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Animales, seres sensibles

Foto: Jairo Alzate | Unsplash

Con el apoyo de todos los grupos del Congreso de los Diputados, el PP ha presentado una proposición para cambiar varias normas en vigor con el objeto de modificar sustantivamente el régimen jurídico de los animales. Sin duda, la piedra angular de la reforma será el art. 333 del Código Civil, que pasa a definir a los mismos como seres vivos dotados de sensibilidad. El uso y disfrute del animal queda además limitado por la obligación de no causar maltrato y la imposibilidad de sacrificarlo salvo en los casos establecidos en las normas legales y reglamentarias. Aconsejo a las clínicas veterinarias que vayan contratando un abogado de forma permanente, porque esta disposición limita de forma poco clara la eutanasia por diagnóstico dispuesta en la Ley 32/2007 de bienestar animal.

Al margen de detalles técnicos, la atribución legal de sensibilidad a los animales es la consecuencia de una larga lucha histórica de la filosofía animalista y de los distintos grupos que la han hecho suya para disminuir la crueldad en la convivencia entre especies. En gran medida, los partidos están respondiendo a una demanda con amplio consenso social. Al hilo de este importantísimo cambio, algunos expertos han señalado que se opera “una transformación del paradigma legal” y el nacimiento de una ciudadanía política para los animales, que pasarían a disfrutar de plenos derechos. A mí me parece bien que se procure una relación más compasiva en la relación entre el hombre y los animales, pero me resisto a pensar que estemos ante la dotación de subjetividad jurídica a seres vivos distintos a los humanos.

Y es que para abandonar la caracterización de los animales como objetos iniciada por Descartes y los ilustrados, aquellos deberían ser capaces de razonar, tener lenguaje y comprensión del mundo. Sí, lo sé, numerosos científicos tienen evidencias de estos tres fenómenos en diversas especies. Ocurre que los animales no han ido al Parlamento para darse esas convenciones: la dotación de sensibilidad no dejará de ser un acto realizado por diputados y senadores, quienes han decidido de momento poner el límite en los animales y no en los vegetales. Es por ello que no observo cambio de paradigma alguno: la insistencia en que con la reforma del Código Civil y otras leyes los animales pasan a ser ciudadanos con derechos obvia que cuando un perro muerde a un niño, hace sus necesidades en la acera o deja preñada a la perra del vecino, la responsabilidad es atribuida en términos penales, administrativos o civiles a su dueño.

El final del derecho antropocéntrico supondría insertarnos por la senda jurídica medieval. Gloriosas páginas tiene Pastoureau sobre los procesos penales a animales en la Edad Media: se les encarcelaba, se investigaban los hechos, tenía lugar un juicio y se terminaba con una posible condena y ejecución de la pena. Eso sí que es un estatuto completo de ciudadanía con plenos derechos y obligaciones. Mientras ese día llega, no me resisto a recordar, con José Esteve Pardo, que el único animal que en nuestro país no pasó por la trituradora cartesiana fue el toro de lidia, cuyo estatuto normativo parece perderse en la noche de los tiempos. Ese estatuto contiene una profusa y minuciosa regulación jurídica que dentro y fuera de la plaza coloca al animal, en buena medida, como sujeto y principal protagonista de la tauromaquia. Cuando el toreo sea prohibido, estaremos sin embargo ante otro acto de derecho puramente humano, en atención a los crecientes deberes de nuestra especie hacia los animales y los cambios morales que periódicamente se producen en las distintas sociedades.

Tengan ustedes unas felices fiestas y que la suerte les acompañe en el próximo año. 

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