Juan Claudio de Ramón

Conversación en la isla

«Como metáfora o figura las islas son, desde la Antigüedad, lugares de benevolencia o misterio, paraíso o ensoñación utópica»

Opinión

Conversación en la isla
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Juan Claudio de Ramón

Juan Claudio de Ramón

Se licenció en derecho y en filosofía. Su máxima aspiración es alcanzar el ideal de tertuliano propuesto por Catón el Viejo: vir bonus dicendi peritus; un hombre honesto que sabe hablar.

Como metáfora o figura las islas son, desde la Antigüedad, lugares de benevolencia o misterio, paraíso o ensoñación utópica. Es su fama ser espacios fuera del mundo y de la historia, donde la norma queda en suspenso y las fatigas del día prescriben. Ese antiguo prestigio es hoy sólida ventaja comercial: la isla es el lugar del ocio por antonomasia, tebaida recreativa del turista. Y yo, que vengo de tierras de interior, con cielos como mares sin orillas, a menudo he sentido, a riesgo de incurrir en idealizaciones que harían sonrojar a un isleño, envidia o añoranza de la condición insular, que se sueña tan grata desde el continente.

Las islas Baleares participan, creo, de esta cualidad paliativa: Estrabón las llamó «Eudemonas»; es decir, de los buenos genios, venturosas o agraciadas. Y paliativa y venturosa ha sido para mí la lectura en estos días del libro que acaban de publicar dos mallorquines –Daniel Capó y Nadal Suau– de diálogos con su amigo y maestro Jose Carlos Llop, uno de los grandes escritores que ha dado Mallorca, España y Europa en las últimas décadas. El libro se titula quedamente Una conversación, y lo publica Elba, una editorial con nombre de isla, y su tamaño, pequeño también como isla, aunque no breve, me ha permitido llevarlo como talismán unas semanas a todos sitios, a la consulta del médico o a recoger a los niños. Lo he leído muy despacio, apenas una página o dos al día, saboreando cuanto Llop tuviera que decir a las sutiles y perceptivas preguntas de sus interlocutores.

El libro se puede leer como introducción o prólogo al corpus literario de Llop, pero es más que eso, y podrá ser disfrutado también por los no iniciados en la obra del poeta y novelista mallorquín. Las reflexiones sobre la creación literaria, dique contra la pérdida y lo efímero, son exquisitas, como agudas son las calas sobre la ciudad (y también sobre Ciutat: no en balde a Llop debemos uno de los grandes libros sobre Palma, La ciudad sumergida). Los asuntos que se tratan son variados pero dos temas hay, me parece, como melodías cruzadas a lo largo de sus páginas: la memoria, materia de la vida y de la escritura, y el lenguaje, en su doble faz de venero del amor y semilla de incomprensión («antes de que estalle una guerra, las palabras ya han estado en guerra […] y la han introducido en las conciencias, preparándolas para ella de forma más efectiva que un adiestrador de comandos de élite»).

A sus sesenta y tantos, Llop se nos aparece como un sabio europeo que se siente un poco fuera de compás, luchando por sortear la tentación de la nostalgia, pero sin lograr evitar trasmitir la impresión de proceder de un tiempo más culto y más libre. Como todo buen libro, este nos conduce a otros libros: los del autor, pero también los de los escritores que le han influido. Yo iba tomando buena nota de todo y se me ocurría al hacerlo que también la vida de uno puede verse como un archipiélago hecho de conversaciones, de pequeñas islas de palabras dichas en compañía, donde, como en Homero, una ninfa nos procura esa forma de inmortalidad transitoria que es y siempre es una buena conversación entre amigos.

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