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Catarsis en California

Si se descartara la existencia de la familia perfecta y se decretara la universalidad de las familias disfuncionales la felicidad del mundo aumentaría: por fin nos liberaríamos del canon de perfección que nos amarga la vida.

Foto: @biglittlelies |

La familia feliz es solo un patrón estadístico. Un punto de equilibrio que define la anomalía del resto, aunque de su existencia solo se conozcan señales, no certezas. Funciona como un simple soporte, una hipótesis científica tan incierta como la materia y la energía oscurasSi se descartara su existencia y se decretara la universalidad de las familias disfuncionales la felicidad del mundo aumentaría  exponencialmente. La causa es la obvia: por fin nos liberaríamos del canon de perfección que nos amarga la vida. Por fin dejaríamos de fingir lo que no somos. Por fin saldríamos del armario donde nos encerró la primera frase de Ana Karenina (novelón decimonónico donde, por otro lado, no aparece ni una sola familia feliz).

Por supuesto la abolición de la felicidad familiar traería perjudicados. Tan perniciosa meta no existiría si no hubiera beneficiarios. Los más obvios se encuentran en la costa oeste norteamericana, en concreto en California, donde se encuentra la industria de la catarsis.

¿Cuántas series dedicadas a familias disfuncionales millonarias o aristocráticas se realizan cada año?  Incluso en HBO hay una sección propia dedicada a la materia. Gracias a la desbordante producción audiovisual estadounidense los miles de millones de familias infelices que llenan el mundo alivian su fracaso y se convencen de que su desgracia es propia de estrellas de rock, monarcas, o especuladores financieros. Podría afirmarse que toda película o serie protagonizada por una familia de clase alta tiene ese propósito obvio u oculto.

Algunas son mediocres, otras magníficas. Entre las mejores destaca “Big Little lies”, título que parece heredado de una de las grandes películas británicas: Secretos y mentiras, dirigida en 1996 por un Mike Leigh dominado por la gracia divina. La segunda temporada, por ahora, supera a la primera. El mérito de su directora es elaborar y coordinar un muestrario emociones, conductas y consecuencias que van desde lo neurótico a lo delictivo, con una breve incursión en la psicopatía. Por supuesto la serie transcurre en un entorno ultramillonario, una especie de mezcla entre nuestro Sotogrande y Sillicon Valley, pero su calidad emocional nos ayuda a comprender al otro. Andrea Arnold, heredera del Dogma danés y del realismo del propio Mike Leigh, es una directora mucho más talentosa que Jean Marc Vallée –responsable de la primera temporada- y demuestra su capacidad para combinar el ritmo de Hollywood  y una complejidad emocional digna del mejor cine independiente. La herencia de Secretos y mentiras aparece en la cara oculta de los personajes -la profunda, alejada del homicidio que sirve de McGuffin-, llena de sentimientos ajenos incluso para quienes los sienten, situados en esa distancia entre lo que se expone y se guarda propia de cualquier vida consciente.

Para entender cómo opera la catarsis acerquémonos al personaje encarnado por Nicole Kidman (cuyo talento supera incluso a la sobredosis de bótox que ha infringido a su helénico rostro). Sufre un serio síndrome de Estocolmo respecto de su exmarido, que estuvo a punto de matarla a golpes antes de que ella y sus amigas le desnucaran tirándole por unas largas escaleras. Se debate entre el recuerdo de sus supuestas bondades como padre y amante y la memoria de su violencia, incitada por su psicóloga para que no caiga en una debacle de culpa y baja autoestima. Por supuesto tanto ella como su difunto esposo son ricos, guapos e inteligentes (aunque, en el caso del marido, la inteligencia quedara arruinada por su brutalidad sádica).

En un alarde de inteligencia, y de casting, las desgracias de la viuda no solo consisten en soportar sus contradicciones y una posible investigación policial. También debe aguantar la irrupción en su casa, disfrazada de ayuda, de la madre de su marido, una mujer egocéntrica, heladora, profundamente herida y dañina, interpretada nada menos que por Meryl Streep. La peor suegra del mundo en las peores circunstancias. Y también, por supuesto, la mayor ladrona de planos imaginable.

 La catarsis ocurre cuando millones de espectadoras (y también espectadores) alivian el dolor que les causa su propio caos familiar –y su propia familia política- creyendo que los ricos lloran como ellos. Que, en consecuencia, su desgracia puede compararse a la que sufren los habitantes de un suburbio millonario de Monterey, California. Tal afirmación es radicalmente falsa por dos motivos: porque el dinero, como el tamaño, importa y porque la desgracias creadas por los avezados guionistas de Hollywood no existen y las reales sí. Pero la catarsis se impone. El dolor de verdad, un dolor precario, feo como un césped lleno de calvas, es anestesiado por la riqueza y los acantilados del Pacífico. Hollywood sigue cumpliendo su función básica: suavizar la desgracia.

No es nada fácil mirar la vida de frente. Lacan –en uno de sus escasos momentos de inteligibilidad- afirmaba que la cura comienza cuando la mitología familiar se derrumba y el paciente contempla su vida y la de los suyos tal y como es, no tal y como se ha inventado que es para soportarla y soportarse. ¿Si todos sabemos que la felicidad familiar es un oximorón, que, como todos los anhelos imposibles, su búsqueda solo incrementa la desgracia, por qué no creamos un nuevo ideal que consista, simple y llanamente, en una moderada dicha, incluso en un leve malestar?

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