El agua estancada de la cultura oficial
«Si estás dentro de la cultura oficial española pero quieres conservar cierta retórica contestataria, critica a Trump o a la ultraderecha. No al Gobierno»

Los ganadores del Goya a mejor película.
A la izquierda le sienta fatal ganar. O, mejor dicho, le sienta fatal gobernar durante mucho tiempo. Al institucionalizarse, la cultura a su alrededor se vuelve agua estancada, cultura oficial y de régimen. A muchos así les conviene: el monocultivo y el monopolio cultural es una buena estrategia de extracción de rentas. Y siempre puede uno convencerse de que es antiestablishment aunque esté dentrísimo del poder: basta con señalar otro establishment. Por ejemplo, si estás dentro de la cultura oficial española pero quieres conservar cierta retórica contestataria, critica entonces a Trump, o a la ultraderecha en Europa. No critiques al Gobierno, aunque estés decepcionado con él. Tienes muchos otros poderes a los que criticar: desde los financieros hasta los de otros países. Como decía Jorge Semprún sobre el Partido Comunista, «es mejor estar equivocado dentro del partido que tener la razón fuera de él».
No vi la gala de los Premios Goya. Pero me llegaron sus reverberaciones. Y lo que me llegó tenía todo un aire anacrónico y más alejado que nunca de por dónde va la cultura de la época. Era la cultura oficial habitando una dimensión paralela. Y es cierto que siempre ha habido una distancia enorme entre las preocupaciones de los artistas (que insisten en ser activistas con cuatro lecturitas) y las de la sociedad en general. Pero hoy esa brecha es aún más grande. Estamos en un cambio de ciclo importante. Si la cultura ha sido siempre territorio de la izquierda, tanto la institucional como la no oficial, eso está cambiando.
«En el cambio ideológico que estamos viviendo, uno de los fenómenos más interesantes es el cambio estético»
Como he escrito en alguna ocasión, hoy la izquierda se está volviendo puritana y la derecha cada vez más punki. Y esto se ve más que nunca en la cultura. Aunque la derecha española tiene una herencia demasiado conservadora y católica como para volverse demasiado rupturista, ya no tiene la imagen acartonada de antaño. Porque en el cambio ideológico que estamos viviendo uno de los fenómenos más interesantes es el cambio estético. Los referentes de la derecha joven, o de la anti-izquierda institucional, no son de náuticos y misa de doce (pensemos, por ejemplo, en gente como Juan Soto Ivars, el youtuber Jordi Wild, periodistas como Víctor Lenore).
«Los conservadores solían ser estirados, pero la izquierda se ha convertido en el partido sin diversión ni sexo», dice una partidaria trumpista en la fiesta post-electoral de los Republicanos en Washington en un reportaje de la revista New York. «No es que la derecha sea necesariamente el partido del sexo. Nos divertimos. ¿Qué pinta tiene hoy un conservador?». ¿Cómo viste un facha hoy? Eso despista a mucha gente que se politizó o socializó en la época del monopolio cultural de izquierdas. Era una cultura progresista que dividía estéticamente entre una derecha de tricornio y rosario y una izquierda de pelo largo.
La izquierda pensaba que el 68 sería suyo para siempre (la idea de la provocación por la provocación, el antiautoritarismo, el hedonismo, la libertad de expresión). Y se equivocó. No es un fenómeno nuevo: ya hace una década pensadores como Angela Nagle en Muerte a los normies anticiparon el cambio cultural que se estaba produciendo en la derecha en internet. Pero la nueva victoria de Trump lo está afianzando. Ese cambio cultural es aún más sorprendente si lo comparamos con la supervivencia (con respiración asistida) de la izquierda en España, último reducto del consenso cultural socialdemócrata.