Gonzalo Torné

Biblioteca en tránsito

«Las bibliotecas serán una inversión ruinosa, pero vienen a ser la expresión física de nuestra solitaria vida mental»

Zibaldone

Biblioteca en tránsito
Foto: @glennoble| Unsplash

Uno podría pensar que quien tiene una biblioteca tiene un tesoro. Pero, ¿qué clase de tesoro? Desde la implacable (e ingrata) perspectiva del precio se trata de una inversión ruinosa. Da igual que nos hayamos gastado diez, veinte o cincuenta euros en un libro por el mero hecho de pasar a nuestras manos (y de extraerlo de la cadena comercial) su precio se reduce a menos de un euro (siempre que no lo hayamos subrayado y doblado mucho). Lo único bueno que dice una biblioteca de la salud de nuestras cuentas es que tenemos dinero para pagar el espacio donde alojarlas. Tantas estanterías, tantas metros de pared, ¡y a cómo está el metro de pared!

Nos llegan mejores noticias del lado del valor. Las bibliotecas serán una inversión ruinosa, pero vienen a ser la expresión física de nuestra solitaria vida mental. El sustentáculo y el residuo táctil de horas y horas de silenciosa aventura intelectual. Una especie de espejo que nos devuelve las facciones de nuestro perfil lector. ¿Qué genero preferimos? ¿En qué siglo nos encontramos más cómodos? ¿Cuál es nuestro idioma? ¿Saltamos de un autor a otro o cuando un escritor nos fascina nos entregamos a su prospección? El equilibrio entre los libros leídos y los libros por leer también delata si somos impulsivos o concienzudos. Las bibliotecas hablan por los codos, ay, ¡si alguien se entretuviese a escucharlas!

Las bibliotecas también se parecen a un bosque: aunque la masa forestal altera de manera incesante su composición (no dejan de brotar y secarse árboles) su forma permanece casi idéntica ante nuestros ojos. El ritmo de lectura humano también recuerda al crecimiento vegetal, es constante, pero tardamos mucho en descubrir que el bosque ya ha llegado casi hasta el río, casi tanto como en convencernos de que nos conviene otra estantería. La biblioteca es muy buena convenciéndonos de que es una de nuestras posesiones más estáticas (menos que una casa, de acuerdo, pero, ¿quién puede permitirse poseer una casa?), pero es un treta, una engañifa, una invitación al sedentarismo… Basta que tengamos que afrontar un traslado para que se evidencia la movilidad de las bibliotecas personales, solo que… ¡todo el esfuerzo recae sobre el lado humano!

Desmontar una: bajarla de las estanterías, meter sus unidades mínimas (también conocidos como «libros») en cajas… nos permite cobrar conciencia que la biblioteca está articulada. Que la ordenan criterios de apariencia racional y considerablemente arbitrarios (además numerosísimas excepciones y caprichos, por no decir antojos). Por qué vamos a ver, ¿por qué los filósofos griegos están entre los griegos y no entre los filósofos? ¿por que los ensayos de los poetas y novelistas están junto a sus poemas y novelas y no con el resto de poemas y ensayos? ¿por qué el libro de Eckermann sobre Goethe está entre los libros escritos por Goethe?

La visión de los estantes vacíos y las cajas llenas (algún demente será capaz de contarlas y numerarlas, y asociarlas al estante y a la librería, y no descarto ser uno de ellos) incrementa la sensación de que algo se nos ha sustraído, sensación que también nos acompaña en los viajes más largos. Pero ahora está ampliada, es casi una amputación. Sobre ambos supuestos (viajes y mudanzas) planea al mismo miedo: que no podamos acceder a información que se revelerá relevante en el plazo más breve, en medio de una urgencia profesional o espiritual. La diferencia es que aunque los viajes nos alejan de la biblioteca más que las cajas, de los viajes siempre se vuelve, mientras que la situación de los libros es insólita e incierta, y está en manos de los así llamados profesionales de la mudanza. Pero hay más: por lejos que estemos de nuestra casa transitoria, alguien con una llave puede rastrear nuestros libros y encontrar el ansiado dato, la frase, la cita, la asociación, la idea. Mientras que con la biblioteca en cajas sufrimos el doble castigo del aislamiento y la desarticulación. Y que nadie me venga con que podemos buscar un ejemplar del mismo libro en una librería o en un biblioteca. ¡Qué sé yo dónde está lo que busco en un volumen nuevo! Un lector se guía por las marcas que deja en el libro, por los subrayados que son el rastro del hilo de la propia atención, brújulas en el laberinto.

Y qué desarmados estamos sin el acceso a la biblioteca. Para inspirarnos, para consultar, para provocar, concebir, alterar, discutir, confrontar… Se sabe, se ha dicho, suena un poco cursi, afectadísimo (lo reconozco, la clase de frase en la que uno no quiere reconocerse), pero es que es verdad. ¡Qué quieren que les diga! Y también es condición necesaria (aunque no suficiente, qué más querríamos) para empezar a reconocer un piso nuevo como nuestro piso (me refiero al derecho de entrar y salir a placer, no al título de propiedad), que se abran las cajas y las porciones de biblioteca asciendan a los estantes para articularse de nuevo en la correspondiente simulación de estatismo.

Claro que… ¿se puede recuperar la inocencia? Una vez revelado el artificio de la clasificación, su arbitrariedad escandalosa, ¿vamos a perseverar en la articulación actual o le proporcionaremos una Vita Nova? ¿No debería volver Aristóteles a encabezar la filosofía de Occidente? ¿Desgajarse los ensayos de Kundera de sus novelas? ¿Reunirse el XVIII, salvando la distancia del idioma, permitir que Voltaire y el Doctor Johnson se fundan en un abrazo de esperanto supremo?

Son problemas complejos, casi angustiosos. Así que prefiero sentarme entre las cajas abiertas evitando metáforas automáticas como el cambio de piel de las serpientes o el dichoso capullo que dejan atrás las mariposas. Y me preguntó cuál será el último libro en abandonar la jaula de cartón. Resulta ser uno de Alejandro Zambra, un escritor admiradísimo, con un título Mudanza, que parece puesto para recordar que el cosmos (o el azar) no dejan pasar ni media ocasión de reírse de nosotros.

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