Jorge San Miguel

Asimov

"Percibía el mundo adulto a través de las opiniones de Asimov: la ciencia, los libros y la instrucción de las masas, la realidad sin vueltas de las cosas materiales, una idea whig de la historia mucho antes de saber qué era eso"

Opinión

Asimov
Foto: Dominio público

Se ha muerto Kirk Douglas y tocaría hablar de él pero, como voy con decalaje, hoy escribo sobre otro judío neoyorquino que a mí me parecía “más grande que la vida”. Se cumplió en enero el siglo del nacimiento de Isaac Asimov y, a lo mejor es cosa mía, pero me pareció que quedaba en sordina fuera de ciertos ambientes. Es verdad que no está el patio para celebrar a señoros que, además, parece que tenían la mano larga. En los días de Trump y el Me too no se sabe bien dónde queda una figura como la de Asimov. Es como una esfinge patilluda entre arenas de otro tiempo, pero yo vine al mundo en aquel tiempo aún y le tengo una deuda gigantesca. Hace años, cuando unos cuantos fundamos Politikon, me enteré de que lo único que teníamos en común todos, aparte de pene, era habernos empapado todo Asimov de chavales. Y de ahí, me imagino, el racionalismo un poco ingenuo. Tampoco son buenos tiempos para el racionalismo.

No recuerdo por dónde empecé con Asimov, porque en casa teníamos como 100 libros entre ficción y no ficción. Quizás leyese alguno de los volúmenes de historia antigua, en la edición de Alianza, antes que la Fundación y los Robots. Sus libros de historia los editaba Alianza y parecían más serios, aunque el contenido fuera poco más que resúmenes divulgativos de lugares comunes. En cambio, los de ciencia ficción venían en muchos formatos con portadas entre lo evocador y lo disparatado. La primera trilogía de la Fundación, en unos volúmenes de bolsillo de Bruguera que me parecían viejísimos, y debían de ser de finales de los sesenta. Los robots iniciales, en otros tomos de Bruguera o Edhasa con diseños más modernos. Bóvedas de acero y El sol desnudo, en los libros fabulosos de Martínez Roca con portadas de Horacio Salinas Blanch, que se deshacían en las manos. También las antologías de la “Edad de Oro” –que vaya usted por qué llamaron así en Martínez Roca a Before the Golden Age–, donde Asimov contaba su infancia en el kiosko familiar y sus primeras aventuras en las revistas pulp. Recuerdo que una vez me llevé uno de ellos al Bernabéu y mi padre torció el gesto; fue el último año que me sacó el abono. Total, ya venía el Barça de Cruyff.

Se podía casi seguir la historia editorial española a través de nuestra colección: la saga avanzada de los robots y las subsiguientes fundaciones, en tomos más sólidos y lujosos de Plaza & Janés o el Círculo de Lectores. Y los libros más recientes, en ediciones de bolsillo cada vez más feas, pero que al menos no se despegaban. También se veía envejecer a mi padre en aquellos libros, desde los viejos Bruguera del gato negro, que habría leído quizás en algún camastro de la mili, hasta los ejemplares de Super Ficción comprados de saldo en el VIPS de López de Hoyos a la salida del trabajo. A mí se me confundían Asimov y él, no porque se parecieran, sino porque percibía el mundo adulto a través de las opiniones de Asimov: la ciencia, los libros y la instrucción de las masas, la realidad sin vueltas de las cosas materiales, una idea whig de la historia mucho antes de saber qué era eso.

Estaban los libros de ciencia, claro. La Introducción a la ciencia, un libro negro que era como una biblia de bolsillo y que yo me leía a saltos, pasando los pasajes más abstrusos. Todavía quería ser científico entonces, luego ya vi que no. Disfruté mucho de La tragedia de la luna y Los lagartos terribles, que ya estaba muy anticuado para aquellas postrimerías de los ochenta. Los libros eveméricos sobre el Antiguo y el Nuevo Testamento. Toda aquella literatura racionalista, esquemática, transparente, que algo tuvo que ver en que la religión me pareciese una cosa rara desde jovencito. Hablando de religiones: de Asimov me quedó también una desconfianza hacia el pueblo, que era siempre la masa ignorante que quemaba el observatorio. Y me quitaron, él y Sagan, de creer en ovnis, aunque no el miedo por las noches: los límites del racionalismo asomaban.

Asimov se murió –de SIDA, pero entonces no lo supimos– en 1992, apenas entrado en los setenta. Su muerte me produjo una sensación de irrealidad. Me había acostumbrado a verlo como una figura que trascendía la vida y las cosas que nos pasan, y se me hacía más cuesta arriba imaginarlo vencido en una cama de hospital que contemplar la decrepitud de mis propios abuelos. Pero lo racional, que es natural para el niño, se vuelve incómodo para el adolescente. Así que pronto fui dejando atrás a Asimov. Además, por decirlo suave, era desmañado como literato; y uno andaba ya a otras cosas, no necesariamente mejores. Empezaba otro mundo ese mismo año 92. Era ya el futuro y, por tanto, sobraba la ciencia ficción. Vendrían después otros racionalismos, que ahora también se me antojan caducos e insuficientes.

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