Pablo de Lora

All facts matter?

"Es obvio que Estados Unidos sufre un problema de violencia, en general, y de violencia policial en particular. ¿Quién objetaría a tratar de solucionarlo en la mayor medida posible? Pero parece también que los datos evidencian un problema añadido de discriminación racial"

Opinión

All facts matter?
Foto: PIROSCHKA VAN DE WOUW| Reuters
Pablo de Lora

Pablo de Lora

Profesor titular (acreditado a Catedrático) de Filosofía del Derecho de la Universidad Autónoma de Madrid. Ha publicado recientemente 'Lo sexual es político (y jurídico)' en Alianza, Madrid, 2019.

Perdonen la obviedad: para que un problema tenga solución en primer lugar tiene que haber un “problema”. La subida del nivel del mar en nuestro planeta por efecto del calentamiento global es un problema, extraordinariamente complejo, qué duda cabe, pero la condición extrema (4300 grados centígrados) del planeta KELT-9b a 650 millones de años luz de la Tierra, no lo es. Los 23 problemas enunciados por el matemático David Hilbert en el Congreso Mundial de Matemáticas de 1900 son todos problemas de dificultad mayúscula, algunos han sido resueltos, otros sólo parcialmente, e incluso otros han sido consensualmente tildados como “pseudo-problemas” por lo vago de su formulación. Sumar 1+1 es un problema, aunque su solución se alcance pronto en el desarrollo cognitivo de los seres humanos; que la palabra “amor” tenga cuatro letras no supone problema alguno.

Una base de datos del diario The Washington Post registra desde el año 2015 todos los incidentes policiales en los que un individuo muere por disparos de la policía en los Estados Unidos. Suman un total de 5400. A razón de más de 1000 por año, números que no tienen parangón en otros países occidentales de acuerdo con el estudio de Prison Policy Initiative; así, mientras que en Estados Unidos la tasa es de 33.5 individuos por cada 10 millones de habitantes, en Alemania es de 1.3 y en Inglaterra de 0.5. Esa disparidad seguramente tiene una explicación en la facilidad para disponer de un arma en aquél país; de hecho, en la inmensa mayoría de los casos las víctimas iban armadas. Es muy razonable pensar que la policía sobre-reacciona si se mueve en un contexto en el que hay mayor probabilidad de “paridad de armas”, una “igualdad” que, por cierto, es aireada por los partidarios de la libre tenencia de armas en USA (agrupados en la poderosa National Rifle Association) como mejor manera de combatir la violencia de pareja: “Dios creó al hombre y la mujer pero Samuel Colt los hizo iguales”, proclaman.

Como sabrán bien a estas alturas, los africano-americanos se encuentran sobre-representados en esa estadística de muertos por disparos a manos de la policía, pues, constituyendo el 13% aproximadamente del total de la población, resultan ser un 24% de las víctimasBlack lives matter.

La población masculina en los Estados Unidos es del 49.2%. El porcentaje de víctimas masculinas a manos de la policía es del 95%: de las 5400 totales, 5161 eran hombres, 237 mujeres y dos son de sexo desconocido. Male lives matter?

Los datos oficiales del FBI correspondientes al año 2018 muestran lo siguiente: 2925 africano-americanos fueron víctimas de homicidio; en el 89% de los casos a manos de otro africano-americano y en el 8% a manos de un blanco. El 15% de los que matan a un blanco son africano-americanos. White lives matter? Black folks kill?

De los 4639 hombres víctimas de homicidio, el 88% tuvieron como homicida a un hombre y sólo en un 11% de los casos la homicida fue una mujer. Del total de 1921 mujeres víctimas de homicidio el 90% lo fue a manos de un hombre. Human males kill?

¿Cómo explicamos esta disparidad o variabilidad? Estamos no sólo ante un problema teórico – un ejercicio de regresión multi-variable para solaz de estadísticos- sino ante un problema “práctico” (político, jurídico y moral). Un problema, por cierto, cuya presentación puede variar y que, en función de su delimitación, disipará la condición de “problema” (la disparidad entre hombres y mujeres como víctimas de la fuerza policial no es denunciada como “sexismo”). Es obvio que Estados Unidos sufre un problema de violencia, en general, y de violencia policial en particular. ¿Quién objetaría a tratar de solucionarlo en la mayor medida posible? Pero parece también que los datos evidencian un problema añadido de discriminación racial. La mejor prueba de que el primero de los problemas identificados es de un orden superior en importancia, en términos normativos, es que no nos satisfaría en absoluto una solución al problema añadido de la discriminación consistente en que la policía procure matar tantos blancos como africano-americanos.

¿Es el uso letal de la fuerza armada a manos de la policía el mejor indicador de la desigualdad o racismo contra la población africano-americana en USA? En un trabajo de 2017 (“An Empirical Analysis of Racial Differences in Police Use of Force”) el economista de Harvard Roland G. Fryer pudo mostrar, con un acopio espectacular de datos, que en esa instancia no había diferencias raciales significativas, y sí en cambio en los usos no-letales de la fuerza, pues tanto hispanos como africano americanos tenían un 50% más de probabilidades de sufrir alguna forma de violencia en sus interacciones con la policía. Si el problema está bien diagnosticado, ¿cómo resolverlo?

Neil deGrasse Tyson, un célebre astrofísico, ha propuesto en su conmovedora evocación “Reflections on the Color of My Skin” publicada en Facebook el 3 de junio a raíz del pavoroso crimen de George Floyd que los policías tengan una mejor formación y que sean comprobados sus sesgos implícitos (todos los tenemos). Tal vez las soluciones hayan de ser más radicales – atacar el binomio fatal de pobreza y falta de educación que asola especialmente a la comunidad africano-americana como defiende el economista de Brown Glenn Loury. Todas ellas son posibles y discutibles respuestas a un problema, muy diferentes al “defund the police” (deja de financiar), el lema del movimiento Black Lives Matter, una apuesta severamente puesta en cuestión, por razones muy obvias, por, entre otros muchos, el citado Glenn Loury, que la ha juzgado como “locura”, el signo de la “histeria”. Fryer, Tyson y Loury, académicos de renombre, son, por cierto, africano-americanos que han sufrido en sus propias carnes el trato abusivo de la policía en su país.

Pero hay una manera en la que ni siquiera tenemos un problema que abordar: sostener que la muerte de Floyd, como tantas otras muertes de africano-americanos, y todas las divergencias estadísticas que les son desfavorables, son la prueba de un racismo “estructural”, “sistémico”. Entonces no hay solución posible porque, insisto, ni siquiera tenemos cabalmente un problema.

Prueba: la socióloga Robin Di Angelo, celebérrima autora del best-seller White Privilege, sostiene que el racismo no es un evento sino una estructura que nos supera; el agua en el que todos nadamos sin darnos cuenta. Desde el primer momento de nuestra existencia como blancos somos educados en la creencia de la supremacía blanca. La mejor prueba de nuestro racismo como blancos es precisamente sostener que no lo somos, concluye Di Angelo en una reciente entrevista en The Esquire. Robin Di Angelo es blanca, y la pregunta es obvia: ¿cómo a pesar de serlo y de las premisas sobre la supremacía blanca que ella defiende ha logrado “nadar a contracorriente” o incluso salir del agua?

Tengo para mí que en el argumentario de quienes defienden de este modo la existencia de un sistema opresivo producto de un “privilegio blanco” del que no nos podemos “desprender” hagamos lo que hagamos, el racismo no es “un problema” sino la condición de posibilidad de una teología política y moral con vocación de perpetuidad. Probablemente sea también una forma muy humana de lidiar con la angustia existencial de algunos, aunque acarrea consecuencias funestas para todos, especialmente para los oprimidos. Pero esto es sólo una conjetura. Tómenla como tal.

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