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De la derrota o que envejecer no es ningún chollo

La vejez sí que llega como un ladrón. No hay nada en la vida que se presente más inopinadamente. De repente miras a tu alrededor y todo tiene un tono sepia, especialmente tu cara en el espejo a medio afeitar. Clavas los ojos en tí mismo y temes que sea verdadero aquello que aseguraba Boris Vian, que a partir de los cuarenta años cada uno es responsable de la cara que tiene.

“La vejez –nunca lo había pensado- empieza de golpe. De un día para otro, casi de un instante a otro. De repente cambia tu postura corporal y no puedes evitarlo.” (Imre Kertész, La última posada). Uno se sabe –fatalmente lo sabe- abatido por la edad, como por una bala que te alcanza al aire libre.

La biología también es una teoría. Llega el día que nos muestra que aquella certidumbre inmediata en la propia permanencia era sólo la forma de la vanidad de la existencia.

No quisiera que se viera en mis palabras ninguna insinuación melancólica. Simplemente constato que esto es lo que hay. Vivimos de alquiler y un día el propietario nos anuncia el desahucio.

“-Habla usted de los viejos como si fueran cafres o esquiroles -le dicen a Lucy Tantamount, muchacha ultramoderna, en una novela de Huxley.

-¿Y qué? ¿Es que no lo son? -contesta Lucy-. Muy inteligentes a su modo, pero es imposible entenderse con ellos porque no pertenecen a nuestra civilización y vienen a ser como una especie de extranjeros”

Esto lo cuenta, y no estoy seguro de que lo haga irónicamente, Julio Camba en su Haciendo de República.

¿Pero se puede evitar la melancolía? ¿Se puede evitar esa sensación de sentirte también moralmente viejo al constatar que has sido tan estúpido que te vas a ir sin haber vivido lo suficiente? Ves pasar a tu lado la impertinencia de la juventud, que es la impertinencia legítima del triunfador, y admites que  a los vencedores no se les juzga, se les perdonan todos sus defectos, debilidades y errores. Es a los vencidos por el tiempo a quienes se nos exige cuentas y eso es lo más inesperado de todo.

Y, por favor, si tras leer esto vienes a saludarme, no se te ocurra decirme que “aún” soy joven. ¡No saben cómo duele ese “aún”!

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