Jorge San Miguel

Cojones of steel

Anteayer causó cierta sorpresa un tuit de Íñigo Errejón conmemorando el fusilamiento de Torrijos y su lucha contra el absolutismo. “La historia de España está llena de patriotas que lucharon contra los reaccionarios y por las libertades de todos”, decía el candidato de Podemos.

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Cojones of steel
Foto: Francisco Seco

Anteayer causó cierta sorpresa un tuit de Íñigo Errejón conmemorando el fusilamiento de Torrijos y su lucha contra el absolutismo. “La historia de España está llena de patriotas que lucharon contra los reaccionarios y por las libertades de todos”, decía el candidato de Podemos. Es verdad que a renglón seguido se refería a la “tradición de patriotismo popular y democrático”, algo que para el tiempo de Torrijos suena más bien anacrónico; pero tampoco nos íbamos a poner exigentes con alguien que da sus primeros pasos en la tradición liberal. Bien está que desde los tiempos de la facultad, cuando se reventaban homenajes a Santiago Carrillo (!) al injurioso grito de “¡Demócratas!”, hayamos llegado hasta aquí. Y lo que queda.

No es la primera vez que Errejón coquetea con referentes y doctrinas en apariencia lejanas de su hábitat laclaviano, ese que Villacañas ha definido como la intersección de la doctrina schmittiana y los estudios culturales. Sorprende eso sí la querencia liberal; la fanfarria patriótica nos la esperamos porque ha estado siempre en la caja de herramientas no sólo de los populismos americanos, sino de los socialismos reales de todo continente. De hecho, es lícito sospechar que le interesa más Torrijos por patriota español, por tener alguna tradición civil de la que echar mano, que por liberal. Que a la altura de 1830 ambas cosas fueran juntas es en mero accidente. Es verdad que después de Torrijos citó a Berlin; y alguna vez ha estado cerca de descubrir el pluralismo también en Twitter, a costa de embadurnarlo con un par de manos de teoría crítica. Se agradece con todo el intento de trascender, en especial frente a la estolidez ideológica de algunos de sus ex compañeros de bancada, tan idénticos a sí mismos desde Vistalegre.

Ah, pero hablando de ellos. No nos habíamos repuesto de la conmemoración de Torrijos cuando Pablo Iglesias confesó en el Senado que lo de Venezuela es un desastre. Ha costado, sobre todo a los venezolanos, pero hemos llegado también aquí. Desgraciadamente, el propio Iglesias había sufrido un escrache un par de días antes en Barcelona, cuando se disponía a presentar un libro de conversaciones con cierto periodista catalán, maître à penser de progresistas mesetarios con inquietudes, y hombre aficionado a escribir koanes zen en Twitter y a pasearse por los cenáculos de la capital como si fuese el cónsul de alguna vieja nación europea en Belice. Desconozco, porque mi lista de lecturas es larga y celosa, si en el libro se discuten los días en que estas actividades se consideraban “jarabe democrático” -recuerdo algún artículo del hoy concejal Zapata-; pero estos son otros tiempos, y el escrache ha merecido, no podía ser de otra forma, unánime condena, incluida la de una diputada del grupo de Iglesias que la semana anterior se dejó ver mientras reventaban un mitin de Manuel Valls.

Pero estoy divagando. Desde el final de la Edad Media, la historia de la política en Occidente es la de la sustitución de los vínculos personales por otros abstractos, y de los tratamientos particulares por un enfoque universalista que se concreta en la idea de “ciudadanía”. Es comprensible que el cacao teórico de los cuadros de Podemos y su querencia por la quincalla dialéctica posmoderna les haga ciegos a las ventajas de este proceso. Y no sólo a ellos: la confusión avanza entre la izquierda antes socialdemócrata, siempre tan acomplejada antes los guardianes de las esencias, y no hay día que la vicepresidenta Carmen Calvo no nos deleite con su particular interpretación de algún tópico mal digerido del pensamiento radical setentero. Pero la realidad nos alcanza a todos antes o después, y a lo peor el sufrir un escrache es el peaje que alguno tiene que pagar para entender que las normas impersonales, incluso si imperfectas e inevitablemente sesgadas por la moral y los equilibrios de poder de cada época, son preferibles a su ausencia.

Es comprensible que cada generación tenga que descubrir las cosas por su cuenta, incluso las que llevan mil o dos mil años escritas, pero también se hace agotador asistir todos los días al estrepitoso growing up in public de gente que nunca se ha distinguido por su humildad ni su caridad con los defectos y las limitaciones de los otros. Es como Cuéntame pero con mala baba y sabiendo de antemano el final de todos los episodios. Van descubriendo todo lo que orgullosamente negaron, pero mientras los fundamentales del pluralismo liberal les sean ajenos, que saquen hoy los cromos de Torrijos o balbuceen mañana rectificaciones sobre un país que lleva años sumido en una crisis humanitaria parecerá parte del mismo teatrillo de siempre. Para empezar, sería un avance intentar entender las cosas antes de que tengan que pasarte a ti. Y recuerdo aquel verso de Ray Bradbury: “Pobre mundo que ignora su destino el día que yo muera”. Desde luego, debe de ser muy cansado tener que inventarlo tú solo cada mañana.

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