Inaki Arteta Orbea

Demis Roussos

Si la apisonadora del presente ha aplastado o inutilizado aquellas fibras sensibles que tuvimos, hay que parar y darse la vuelta.

Opinión

Demis Roussos

Si la apisonadora del presente ha aplastado o inutilizado aquellas fibras sensibles que tuvimos, hay que parar y darse la vuelta.

Entre los aspirantes a modernos, a este señor se le encuadraba en la categoría de lo que entonces se denominaba un hortera (vulgar, de mal gusto). Lo cool era lo sajón más apegado al rock. Pero era imprescindible en aquellos guateques de la época. Para los más jóvenes: llamábase guateque a las fiestas de cumpleaños, nochevieja o de porque sí, que celebraban un grupo de amigos/as en un espacio alejado de los mayores, semi-iluminado y ambientado con música en su mayoría romántica que animaba al baile lento. Y cocacola para todos y algo de comer, que decía Mecano.

Llegaba de Grecia y, aunque realmente era más bien joven en los setenta, cuando se hizo mundialmente conocido, parecía todo un señor. Un señor raro. Nadie puede imaginárselo sin su característica túnica que le hacía parecer un tipo enorme, hasta que una vez le enfocaron sus horribles zapatones con plataforma y aquello nos planteó la duda sobre su altura.

También era raro que un barbudo cantando con aquella personalísima y única voz de pito gustara tanto. Es lo que tienen los que alcanzan el éxito, una inconfundible manera de hacer lo suyo.

Sus canciones empezaron a oírse en todas partes, que eran, alguna radio y en la tele (la única) y sus melodías romanticonas y envolventes forman parte de la galería de recuerdos que permanecen en nosotros como manchas en la piel recordándonos que estuvimos allí, en eso que conocemos como juventud.

Hace unos pocos años metí unas cuantas canciones suyas en mi I-tunes. Algunas las tiré enseguida, pero otras, para los más blandos de corazón, son una moneda poniendo en funcionamiento la máquina de la memoria, que propician excursiones a cámara lenta a otro tiempo para hablarnos de cómo nuestro pasado casi no nos pertenece, de cómo lo tenemos fragmentado en aleatorias e inexplicables influencias, de cómo somos la mitad o el doble que entonces, pero no los mismos.

Si la apisonadora del presente ha aplastado o inutilizado aquellas fibras sensibles que tuvimos, hay que parar y darse la vuelta.

Vaya esto como homenaje a su música y a su recuerdo, en definitiva a un pasado que sin saberlo él, compartimos en la intimidad. Forever and ever.

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