Jesús Montiel

Contra los poetas ideológicos

«Parecen escribir solamente lo que se espera de ellos para ser jaleados por sus hooligans»

Opinión

Contra los poetas ideológicos
Foto: Marcos Paulo Prado| Unsplash

Hay algo que comprendo todavía menos que un mal poeta y es el poeta ideológico. Quiero decir ese poeta que escribe en medios conservadores para un público conservador en defensa siempre del conservadurismo, o viceversa: ese poeta de izquierdas que escribe sobre siempre desde su izquierda para la izquierda. Los dos, el conservador y el reaccionario, son la megafonía de los partidos a los que votan, y un síntoma de la polarización que infesta las redes sociales, convertida en un negocio a la vez que una tiranía consentida. Uno sabe cómo responderán estos poetas ante un problema social determinado, qué dirán de la noticia del día, contra qué arremeterán y cuáles serán sus opiniones. Parecen escribir solamente lo que se espera de ellos para ser jaleados por sus hooligans.

La literatura no está reñida con la política o la actualidad, no quiero decir eso. Hay casos de buenos escritores que convirtieron su poesía en un panfleto. Pero la del poeta, creo, es una vocación universal, contraria a la del panfletista. Lo que el poeta escribe está llamado a tocar la totalidad de lo humano. Un poeta es ante todo un hombre que habla a todos los hombres y que escribe la realidad. Alguien que dice árbol y está tocando todos los árboles del mundo. Al que todas las rocas le responden si escribe roca, como un ejército obediente. Uno escribe siempre desde una filosofía o un presupuesto ideológico, aunque hable de los árboles; pero está llamado a no dividir sino a conciliar, su misión es ecuménica. El poeta que me entristece, el ideólogo, utiliza la poesía como una concubina para servir a otros intereses que nada tienen que ver con la vida del espíritu. Estos poetas a los que aludo no dejan que pase a través de ellos la Realidad, sino que escriben su realidad, la realidad que ellos desean, con la que sueñan en el momento de las urnas. Es algo que evito a toda costa, ser un poeta ideológico. Los artículos en prensa son dinero rápido y por eso uno accede a escribirlos: por pura necesidad, aunque desvíen de la literatura. Es un equilibrio constante, y difícilmente uno escapa de ser etiquetado en uno u otro bando del tablero político. Incluso haciendo malabarismos, es imposible evitar tener más lectores en un lado que en otro. Son también afinidades.

Uno debe andarse con cuidado y alejarse de la chimenea de las ideas para vivir en la intemperie. Que no quiere decir ser indiferente a cuanto sucede o no mojarse, sino saber que el verdadero drama está dentro del hombre y no fuera. Que el cambio debe comenzar dentro de uno y no en los demás. Y que la escritura, ese don que se nos da, pienso, hace mejor política cuando es medicina, cuando le habla al hombre que sufre y lo acompaña, que son las propiedades del amor. Un poeta ideológico es un paisaje triste, sobre todo un contrasentido. No hay nada más trágico que ver cómo un poeta se aleja de la vida para acercarse a la idea, y es devorado por el columnista de actualidad. Cómo la poesía queda arrinconada, poco a poco, hasta ser un accesorio decorativo.

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