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Contra las entrañas

Como es costumbre, al término del año, periodistas, escritores, ensayistas y demás analistas de los asuntos públicos, debatimos o comentamos el galardón a la palabra de moda que marca el discurrir de los meses que dejamos atrás. A menudo sucede también, como demuestran los aclamados términos ‘posverdad’ y ‘populismo, que esas palabras no describen una realidad revelada e inconcebible hasta el momento en el discurso público, sino que corresponden más bien a una toma del pulso del año político.

El hallazgo según el cual los hechos objetivos tienen una menor influencia que los prejuicios y creencias personales en la toma de decisiones colectivas a que responde la posverdad es relativo. La palabra populismo está recogida en el elemental Diccionario político y social del siglo XX español, y fue incorporada al DRAE en 1985. Sin embargo, el extinto 2016 se cobra unas cuantas victorias iliberales que sitúan ambos conceptos en el centro de la discusión pública. Tampoco la cruzada contra la corrección política es un fenómeno nuevo, pero la llegada de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos como colofón –sin intención de aligerar el varapalo de la ciudadanía italiana a Matteo Renzi- hace necesarias algunas precisiones al respecto.

Resulta alarmante que la noble intención de evitar la ofensa o la indignación de determinados grupos sociales en los discursos políticos se haya convertido en un signo de debilidad de los representantes públicos. Desde la fase más primeriza de su campaña, el ahora presidente electo de los EEUU se sirvió del marco de la corrección política para desplazar el proyecto político de sus rivales y erigirse así como único adalid de la autenticidad. La denuncia de la corrección política presupone al adversario la incapacidad de ‘hablar claro’ a la ciudadanía, lo que le convierte en poco más que otro hipócrita muy lejos de Trump, ese hombre libre que dice las cosas como son.

Pero las consignas aclamadas tienen difícil reconciliación con el matiz, y las explicaciones claras de los asuntos complejos son más fáciles de aborrecer que de vitorear. Y es que la corrección política no tiene que ver con un maquillaje de la verdad sino con la toma en consideración de aspectos y detalles que no pueden ser pasados por alto en el debate público. Lo que en una conversación privada es una menudencia se convierte en una idea compleja de gestionar cuando un político se dirige a una ciudadanía plural, con sus propios matices y diferencias.

Acercar el discurso a “la gente” no es un imperativo para que los políticos se conviertan en el eco de nuestros prejuicios que afloran durante las malas noches, ni tampoco significa convertir la discrepancia en un intercambio desagradable de ofensas. La conversación pública acarrea la obligación de introducir matices, evitar generalizaciones o atender a sensibilidades dispares. La voz de un político en estos tiempos interesantes está obligada a confrontar al ciudadano con sus entrañas. De eso hablamos cuando hablamos de corrección política. Pensemos bien si queremos dilapidarla este 2017.

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