo del “todo es posible”, se termina imponiendo.

Más madera: Viniste a esta ciudad a que te cocinaran. Pero eres un pedazo de carne dura, tensa. Necesitarás mucho fuego.

Hay quien considera que el trabajo duro “curte” a las personas. Como dijo El Gallo, hay gente pa tó. Frótese con aceite de cedro, si es preceptivo, o empápese en tanino, pero no canse con su letanía de la “cultura del esfuerzo” a quienes no se consideran un trozo de cuero.

Más: Añoras los tiempos en que escribías para ti, sin ninguna certidumbre de quién publicaría o leería tus escritos.

Pero, ¿puede hacerse de otra manera? Mihi ipsi scripsi era la máxima de Nietzsche: escribo para mí mismo.

Suma y sigue: Y su hubiese varias vidas que no recordamos, como las viejas doctrinas aseguran, ¿no sería posible que algunos de los personajes que con más tino metemos en la ficción hayan existido en verdad y nosotros hubiésemos sido ellos?

No hace falta recurrir a la metempsícosis para explicar que Flaubert, Stendhal y Balzac habían sido antes Emma Bovary, Julien Sorel y Lucien de Rubempré. Los novelistas se componen de multitudes.

Otro más: Un hombre lejísimos de sí mismo, irreconocible, a punto de perderse en lontananza.

Como todos, ¿no? Somos intempestivos, nunca coincidimos con nosotros mismos. No culpen a la hojalata de despertarse trompeta. Je est un autre.

No tienes ritos, sino rutinas. Tu reto: darle un sentido a la rutina para convertirla en rito.

Ocioso es tratar de abolir la rutina por medio de, pongamos, una boda pagana, tal y como dicta la moda. He asistido a varias y mi consejo es el siguiente: encienda velas, obligue a su pareja a verter arena de colores y disfrace al suegro de mamarracho, si así lo desea, pero no otorgue demasiada gravedad a la francachela. Bien es sabido que toda sociedad se sirve de rituales para vertebrarse; Durkheim nos enseña que el rito es la osamenta de la vida en común. Pero, ay, fundar nuevos ritos es una tarea ímproba.

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