Luis Antonio de Villena

Alberto Hidalgo: el genio del desprecio

«'Diario de mi sentimiento' es un libro excepcional, porque es bueno, justo, muy injusto y a menudo exasperante. ¿Se puede pedir más? El genio del desprecio»

Alberto Hidalgo: el genio del desprecio
Foto: BALDOMERO PESTANA
Luis Antonio de Villena

Luis Antonio de Villena

Nacido en Madrid en octubre de 1951, Luis Antonio de Villena es licenciado en Filología Románica. Su obra creativa —en verso o prosa— ha sido traducida, individualmente o en antologías, a muchas lenguas, entre ellas, alemán, japonés, italiano, francés, inglés, portugués o húngaro. Ha recibido el Premio Nacional de la Crítica (1981) —poesía— el Premio Azorín de novela (1995), el Premio Internacional Ciudad de Melilla de poesía (1997), el Premio Sonrisa Vertical de narrativa erótica (1999) y el Premio Internacional de Poesía Generación del 27 (2004). En octubre de 2007 recibió el II Premio Internacional de Poesía «Viaje del Parnaso». Desde noviembre de 2004 es doctor 'honoris causa' por la Universidad de Lille (Francia).

Hace ya algún tiempo que Juan Bonilla, novelista y poeta de un hacer más bien clásico, tomó el oficio culto y siempre bueno de dedicarse a investigar, salvar, presentar y avalar el mundo vanguardista (poesía o prosa) de hace un siglo ya: desde nuestros ultraístas y creacionistas como Guillermo de Torre o Gerardo Diego, a los matinfierristas argentinos –Borges se formó en las vanguardias- o los futuristas italianos (Marinetti) y dadaístas suizos y franceses, hasta los rusos de banderas bolcheviques, que capitaneó el suicida Mayakowski. La vanguardia (aunque efímera) fue ancha y larga y tomó caminos que, a menudo, se entrelazaron. Creo que especializarse algo más en las vanguardias latinoamericanas ha sido muy notable. En esa exploración, que podía comenzar en el libro que firmaron Borges, Huidobro e Hidalgo (argentino, chileno y peruano) Índice de la nueva poesía americana en 1926, había de toparse con el último y más olvidado, un poeta, narrador, ensayista y polemista, que fue puro arrebato y fuego: Alberto Hidalgo (1897-1967). Recuperó sus Poemas simplistas en la desaparecida colección Zut malagueña, y ahora en Renacimiento  (Sevilla) reedita un casi inclasificable libro de Hidalgo, publicado en Argentina en 1937, y que es vanguardista más allá de las vanguardias. En fragmentos de prosa encendida y fluida, Hidalgo habla de todo, opina de casi todo, y zahiere o pone peros casi a la totalidad. Este reeditado libro (con prólogo de Bonilla), Diario de mi sentimiento, merece totalmente la pena, si uno se baña en su rica prosa y está dispuesto a bendecir a Hidalgo a ratos y a mandarlo al infierno otras tantas veces más, que es lo que este indómito peruano quería. Alberto Hidalgo irrita y explota, y no extraña que, tras su muerte, un volumen porteño (vivió en Buenos Aires muchos años) recopilado por Álvaro Sarco, se titule: Alberto Hidalgo: El genio del desprecio. Hidalgo fue un notable escritor, no sólo poeta, que quiso estar visceralmente a la contra. Exaspera, pero es saludable.

«Hidalgo fue un notable escritor, no sólo poeta, que quiso estar visceralmente a la contra. Exaspera, pero es saludable»

Nacido en Arequipa y muerto en Buenos Aires, viajó mucho y estuvo en España en los años veinte. En todo hallaba gusto y en casi todo (y a veces a la vez) disgusto. Amó a su patria peruana, pero no quiso vivir en ella. Le gustó la todavía brillante Argentina, pero criticaba no sólo a Borges y a Victoria Ocampo -bella y rica, pero nada más- sino mil cosas otras de su país de acogida. Aunque escribió un libro titulado España no existe (1921) y sostenía que los españoles hablaban mal el español, y que el buen español era el de América -nosotros zotes con nuestro idioma- a veces se le escapan admiraciones hispanas, el elogio -por ejemplo- de la tertulia mundana de Pombo, presidida por Gómez de la Serna. Tituló otro libro suyo (que no conozco) Muertos, heridos y contusos, que sin duda aludirá a todos los diversos alanceados o maltratados por su muy ágil y dinámica prosa, llena desde luego de vigor y de energía.  Arremete contra las Academias sin parar -se tenían por nidos de vetustos y vejestorios de toda laya- y aunque tiene a Pío Baroja por novelista mediocre, le gusta su aire desastrado, inconforme y anarquizante, pero (ay) se entera de que don Pío ha sido elegido académico, y eso revienta a Hidalgo: «Pero en este caso resulta que Baroja es un asno que protesta… que protestaba. Y para colmo, ahora es académico. O sea que ha encontrado su medio, como el calamar su tinta. ¡Por ahí se pudra!».  Ese es el tono habitual de Hidalgo, exaltado, faltón, acertado, lírico, persuasivo o destripador. Acierta (me parece) al decir que el escritor, en tanto escritor, artista, no debiera hacer política. Pero que como el escritor es asimismo un ciudadano, a ese ciudadano (y no al escritor) le cumple opinar de la fea política. Dice que un intelectual -rara palabra- debe de ser, «por definición, negativo». O sea, estar a la contra, y se apoya en el célebre y polémico panfleto de André Gide, Regreso de la URSS. «El valor de un escritor  -contra el comunismo o contra lo que sea- está ligado a su fuerza de oposición». Y algo después precisa más: «En nuestra forma de sociedad, un gran escritor, un gran artista, es esencialmente anticonformista, navega a contracorriente». Es evidente que Gide parece retratar al propio Alberto Hidalgo, que nunca dejó de protestar y enredar.

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Portada de ‘España no existe’, de Alberto Hidalgo.

Tan pronto afirma con toda justeza que él no es un crítico sino un panfletista (un grito literario) como denuesta y vitupera, y hace muy bien, a la gente que grita: «El grito tiene algo de animal; es, en cierto modo, un acto de brutalidad, o mejor dicho, de inconsciencia». Pone por las nubes -cosa rara- a Jean Giraudoux, un elegante y refinado novelista y dramaturgo francés, aunque ya el teatro (No habrá guerra de Troya) le gusta menos.  Y aunque se mete varias veces con Paul Morand, un relamido, lo elogia cuando este afirma que «el periodismo ha creado pocos escritores y, en cambio ha matado a muchos». Hidalgo explica lo plano del periodismo y remata: «En verdad, el periodismo hace un profundo daño al literato». Pero caramba (pensamos) ¿no es cierto que desde el Romanticismo a nuestros días son legión los escritores-periodistas? Giovanni Papini -en ese tiempo escritor muy notorio y retraducido- le parece feo y vulgar a Hidalgo, cuando lo visita en su casa de Roma, y eso que el italiano lo trata con esmero. En la criada que abre la puerta (a la que Hidalgo supone manceba de Papini) ve los rasgos de su señor y amor: «En su rostro están los rasgos duros, bestiales del autor de El crepúsculo de los filósofos, esa cara de facciones redondas, toscas, que es la de Giovanni Papini». El autor habla de sus traiciones y cambios literarios e Hidalgo se horroriza: «Echaba espuma por la boca. Se debatía entre contorsiones. Aullaba. (…) Tomé mi sombrero y salí. Hoy he llegado a Buenos Aires, y aquí estoy escribiendo estas líneas para decir a los hombres que no lean ese libro miserable que se llama Gog». (Pero Gog tuvo mucho éxito, en español también). Acusa a Borges de plagiarlo a él (a Hidalgo) cuando dice en el prologuito de Historia universal de la infamia: «Leer, por lo pronto, es una actividad posterior a la de escribir, más resignada, más civil, más intelectual». Dice Hidalgo que en el prólogo a su libro de cuentos Los sapos y otras personas de 1927 -título de lo más suyo- había escrito: «La obra de arte literaria está hecha de dos partes, la escrita y la leída. Ponga el público la suya». ¿Es igual? Como fuere, la de Borges, ocho años posterior, es mucho, mucho más atinada…

 

 

«Tan pronto afirma con toda justeza que él no es un crítico sino un panfletista (un grito literario) como denuesta y vitupera, y hace muy bien, a la gente que grita»

¡El tremendo Alberto Hidalgo, peruano-argentino! Lo que les aseguro, queridos, es que Diario de mi sentimiento es un libro excepcional, porque es bueno, justo, muy injusto y a menudo exasperante. ¿Se puede pedir más? El genio del desprecio.

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