The objective

El Subjetivo

Opiniones libres de algoritmos

Opiniones libres de algoritmos

Aquí no brota nada

En mi barrio, que no está en las Hurdes de Buñuel ni en el Pozo del Tío Raimundo, sino que es de los que se definen como de clase media acomodada madrileña, la droguería en la que siempre hemos comprado es pequeña pero de moderno diseño.

En mi barrio, que no está en las Hurdes de Buñuel ni en el Pozo del Tío Raimundo, sino que es de los que se definen como de clase media acomodada madrileña, la droguería en la que siempre hemos comprado, estratégicamente situada junto al mercado, es pequeña pero de moderno diseño, con autoservicio y una puerta deslizante eléctrica que permite utilizar hasta el último centímetro de espacio para la mercancía. Y siempre estuvo repleta de colonias, jabones, desodorantes, perfumes caros, maquillajes, hojas de afeitar con sus espumas y sus ‘after shaves’, más productos de limpieza para la casa, insecticidas… Un primor, un pequeño emporio de la higiene.

En los últimos tiempos empezaba yo a notar algo raro. Hasta que ayer caí en ello, porque ya es lacerantemente obvio: mi droguería de siempre se ha convertido en una tienda como aquellas que veíamos hace 40 años de la Unión Soviética, con sus anaqueles vacíos, sus clientes ojerosos y sin nada que echarse al coleto… Los estantes se han ido vaciando, y ahora ponen en primer plano unos tubitos de dentífrico, unos botes de laca, unos frascos de desodorante, unas compresas, todos en fila, por vergüenza torera, para disimular que detrás está vacío, que no se reponen los productos, que las ventas han caído y siguen cayendo a una pequeña fracción de lo que eran hace seis años, que el negocio está probablemente a un paso de echar definitivamente el cierre. Como lo siguen echando los puestos del mercado aledaño.

Ésa es la realidad del Madrid otrora alegre y gastador. El que oye que han llegado a España más turistas que nunca y que se han dejado mucho dinero. El que sabe bien que, mientras la vida comercial de la ciudad se va agostando porque no hay ni ingresos ni trabajo ni consumo, todas las historias de brotecillos verdes, de cambios de ciclo y de inicios de bonanza suenan tan auténticas como el 23-F del Follonero.

Más de este autor

Más en El Subjetivo

Los trece votos

La vergüenza que uno siente al ver cómo se falsea de esta forma el pasado es, me temo, directamente proporcional al rédito electoral que estas prácticas suponen. Cuanta más vergüenza, más voto.