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Conejos cómicos

Foto: Montserrat Boix | Wikimedia Commons

En la Vida de Gnaeus Robertulus Gravesa, ese ligerísimo divertimento en el que Robert Graves recrea su vida como la de un poeta romano, aparece un epigrama sobre un artista que descubre el éxito con una fórmula para pintar “conejos cómicos”. En esta vida es importante descubrir tu fórmula para pintar conejos cómicos. ¡Que me lo digan a mí, que me he hecho columnista a los cuarenta después de intentar que me tomasen en serio! A cierta edad, preferiblemente antes, conviene darse cuenta de que no se puede crear cada día de la nada y que, si miras bien en las carpetas del ordenador del curro, seguramente alguien ha hecho ese trabajo antes y se puede cortar y pegar.

El caso es que, de la crisis para acá, y muy en particular desde que la generación que fue antes al Twitter que a la universidad está en edad de darnos lecciones, nuestras nuevas clerecías de progreso han ido redescubriendo una fórmula para dibujar conejitos que es vieja como el mear de pie: el “compromiso” y la “militancia”. La militancia hace cincuenta años quería decir que podías ir a la cárcel; ahora significa que tienes derecho a leer la cartilla a todo Cristo a todas horas. Donde antes significaba ser vigilado, ahora significa ejercer la vigilancia; y si antes te situaba en el margen de la sociedad, ahora te pone de puerta para ver quién pasa y quién no. Y Ana Botín te ríe las gracias mientras hace caja con tus neuras. Es aquello que decía Jabois de Guardiola antes de transmutar en barbudo woke al gusto de la Cadena SER: querer seguir siendo el perdedor cuando ganas.

No me malinterpretéis. Yo tengo conocidos que llevan veinte años en la militancia, desde que escribíamos en fanzines de la facultad; son unos pesados, unos sectarios y tienen la cabeza llena de ideas ridículas que les han hecho perder mucho tiempo, pero al menos les reconozco sinceridad, un improductivo coraje y haber empezado en esto cuando no estaba de moda, cuando el milagro económico de Rato, cuando ZP decía que bajar impuestos era de izquierdas y quien más quien menos se prometía un piso y un BMW. Los nuevos, sin embargo, me dan bastante alipori. He visto alguna conversión en directo, y es un fenómeno desasosegante, una mezcla de La mosca y una novela de Belén Gopegui. Gente con carrera y máster en privada que descubre de la noche a la mañana que no es especial. Escenas muy feas.

Pero no es cosa solo de la chavalada, que, al fin y al cabo, bastante tiene con lo que tiene. El gran fenómeno de este último año es que a la cabeza de esta cruzada de los niños de Netflix se ha puesto una generación de viejas glorias que ya andaban pobladas de pelos en la Transición. Son los y las que se acomodaron a la socialdemocracia moderna al calorcito del PSOE y El País en los 80 pero nunca abandonaron del todo el sueño revolucionario, aunque mientras tanto iban pagando un chalecito en El Viso y el cole de los niños. De vez en cuando escribían un artículo citando a Galbraith o a Castoriadis, y con esa indulgencia iban tirando de nómina en nómina. Como dijo un amigo mío una noche que nos comimos un tripi y nos fuimos al cine a ver El muro de Pink Floyd: “¡Hay que hacer esto una vez al año para sentirse jóvenes!” -teníamos veinte años.

Bien, esta gente siguió cabalgando sus contradicciones, y cobrándolas a peso de oro, hasta que llegó la crisis y se llevó por delante los sueldos de las redacciones, o las redacciones enteras. Y en la calle, mientras redescubrían el anticapitalismo y el feminismo de cuarta ola, se encontraron unos y otros, los viejos y los jóvenes; aunque unos ya tenían su piso o su chalecito en El Viso pagado, y los hijos criados y hasta colocados; y los otros solo tenían un par de títulos universitarios y mucho resentimiento hacia sus compañeros tontos del colegio que estudiaron ADE y ahora viven en un PAU y crían hijos rollizos y ruidosos.

Luego llegó la moción de censura, volvió a salir el sol, y así estamos.

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