Jaime G. Mora

Contra los años noventa

«Quiero creer que el éxito de ‘Las niñas’ como mejor película en la gala de los Goya y de ‘El año del descubrimiento’ como mejor documental nos han quitado por fin la venda que nos impedía ver lo nocivos que fueron los años noventa»

Opinión

Contra los años noventa
Foto: Julio Muñoz| EFE
Jaime G. Mora

Jaime G. Mora

Periodista. Política y libros en ABC. Lee periódicos en papel porque le gusta mancharse las manos de tinta.

Quiero creer que el éxito de ‘Las niñas’ como mejor película en la gala de los Goya y de ‘El año del descubrimiento’ como mejor documental nos han quitado por fin la venda que nos impedía ver lo nocivos que fueron los años noventa; la década del optimismo exacerbado, como señala Ramón González Férriz en su ensayo ‘La trampa del optimismo’, y sobre todo la década de la que vienen todos los problemas que nos acechan en la larga depresión que comenzó en 2008.

 La precariedad permanente, la brecha con la clase política, la regresión nacionalista… todo germinó en esos años en que nos maravillábamos con trucos de magia como los Juegos Olímpicos del 92 o la Expo de Sevilla. Quienes nos formamos en aquella época descubrimos de golpe que hasta con el encendido del pebetero nos habían engañado, que la flecha de Antonio Rebollo en realidad pasó de largo y que en Sevilla solo quedan ruinas.

Todo son ruinas: del PP del vanidoso Aznar ya no se salva ni la sede de Génova y el PSOE de González se ha convertido en un animal mitológico con el que ni el propio Sánchez se siente cómodo. Los tiempos han cambiado. El rey de la transición ya solo es bienvenido en su país para poner en orden el pago de impuestos y sus hijas, ciegas de inconsciencia, siguen sin darse cuenta de que tienen menos crédito que un concursante de ‘La isla de las tentaciones’.

Las élites políticas, económicas, policiales y mediáticas han quemado sus argumentos. «Han vuelto el populismo, las políticas radicales de izquierda y de derecha, un racismo legitimado por parte del establishment político, el recelo ante la democracia representativa y el nacionalismo en todos sus grados y formas y con todos sus peligros potenciales –leo en el libro de González Férriz–. Pero, como zombis, los fantasmas del pasado, aunque transformados y probablemente menos peligrosos, han vuelto».

De esto van algunas de las propuestas más interesantes que se han hecho en estos últimos tiempos. El documental sobre la vida de Jesús Gil retrataba a la perfección a una sociedad que transigió con la corrupción y alentó la burbuja inmobiliaria para creerse que el apartamento en la playa les convertía en nuevos ricos. Pobres insensatos. La serie de la Veneno desvela la falta de escrúpulos de la telebasura, origen de una oferta televisiva que se ha terminado por convertir en el músculo intelectual de buena parte de la sociedad.

El libro de Carles Porta sobre el secuestro de la farmacéutica de Olot, que empezó en noviembre de 1992 y se prolongó casi quinientos días es otro ejemplo. Fue una chapuza de principio a fin; desde cuando a Maria Àngels Feliu le preguntaron si era la primera vez que la secuestraban a los nueve meses que tardó la justicia en revocar el auto que la había dado por muerta. Le pregunté al autor de ‘La farmacéutica’ si su crónica servía también como retrato de los años noventa. «Es un caso de negligencia colectiva que retrata una época», me respondió: «Todo lo que podía salir mal salió mal. El sistema fue incapaz de dar ninguna respuesta positiva».

En realidad, pienso ahora, el sistema –la policía, los políticos, los medios– dio la única respuesta que sabía dar. Si somos un país imbecilizado y acrítico es porque venimos opositando desde los prodigiosos años noventa.

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