Carlos Mayoral

Baudelairianos

«Como el albatros de su obra, resultaba majestuoso al verlo extender las alas en sus estrofas, tanto como ridículo resultaba al verlo poner las patas en el suelo de la bohemia»

Opinión

Baudelairianos
Foto: Étienne Carjat| Galerie contemporaine littéraire artistique British Library
Carlos Mayoral

Carlos Mayoral

Un sustantivo: juntaletras; y tres adjetivos: solotildista, machadiano, puntoycomista.

En apenas unas semanas se celebra el bicentenario del nacimiento del poeta que cambió la literatura europea. Su ascenso fue pura transgresión. Desde su irrupción en los círculos culturales del Barrio Latino, la vieja ética europea vio tambalearse los cimientos de la represión moralista que la contrarrevolución hacía correr por las calles de París. De las tripas de la grandeza de Napoleón, el imperio y sus novelistas panegíricos, surgen estos autores apegados a la miseria y la indignidad. Pronto se vio que Charles Baudelaire venía a cantarle al mal, a la noche, al alcohol y las drogas, a la prostitución y al vicio sin que nadie, ni su familia, que quiso enviarlo a Calcuta en un barco mercante; ni el gobierno francés, que lo procesó tras la publicación de Las Flores del Mal; pudiera detenerle. Una personalidad literaria arrolladora, las influencias de aquellos a los que había estudiado en su función de crítico de arte contemporáneo (Edgar Allan PoeE. T. A. Hoffman o Balzac), y esa imagen de tierno niño malo le colocarían, para siempre, en el frontispicio de la poesía universal.

Hubo quien lo definió como un romántico, y algo de este movimiento hay en él, pues siempre se fijó en los de abajo, acarició los muslos blandos de La Bizca en su prostíbulo, coqueteó con el hashish, y sintió, como todo personaje del Romanticismo, que la justicia le debía una a esos héroes de la pobreza y el hambre. Hubo también quien lo definió como el primer simbolista, y de nuevo es un juicio acertado en parte, pues nadie como él supo definir la estética más tarde llamada simbolista, nadie utilizó con tanta maestría las metáforas en favor de la carne, nadie abrazó de manera tan firme el antiidealismo. En la mezcla de esos dos movimientos se halla nuestro poeta, poliédrico y versátil como pocos poetas decimonónicos. Ya entonces París, por utilizar un verso del maestro, cambiaba más rápido que el corazón humano, y lo hacía al son que dictaban sus acólitos.

Por su segundo centenario conviene echar la vista atrás y comprobar qué hubiera sido de la poesía sin Baudelaire. Porque sin Baudelaire no habría, por ejemplo, Rimbaud o Verlaine. No habría, tampoco, Darío ni Juan Ramón. Seguramente algunos autores canónicos, como Eliot o Breton, se habrían quedado en la mitad. Cabe preguntarse qué hubiera sido de La bohème de Giacomo Puccini, del Naturalismo de Emile Zola o de las célebres Luces de Bohemia de Valle-Inclán. Es cierto que no pudo cambiar el mundo, si es que este precepto cursi resulta verosímil, pero sí pudo cambiar la concepción del arte. Como el albatros de su obra, resultaba majestuoso al verlo extender las alas en sus estrofas, tanto como ridículo resultaba al verlo poner las patas en el suelo de la bohemia. Un poeta eterno, que siglos después sigue sonando igual de moderno, una ruptura con el viejo orden. Por todo ello, en segundo centenario, baudelairianos del mundo, unámonos.

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