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Condición de hombre

Foto: Alfredo Aldai | EFE

Me habían advertido que un nuevo colega de la Embajada de Francia se mudaba a la casa de enfrente, de modo que, cuando vi el camión de mudanza y a una pareja que daba instrucciones a los operarios, crucé la calle para saludar y presentarme. Instintivamente estreché le mano del hombre y le pregunté cuales habían sido sus anteriores destinos –un rompehielos habitual en el oficio– sólo para descubrir que el diplomático era ella. Pedí embarazosas disculpas por el equívoco y tomé nota mental de no volver nunca a presumir que en una pareja el trabajo lo tiene el varón.

Nada como protagonizar un episodio de micromachismo para certificar que, en efecto, los micromachismos existen y no son una fabulación de las feministas. A condición de no dar al micromachismo la misma importancia que al machismo a secas ni querer verlo en toda circunstancia o momento. Y es que nuestra capacidad de abordar la realidad con tino se basa sobre todo en la voluntad de distinguir; en este caso, entre episodios graves y leves, o entre improbables casos puros y fenómenos que son poliédricos, que será lo más habitual.

Un ejemplo. Discutía en un bar con unos amigos sobre la manera correcta de interpretar un pasaje de la historia de España. Todos teníamos lecturas e ideas sobre el tema, pero sólo uno había realizado una tesis doctoral sobre el periodo en cuestión. Esa persona, presumiblemente más versada que el resto, era la única mujer del grupo. Yo estaba más interesado en su opinión que en la de cualquier otro, pero no había manera de escucharla entre la desatada facundia de los varones, que nos interrumpíamos unos a otros para anunciar, con carácter de cosa juzgada, el veredicto que pusiera fin a la disputa.

Pensé haber presenciado de nuevo un episodio de micromachismo. «Esto debe de ser el mansplaining», me dije, sin asomo de ironía. Pero pensándolo mejor, me percaté de que la falta de consideración en el debate era generalizada y no dirigida solamente hacia nuestra amiga. Al hacer de la conversación una competición, la desbaratamos. Y pensé que yo, que soy hombre, he sido víctima de un implacable mansplaining toda mi vida. Por parte de mi padre. Quien a su vez, justo es decirlo, ha sufrido el mansplaining de su impertinente hijo en multitud de ocasiones. Sencillamente, los hombres parecemos más propensos que las mujeres a competir y avasallar, ya sea con mujeres o con otros hombres. Y cuando esto sucede el machismo no parece el factor principal, y puede que ni siquiera sea un factor.

Simone de Beauvoir suponía que los hombres no experimentamos la necesidad de preguntarnos qué es ser hombre. «Qu’il soit homme, cela va de soi». Ser hombre va de suyo, y no es preciso interrogarse sobre la situación singular del ser humano masculino en el conjunto de la humanidad. Si esto fue alguna vez cierto, me temo que ya no lo es. La pregunta por el hombre podría traer ciertos beneficios, al descorrer el velo sobre hechos alarmantes pendientes de análisis, como por ejemplo, que la tasa de suicidio sea mucho mayor entre varones que mujeres. Y también podría ayudar a entender mejor algunas conductas sociales de los varones, con otros hombres o con mujeres, que podrían deberse no al machismo sino a otras taras a las que los hombres también tenemos derecho.

Sin embargo, temo que también algo se perderá el día que se creen cátedras sobre unos hipotéticos men studies. Porque estoy convencido, en este como en otros debates que atañen a eso que llamamos identidad, que al final lo que importa es cuanto de típico y genérico hay en los seres humanos; esa capacidad que todos tenemos de darnos cita en un mismo punto del –vamos a llamarla así– alma humana; aquella provincia del ser donde se odia, se ama, se ríe y se sufre de la misma manera, gracias a una naturaleza en común, terrenal o celeste, pero unisex.

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