José García Domínguez

¿Ante el adiós de Pablo Iglesias?

«En su día, la genialidad escénica del aún ignoto profesor no numerario Pablo Iglesias Turrión, el supremo hallazgo táctico por el que se ganaría el derecho a ser recordado como un innovador de las formas en política, fue transmutar un fleco de Izquierda Unida en el Tea Party»

Opinión

¿Ante el adiós de Pablo Iglesias?
José García Domínguez

José García Domínguez

Gallego practicante pese a residir desde la tierna edad de 5 años en Barcelona, ciudad donde se licenció en Económicas. Ha sido editor de El Correo Financiero además de colaborar en distintas etapas, entre otros medios de comunicación, en COPE, ABC, Es Radio, El Mundo y Libertad Digital.

Está en el aire que se marcha. Incluso él mismo casi lo ha venido a insinuar entre líneas en alguno de los últimos mítines de la campaña. Tal vez estemos asistiendo, quién sabe, a sus últimas horas como dirigente de una formación política con representación parlamentaria. En cualquier caso, habrá que esperar a que el martes por la noche se abran las urnas para disponer de algo más que una intuición al respecto. En su día, la genialidad escénica del aún ignoto profesor no numerario Pablo Iglesias Turrión, el supremo hallazgo táctico por el que se ganaría el derecho a ser recordado como un innovador de las formas en política, fue transmutar un fleco de Izquierda Unida en el Tea Party. Apelar al chusco y estridente envoltorio retórico propio de la extrema derecha en su variante anglosajona para distribuir en el mercado de la atención mediática una mercancía ideológica con el copyright de la extrema izquierda posmarxista, por entonces ya decidida a capitalizar la memoria sentimental del 15M. Eso fue brillante. Se trataba  de elevar los lugares comunes de la charlatanería más burda y antipolítica de las tertulias de la telebasura a eje central del discurso de una fuerza emergente que aspiraba a desplazar al principal partido de la izquierda española durante los dos últimos siglos. Orillar al PSOE, ahí es nada. Por lo demás, había que hacerlo transformando los códigos canónicos del lenguaje dominante en los medios audiovisuales de masas, siempre tan simplista, emocional y populachero como demoledoramente eficaz frente a las audiencias, en un genuino bumerán contra los medios mismos. Y todo eso viniendo de la nada.

Bien, pues casi lo consiguió. De ahí lo muy asombroso de que alguien dotado con esa lucidez instrumental, una vez alcanzado lo más difícil, incurriera en los dos errores de bulto que, a la postre, van a acabar con su carrera política. El más obvio e inexplicable, y más en un hombre para quien las voces imagen y política resultan términos sinónimos, fue el del chalet. En el debate teórico interno que llevó a la ruptura final, las tesis de Errejón se ajustaban mucho más a la realidad social española que las de Iglesias. Sin duda, la razón, la razón política, estaba de parte de los escindidos. Pero si no hubiera sido por el inmenso error de Galapagar, nadie se engañe, Más Madrid ni siquiera podría soñar ahora, pero ni soñar, con la hegemonía en el espacio de la izquierda alternativa el 4 de mayo. El otro error, en fin, fue entrar en el Ejecutivo para asumir en exclusiva las ignotas competencias de un vistoso florero. Algo de lo que se dio cuenta cuando ya era demasiado tarde.

Detrás del escaño de Pablo Iglesias en el Congreso hubo en su día cinco millones de votos, la inmensa mayoría de ellos procedentes de los jóvenes menores de cuarenta años a quienes aquí se decidió endosar el grueso de la factura de la Gran Recesión. Porque aquí, y cuando todo parecía hundirse, se envió al paro a 16 empleados temporales, que eran por norma los más jóvenes en todas las plantillas empresariales, por cada trabajador indefinido, que eran y siguen siendo los defendidos por los sindicatos y los blindados en los convenios colectivos, que corrió la misma suerte. Una proporción de 16 a 1, sí. De esa novísima carne de cañón posmoderna, lo que algunos sociólogos llaman precariado, segmento cada vez mayor de la población española -pero también europea- que nunca sabe de qué vivirá dentro de seis meses, de ahí salió la expectativa, nada quimérica por lo demás, de que Iglesias podría asaltar de verdad el Cielo, no un triste escaño provincial en la muy ficticia región de Madrid. Pero liberar a Podemos del dilema de tener que elegir entre los floreros ornamentales y el testimonialismo no menos estéril de un partido solo de protesta, convertirlo en alternativa verosímil de gobierno, exigía un aggiornamento ideológico y una flexibilidad de cintura  para los que Iglesias no estaba preparado. A La Moncloa, qué le vamos a hacer, no se llega con el Sindicato de Manteros. Tampoco, por cierto, manteniendo un interminable idilio apasionado con los secesionistas catalanes. Pero él semeja incapaz de verlo. Está en el ambiente, decía. Pero habrá que esperar a la noche del martes.

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