Ignacio Peyró

Churchill, la política y las copas

El primer ministro Pitt el Joven solía bajarse dos botellas de Oporto o “vino fuerte” al día, y quizá por eso se le veía por las calles “dando tumbos como sus proyectos de ley”. Fue el vencedor en Trafalgar.

Opinión

Churchill, la política y las copas
Ignacio Peyró

Ignacio Peyró

Madrid, 1980. Periodista y escritor, autor de Pompa y circunstancia. Diccionario sentimental de la cultura inglesa y de La vista desde aquí. Una conversación con Valentí Puig. Ha sido durante cinco años asesor en Presidencia del Gobierno. En la actualidad, es consejero de EFE y jefe de elSubjetivo en The Objective. Desde octubre de 2017 dirige el Instituto Cervantes de Londres.

El primer ministro Pitt el Joven solía bajarse dos botellas de Oporto o “vino fuerte” al día, y quizá por eso se le veía por las calles “dando tumbos como sus proyectos de ley”. Fue el vencedor en Trafalgar.

El primer ministro Pitt el Joven solía bajarse dos botellas de Oporto o “vino fuerte” al día, y quizá por eso se le veía por las calles “dando tumbos como sus proyectos de ley”. Fue el vencedor en Trafalgar. El historiador A. J. P. Taylor, por su parte, nos glosa la figura de Churchill como la de “un viejo que llevaba ropa rara y bebía vino con el desayuno”. Taylor se quedó corto: a Churchill también le gustaban los martinis, el champaña de la casa Pol Roger, el “brandy de noventa años”, un whisky muy aguado para ir pasando el día. Otro historiador, John Lukacs, glosa su figura con más misericordia: como la de un “defensor de la civilización”. Fue el vencedor en la Segunda Guerra Mundial.

Al meditar sobre la política y las copas, Jonathan Davidson hace notar que “es peculiar que se haya tolerado la embriaguez al manejar asuntos de gravedad para la nación”. Será que “con agua» –como dice Nicholas Soames- no se puede hacer un buen discurso”. Para sus intervenciones parlamentarias, él prefiere el champagne que “eleva los corazones”. Es una doma del espíritu que requiere muchas horas de barra: Alan Clark se pasó de euforia en una cata de Burdeos y se le acusó de hablar borracho en los Comunes.

Ese mordisco del alcohol conlleva sus peligros, y hubo próceres que amaron tanto la bebida que se vieron obligados a dejarla. A Asquith, sus colaboradores tenían que esconderle las botellas. Más listo o más tramposo, Harold Wilson abandonó el brandy, pero para sustituirlo por cinco pintas diarias de cerveza. Hoy, de clínica en clínica, no sabemos si Rob Ford se hará fuerte ante esos martinis que son un fuego helado. De momento, sin embargo, nada le impide llegar a ser un Pitt el Joven: ambos comparten la política, las copas e incluso –ironías de la Providencia- la fecha de cumpleaños.

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