'Hamnet' y el drama manufacturado
«Al verla tuve la sensación de que la película de Chloé Zhao se esforzaba mucho por emocionar y no era capaz de hacerlo de manera natural»

Escena de 'Hamnet'. | Universal Pictures España
Cuando se encendieron las luces y la música se apagó, varias personas se sonaron los mocos. Siempre es una experiencia incómoda ver a mucha gente llorar. Todavía recuerdo los mocos y lágrimas de decenas de personas en un cine de verano en la proyección de la terrible Bajo la misma estrella, porno emocional imparodiable sobre el cáncer. Hamnet no tiene nada que ver. Es una película mucho mejor. Pero al verla tuve la sensación de que la película de Chloé Zhao (que ha hecho sobre todo obras indies estilo A24, como Nomadland o The Rider, pero también hizo, sorprendentemente, una de Los Vengadores), se esforzaba mucho por emocionar y no era capaz de hacerlo de manera natural.
Hamnet es la adaptación de la novela de Maggie O’Farrell, publicada en España por Libros del Asteroide, sobre William Shakespeare, su mujer Agnes Hathaway y su hijo Hamnet, cuya muerte inspiró más o menos a Shakespeare a escribir Hamlet. Según el libro y la película, lo hizo como respuesta visceral a su muerte. Es una hipótesis cuestionable, al menos la causalidad inmediata: Shakespeare escribió antes de Hamlet y después de la muerte de su hijo varias obras, incluidas las comedias Mucho ruido y pocas nueces y Como gustéis. Pero esto no es un biopic y tampoco su objetivo es el rigor histórico. Es un estudio íntimo e irregular sobre el luto y el arte como terapia.
Hasta hace muy poco, la muerte infantil era algo común. El verano pasado leí las cartas entre Marx y Engels. Marx perdió a cuatro de sus hijos cuando eran niños; la muerte de uno de ellos lo afectó tan radicalmente que entró en depresión. Las cartas que le escribía a su amigo Engels son devastadoras: «He pasado por todo tipo de penurias, pero es ahora cuando me doy cuenta de lo que es la verdadera desgracia. Me siento destrozado. Por suerte tengo un dolor de cabeza tan bestial desde el día del entierro que soy incapaz de pensar, oír o ver».
William Shakespeare y su mujer Agnes sufren un tormento parecido, pero cada uno de manera diferente. El de ella es un luto visceral y explícito. La película se regodea en su sufrimiento. Hay una escena con un bebé que nace y no respira, hay otra en la que Agnes pega alaridos y la cámara permanece pegada a ella durante demasiado tiempo: Jessie Buckley demuestra que llorar mucho no te convierte automáticamente en mejor actriz.
El luto de William, en cambio, es mucho más interesante. Si durante gran parte de la película seguimos el sufrimiento de ella, que resulta a menudo obsceno, al final observamos el de él, mucho más sutil y alegórico, a través de la obra de Hamlet, interpretada en el teatro en una secuencia que es sin duda lo mejor de la película. William interpreta al fantasma del padre de Hamlet, y Agnes observa la obra emocionada. Se da cuenta, entonces, de que la frialdad que creía haber visto en su marido no era insensibilidad: su luto lo procesa a través del arte. Es un momento emocionante que, sin embargo, se ve empañado de nuevo por una banda sonora que lo quiere abarcar todo. Cuando la película parece que te deja sentir en paz, sin imposiciones, vuelven los violines facilones. Y llegan las lágrimas y los mocos.