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Democracia y entrañas

Foto: SUSANA VERA | Reuters

Don Javier Pérez-Cepeda –aka Churruca-, quien nos dejó hace ya más de dos años y a quien siempre reservaremos el mejor de nuestros recuerdos, sentenció con su habitual ironía de bisturí el que, a su juicio, debiera ser el artículo primero de la Constitución si procediera su reforma: “Por especial que te sientas, eres igual que todos”. A priori, si la afirmación encabezara un manifiesto, la mayoría se declararía partidaria de suscribirlo. Sin embargo, el éxito de los postulados políticos que exaltan la diferencia frente a la noción de ciudadanía hace pensar que lo que aseveraba Pérez-Cepeda requiere de dispensar al ser humano algo con poco predicamento en nuestro tiempo: tratarlo como mayor de edad.

Se ha escrito mucho y conviene seguir haciéndolo sobre cómo el auge de las políticas de la identidad tiene efectos funestos para la convivencia o la tolerancia a la diversidad, por cuanto el sujeto que se dibuja y al que se alude expulsa a parte del corpus de ciudadanía. Pero no es un asunto menor poner de relieve que algunas de las causas del triunfo de esos discursos forman parte de la condición humana. Al cabo, a todos nos ha resultado tentador alguna vez creer que nuestro origen, nuestra lengua o nuestro sexo, más allá de presentarnos al mundo, constituían elementos que decididamente habían de señalar nuestras particulares reivindicaciones colectivas. Lo difícil, lo menos confortable, es asumir la arbitrariedad de los mismos y participar en la vida pública al margen de ellos, por más que sean fuente de alegría, placer o dolor en nuestra vida privada.

Asumir que somos iguales a nuestros conciudadanos sobre el papel choca con nuestras entrañas, más satisfechas con el halago permanente que les proporcionan otras consignas de corte identitario. Lo humano es considerarse distinto del mismo modo que lo humano es amar a los tuyos por encima de la paz mundial. La esencia de una democracia pasa por comprender que, del fuero interno a la ley existe una línea divisoria muy clara que nos hace transitable y soportable la vida en común. Es ese bien mayor lo que nos lleva a aceptar nuestro compromiso como ciudadanos con unas normas que de mal grado aceptaríamos en nuestra vida privada.

Es un asunto que apuntó con lucidez María Zambrano en su siempre revisitable librito Persona y democracia. En él, la autora concluye que es el sistema democrático el que permite conciliar, a través de la igualdad y la libertad, la condición humana con la historia que escribimos de forma colectiva. La igualdad para evitar el endiosamiento –así se refiere ella al ‘sentirse especial’ de Pérez-Cepeda-, y la libertad para gestionar nuestros comprensibles anhelos de diferencia sin ocasionar daños a terceros. La lección es para nota, pero los tiempos exigen aprenderla.

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