Joseba Louzao

Algunos chavales de Logroño

«El vandalismo de estas noches parece mucho más transversal de lo que le gustaría a nuestro vicepresidente segundo y a sus acólitos en las redes»

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Algunos chavales de Logroño
Foto: Raquel Manzanares| EFE
Joseba Louzao

Joseba Louzao

Historiador especializado en el mundo contemporáneo y profesor universitario. Bilbao, 1983.

O de Valencia, Santander, Bilbao, Barcelona o Madrid. Las protestas contra las restricciones de la movilidad nocturna –hay que cumplir el mandato del presidente Sánchez- han sido noticia. Y lo seguirán siendo durante unos cuantos días porque nos vendrá bien para seguir jugando a las batallitas partidistas. Detrás de estos episodios, según hemos podido comprobar en las imágenes del descontrol, nos encontramos con grupos de jóvenes desorganizados y que no parecen demasiado duchos en estas lides. ¿Acaso alguien se pensaba que un contexto como el nuestro, que conjuga una crisis social, económica y política, no íbamos a tener este tipo de episodios? La realidad siempre arrolla a los relatos que nos contamos. Y lo raro, aunque nos enoje, es que estos conatos hayan tardado tanto en surgir.

El vandalismo de estas noches parece mucho más transversal de lo que le gustaría a nuestro vicepresidente segundo y a sus acólitos en las redes. Siempre han pensado que la calle es de su exclusiva propiedad y les cuesta jugar su nuevo papel gubernamental. Pese a la mercancía averiada que nos quieren vender, este fin de semana se han concentrado incendiarios antisistema de izquierda y derecha, que buscan capitalizar las protestas, pero también muchos jóvenes que transitan entre ataques de ira contenida y el tedio existencial que les produce una pandemia global que juzgan que no va con ellos. A partir de ahora, al menos estos últimos, tendrán alguna que otra historieta que contar el día de mañana a sus hijos y unos objetos robados que usar o malvender.

Sorprende el alarmismo de cierto sector de la opinión pública frente a estos estallidos. Parece como si no viviéramos en un país que ha sufrido durante décadas terrorismo por otros medios (también violentos) que fue la kale borroka, donde se ha rodeado el Congreso en varias ocasiones o hayamos vividos semanas de intensa devastación de las calles de Barcelona. Recordemos que hubo quien en aquellos contextos intentaba entender las razones de los bárbaros y que hoy se dedican a elucubrar sobre los apellidos compuestos de estos chavales. Como si la ideología o la clase social fuera la condición de posibilidad para la condena o el aplauso. O como si la chavalería logroñesa no se mereciera el mismo tratamiento que, pongamos por caso, la de Alsasua. Porque ya saben -no me cansaré de repetirlo-, nunca es el qué, sino el quién.

El principal problema al que nos enfrentamos es saber cómo vamos a poder contrarrestar las tentaciones iliberales de los chamanes que aspiran a sacar réditos políticos de estas algaradas de rebeldes descontentos. Los hemos normalizado sin demasiadas dificultades éticas por apremiantes necesidades electorales. Ya no tienen ningún incentivo para cambiar su estrategia por lo que estas protestas se han convertido en música para sus oídos. La culpa, en el fondo, no es suya. Los que debían protegernos se han dejado arrastrar, entre la frivolidad y el mercadeo, a un viaje hacia ninguna parte que les ha sido rentable en el corto plazo. Pero vayan sumando a las otras crisis que tenemos la de la profunda falta de confianza en nuestras autoridades. Y, no lo olvidemos, confianza y legitimidad siempre van de la mano en la política cotidiana.

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