Álvaro del Castaño

Desde mi ventana: Ruptura apocalíptica

«Tenemos que enseñar a los jóvenes a ser libres e independientes, y no ser meras fotocopias de los demás»

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Desde mi ventana: Ruptura apocalíptica
Foto: John Locker| AP
Álvaro del Castaño

Álvaro del Castaño

Vivo en Londres y trabajo en un banco de inversión. Soy novelista, pero mis novelas no nacen de una vocación literaria, sino de una necesidad vital. Observo la realidad con distanciamiento.

No.

Lo siento, pero pese al sugerente título que encabeza este texto este artículo no trata hoy sobre el Gobierno. Tampoco trata sobre profecías bíblicas, aunque sí habla de predicciones.

La lengua española es víctima de la invasión idiomática del inglés y, más concretamente, de los modismos norteamericanos. Existiendo una palabra para algo tan concreto como «ruptura», entendido como «una rotura o interrupción brusca», los hispanohablantes hemos preferido adoptar una palabreja del inglés, mucho mas pegadiza y aparentemente más interesante que la original para describir un reciente fenómeno en el sector tecnológico: la disrupción. ¿A que ahora ya saben de lo que quiero escribir hoy?

Profundizando aún más en el concepto, podemos definirlo como el rompimiento con la manera tradicional de ejecutar algo. Por ejemplo, Jesucristo fue uno de los mayores disruptores de la historia. Planteó valores nuevos, revolucionarios y desconocidos, aplicables a religiosos y ateos («amarse los unos a los otros») y cambió el devenir del mundo. Lanzó una verdadera revolución ideológica humanística que llega hasta nuestros días.

Por lo tanto, aunque el fenómeno de la disrupción parezca muy moderno, la ruptura ha existido desde el principio de la humanidad. Podemos citar como otros ejemplos históricos la domesticación del fuego y el desarrollo de los utensilios en piedra y metal en épocas prehistóricas. También merece la pena destacar otro, unos 3,500 años antes de Cristo, cuando apareció la rueda. Más recientemente en el siglo XX, apareció la luz eléctrica, emergieron los vehículos de combustión, el ordenador e internet, por citar unas pocas rupturas tecnológicas. Así comprobamos empíricamente que la disrupción tecnológica es un viejo amigo de la humanidad y, cuando una nueva tecnología revoluciona la manera tradicional de utilizar algo, cambia la vida de la sociedad.

Las diferencias más extraordinarias entre las disrupciones del pasado y las recientes radican en dos ejes esenciales: el número y concentración de disrupciones en el tiempo y la rapidez de adaptación y aceptación de la tecnología por la sociedad.

En cuanto al primer factor, en la historia de la humanidad, antes de la revolución industrial, quizá se dieron unas pocas disrupciones cada varios siglos. Ahora florecen cada año.

En relación a la rapidez de aceptación, mientras que para que el fuego se adoptara de manera generalizada tuvieron que pasar milenios, con la rueda, quizá solo siglos. La verdadera aceleración llegó en el siglo XX. Un ejemplo de ello fue la adopción del coche como método de transporte en vez del caballo, proceso de sustitución que no duró más de una década.

Pero es ahora, en el siglo XXI, cuándo se está produciendo la tormenta perfecta disruptiva. La adopción de nuevas tecnologías de ruptura crece de manera no-linear. Por ejemplo, este mes la aplicación Instagram cumplió solamente diez años. Ahora es ubicua.

Esto explican los visionarios Toni Seba y James Arbib en su libro Rethinking Humanity. Los coautores predicen que estamos en el umbral de la mayor ruptura tecnológica que nos conducirá a un momento único en la historia de la humanidad: que la resolución de los mayores problemas de la humanidad esté, por fin, a nuestro alcance. En los próximos diez años podremos resolver la pobreza, la desigualdad, y el cambio climático, gracias a la convergencia de una serie de tecnologías clave en cinco sectores estratégicos: energía, transporte, información, alimentación, y materiales. Lo más extraordinario es que estas tecnologías ya existen. La clave está en la convergencia de todas estas al mismo tiempo, permitiendo su aplicación simultánea.

La piedra angular de esta revolución es la información, el Big Data y la inteligencia artificial. Habrá energía barata y fácilmente disponible (la solar y eólica) para todos. La inteligencia artificial nos acompañará en nuestras decisiones, estando presente en todas nuestras actividades. Dispondremos de capacidad de almacenamiento energético eficiente en baterías y disfrutaremos del vehículo autoconducido eléctrico. Convergerán todos los transportes y estarán interconectados entre ellos facilitando la logística y abaratándolo todo. Explotará la producción localizada en el sector de la alimentación y en su distribución, y se desarrollará la «fermentación de precisión», es decir, la fabricación de alimentos en laboratorio. Así se revolucionará la industria alimentaria y la de materiales. El efecto de todo ello implicará una caída de los costes de producción en general del 90%, hará los procesos de producción diez veces más eficientes por lo menos, usando un 90% menos de materias primas, y produciendo entre 10 y 100 veces menos residuos.

Este Armagedón provocará una nueva revolución industrial, convirtiendo profesiones e industrias importantes en actividades obsoletas, y creando millones de parados de por vida.

¿Qué podemos hacer para prepararnos y garantizar que esa revolución sea una fuerza impulsora, y no destructora? La respuesta radica en enfocar nuestros esfuerzos en tres áreas fundamentales.

Primero, hay que promover una leve reforma del sistema capitalista. La clase media mundial está aún encajando el golpe de la anterior crisis financiera. Si los empresarios y las grandes corporaciones no hacen algo para mejorar su situación, habrá una gran inestabilidad social. Tenemos que ajustar nuestro sistema capitalista, que tantas naciones ha sacado de la pobreza, desde su corazón. No hay que utilizar la vía política, porque siempre está contaminada por ideologías y cortoplacismos tácticos. La reforma tiene que empezar por aumentar el poder adquisitivo de los ciudadanos peor pagados en las empresas, vía sueldos más dignos.

En segundo lugar, tenemos que elegir líderes políticos adecuados, con visión a largo plazo. Los gobiernos deberían abandonar su fiereza intervencionista, y convertirse en facilitadores de infraestructuras y cadenas de valor para impulsar el progreso. Hay que proteger a la gente, y no a las industrias obsoletas. Hay que permitir que empresas e industrias no-viables quiebren, sin mantenerlas artificialmente como zombis, para que no se conviertan en pozos sin fondo de recursos financieros, y auténticos agujeros negros de destrucción de capacidades e innovación. La clave es destinar los recursos a crear un marco de fomento de la innovación, a proteger a los extrabajadores, manteniendo su capacidad adquisitiva, mientras son reciclados para las industrias del futuro. También hay que evitar el tradicional apetito hiperregulatorio del Estado, y su viejo afán impositivo, para que no ahoguen el florecimiento de estas nuevas industrias y la iniciativa privada. El Estado tiene que abonar el biosistema para que éste crezca y florezca en libertad.

Finalmente, tenemos que adaptar el sistema educativo a las necesidades del futuro. Paradójicamente, la nueva educación tiene que cuestionar lo establecido, lo convencional para aportar una solución innovadora y diferencial. Es la promoción de «una mirada disruptiva» en la vida y que debe empezar en la escuela. En España la educación está anclada en los procesos de aprendizaje tradicionales, pero con la avería del «buenísmo izquierdoso» de la «no-exigencia». Estos factores llevan a que las aulas se conviertan en fábricas de parados, humanísticamente incultos, matemáticamente incapaces y sin capacidad alguna de sacrificio personal. La educación debe ser un verdadero laboratorio de disrupción, estableciendo una metodología para ser rupturista. Como decía Erich Fromm, «la creatividad requiere tener el valor de desprenderse de las certezas». Tenemos que enseñar a los jóvenes a ser libres e independientes, y no ser meras fotocopias de los demás. Así, conseguiremos también alejarnos de los populismos. Un ejemplo de ruptura educativa es Singularity University en EEUU. Se trata de una institución de enseñanza de Silicon Valley cuyo objetivo es «reunir, educar e inspirar a un grupo de dirigentes que se esfuercen por comprender y facilitar el desarrollo exponencial de las tecnologías y promover, aplicar, orientar y guiar estas herramientas para resolver los grandes desafíos de la humanidad». No busca dar credenciales, no es una universidad como tal. Como la describe Juan Martínez-Barea, «un híbrido entre la NASA y Teresa de Calcuta. Tecnología a lo bestia, inmensa ambición, el famoso think big estadounidense e idealismo y altruismo a raudales». Los empleadores quieren cada vez más capacidades y no credenciales. La tecnología hace que algunas capacidades tradicionales estén obsoletas y que aparezcan nuevas capacidades que no se enseñan en la escuela. Por lo tanto el alumno perfecto del futuro será el que más capacidades nuevas acumule, más alacridad («alegría, prontitud y diligencia para hacer algo») tenga, y el que mayor capacidad de adaptación genere.

Las sociedades que se preparen para adaptarse a esta revolución serán los ganadores. Las que no, caerán en el abismo del nuevo tercermundismo tecnológico que generará esta revolución. Aviso a navegantes, cuanto más necesaria y urgente es una ruptura, más dramática y enérgica es esta cuando finalmente se produce, y más desprevenidos agarra a sus responsables.

Como nos enseñó el bardo de Avon, «sabemos lo que somos, pero no lo que podemos ser» (William Shakespeare).

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