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Opiniones libres de algoritmos

Opiniones libres de algoritmos

Blablableo

Foto: Khalid al-Mousily | Reuters

El ruido nos ha colonizado. No hay nada de romántico en esto. Más bien todo lo contrario: nos sodomiza con su látigo estridente. Si es porque nos asusta el silencio o porque nos hace parecer fuertes, lo mismo da, queremos decibelios y los queremos ya. Esto no lo sabes cuando te levantas de buena mañana, pero te lo recuerdan los vecinos, que se han apuntado a la moda del comesanismo y ahora mezclan espinacas, bayas de goji y fresas en la batidora para amanecer con fuerza. Lo aderezan con un blablableo suave pero continuo.

Escapas, sales de ahí. Montas en el coche y dejas que el ralentí destruya tus cócleas. Enciendes la radio y te topas con el locutor deportivo que grita por encima de los cien mil espectadores, te abrazas a esos tertulianos que también blablablean descontroladamente. Eliges al tuyo, asimilas su ruido. Esta vez no les pones cara, pero a quién le importa eso. Sí importa, en cambio, que el ruido no cese. Se le colocan tildes a todas las vocales, parecen maños: /rúídó/. Pero no te despistas con tonterías, esas opiniones no van a enquistarse solas. La publicidad, lejos de parecer un oasis silencioso, planta cara. Cuanto más agudo sea el acorde en la Stratocaster, más amenazará nuestro tímpano, ergo más se clavará en nuestra memoria y en nuestro bolsillo. Tienes que cambiar las lunas en ese taller y con ese operario, no se te olvide. Al descabalgar del coche, la calle hierve. Tráfico, cláxones, conversaciones. Te sumerges en la prensa del día, no dejas que te atrape el mutismo. Opiniones ruidosas. Donde antes se blablableaba, ahora se garabatea blablableando. No son tertulianos, pero son columnistas, que vienen a ser tertulianos a la pluma. Los gritos, esta vez, colonizan el negro sobre blanco. Además de opiniones también hay noticias, aunque pasadas por la túrmix de la línea editorial, que es el nombre que ahora se le da a una opinión forzada. Más ruido.

Llegas a casa, es tarde. Enciendes la televisión a esa hora en la que sólo se pretende contar con un murmullo que asiente el estrés del día, pero al otro lado de la pantalla sólo encuentras gritos. Opiniones que todo el mundo oye pero que nadie escucha, contraargumentos que no pelean contra ningún argumento, son los mismos tertulianos que horas antes blablableaban en la radio. Cambias, y ves concursos musicales donde sólo interviene el jurado. Cambias, ahora telediarios en los que una imagen berreante vale más que mil palabras. Hay un tipo que amenaza con reflexionar, detenerse, moldear el silencio y la opinión, pero debe ser un loco, una especie de Winston Smith en el Ministerio de la Verdad. Apagas. Por último, cierras los ojos en la piltra. Toca digerir el ruido, interiorizarlo, hacerlo tuyo. Así, sin Álmax para las meninges ni nada parecido. Por tu imaginario se pasean palabras, palabras, palabras. El camión de la basura siempre pasa a esta hora, maldita socialdemocracia. Las palabras no se han procesado todavía, pero entre el ruido del camión y el de los vecinos, que han decidido que cuando anochece apetece, no has tenido tiempo de procesar pero sí de ser procesado. Parafraseando a Bécquer: ya sólo eres una máquina que al compás que se mueve hace ruido.

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