Victoria Carvajal

Biden el radical

«Dadas las devastadoras secuelas sociales y económicas del coronavirus y el ritmo imparable de contagio en países como India, su 'radicalidad' puede que sea lo que el mundo necesita»

Opinión

Biden el radical
Foto: Jonathan Ernst| Reuters
Victoria Carvajal

Victoria Carvajal

Economista empeñada en hacer comprensible y hasta entretenida la información económica. Madre feliz y actriz en sus ratos libres.

Confesémoslo. Estamos todos un poco celosos de EEUU. Y algo atónitos. Nos ha tomado la delantera en todo: en una campaña de vacunación rápida y eficaz, en la gratuidad de las pruebas de diagnóstico y, sobre todo, en la aprobación de unos planes de estímulo a la economía y a las familias tan monumentales que han dejado a la Unión Europea en evidencia: casi 6 billones de dólares o el 25% del PIB de EEUU, frente a los 1,8 billones de euros de la UE, entre los 750.000 millones de euros del plan de recuperación extraordinario Next Generation EU más 1,05 billones del presupuesto común de gasto aprobado para los próximos siete años. El 10% del PIB de la Unión. ¿Y qué tal el último golpe de Biden? Su propuesta de liberar las patentes de las vacunas para hacerlas accesibles a todo el mundo sacudiendo uno de los sacrosantos pilares, el de la propiedad intelectual y privada, en una de las economías más liberales del mundo capitalista. La revolucionaria medida ha pillado a todos con el pie cambiado.

Lo único que ha distinguido a la UE, para nuestra honra quijotesca ya puestos, es que hemos sido campeones en la exportación de vacunas: 200 millones de dosis entre las directamente exportadas a terceros países y las aportadas al programa Covax gestionado por Naciones Unidas para mandar viales a los países sin recursos. Alemania es el principal donante mundial, con cerca de 60 millones de vacunas. Frente a cero exportaciones hasta ahora de EEUU. Que eso sí, una vez vacunada la mayoría de su población, ha decidido dar un vuelco al sistema y poner en un aprieto a los países europeos co-propietarios de las patentes, como la alemana BioNTech socia de Pfizer, contraria a delegar la producción de las vacunas a terceros por un temor, hay que presumir que legítimo, a que la calidad se descontrole. A diferencia de los EEUU, la UE no tiene más que al 20% de su población inmunizada. Tal vez necesita un momentito para reaccionar sin estar en principio en contra de la propuesta. A diferencia del gigante norteamericano, ha demostrado de sobra su voluntad de compartir la vacuna.

No hay duda que la apuesta de la nueva Administración estadounidense es valiente. Tanto en su programa de gasto como en la decisión de liberar temporalmente las patentes de las vacunas. Porque en el primer caso se necesita una respuesta opuesta a la anterior crisis y gastar más contundentemente para reponerse de los daños causados por la pandemia. Y porque la inmunización o es mundial o el virus seguirá viajando y mutando hasta el punto de hacerse resistente a las vacunas ahora en circulación. Y nadie entonces estará a salvo. La prometedora recuperación en forma de los alegres años veinte del siglo pasado de la que todos hablan durará un cuarto de hora. ¿Podemos permitirnos correr ese riesgo?

Así que como el Financial Times planteaba esta semana, cabe preguntarse si Joe Biden es un radical.

Y la respuesta sea probablemente que sí. ¿Es eso algo negativo? Dadas las devastadoras secuelas sociales y económicas del coronavirus y el ritmo imparable de contagio en países como India, su radicalidad puede que sea lo que el mundo necesita. ¿Tanto como lo fue Franklin Delano Roosvelt tras la crisis de 1929, cuya intervención en la economía para reactivar la actividad demostró al final ser acertada? Seguramente, pero asume mayores riesgos en una economía globalizada. Sus decisiones no sólo pueden provocar desequilibrios macroeconómicos en origen, como es un recalentamiento de la economía que presione al alza la inflación y los tipos de interés, si no que tendrán repercusiones en otras economías dependientes del dólar. Sobre todo las emergentes.

La cosa es que quién nos iba a decir que la socialdemocracia, en crisis desde finales de ochenta, iba a resucitar con fuerza en EEUU en el SXXI. Porque con sus medidas de gasto público, la gran G de J. M. Keynes, Biden parece haber enterrado por un largo tiempo el conservadurismo fiscal que dominaba el mundo desde entonces. La desregularización y la retirada del Estado en la actividad económica, que han sido el evangelio de las grandes organizaciones multilaterales como el FMI o los bancos centrales y la mayoría de los Gobiernos occidentales, están hoy en franca decadencia. El coronavirus lo ha cambiado todo.

Todos están hoy a favor de los estímulos fiscales, de fomentar las políticas que reduzcan la desigualdad, de buscar fórmulas impositivas que repartan mejor el coste de la salida de la crisis… Desde la tasa mínima mundial a las grandes corporaciones propuesta por la secretaria del Tesoro Janet Yellen y acogida con gran interés en Europa, al impuesto Covid a las grandes fortunas sugerido por el FMI. Los interpelados se han echado las manos a la cabeza, pero lo cierto es que la subida de impuestos que quiere sacar adelante Biden afecta sólo a las rentas superiores a los 400.000 dólares anuales y a las grandes corporaciones y la presión impositiva que propone no supone ni siquiera volver al nivel previo de la llegada de Trump y su radical rebaja fiscal.

Es más que razonable intentar encontrar una fórmula equilibrada que permita repartir los costes de la salida de la crisis. No podemos fiar todo a la emisión de nueva deuda en un mundo ya excesivamente endeudado y comprometer el futuro de las nuevas generaciones condenándolas a su pago. Porque la debacle económica y social que ha generado un microorganismo que a 7 de mayo se ha cobrado ya la vida de 3.269.045 personas y que sigue ensañándose en gran parte del mundo con 156.673.581 contagiados, con especial virulencia hoy en la India, ha asestado el golpe definitivo a un modelo de sistema capitalista que ya mostraba síntomas de agotamiento.

Un modelo que la pasada Gran Recesión de 2008-13 puso ya en cuestión. Esa crisis marcó una diferencia. Se evidenció la necesidad de corregir los dañinos efectos en la cohesión social que tuvieron las políticas de austeridad, de evitar que el peso de los ajustes recaiga siempre sobre las mujeres, más vulnerables en el mercado laboral y habituales cuidadoras de niños y ancianos, y de ser más cuidadosos con el medio ambiente. Los efectos devastadores de la pandemia en la economía y el tejido social y la incógnita sobre su origen en relación con el abuso humano sobre la naturaleza no han hecho más que acentuar esas demandas. Y hoy son objetivos que no sólo están en la agenda reformista de los Gobiernos occidentales, que se preparan a gastar más que nunca desde la reconstrucción posterior a la II Guerra Mundial, si no también en la de las grandes empresas privadas.

Hay quien dice que los Estados Unidos de Biden se están europeizando y que Europa en comparación está paralizada. No es justa la afirmación para un continente que representa el 50% del gasto social total del mundo, con el 7% de la población y una economía que pesa el 25% del PIB global. Pero es definitivamente una llamada de atención. Toca estar a la altura y no traicionar la solidaridad que está en nuestro ADN.

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