Alerta roja
«Óscar Jaenada se ha mudado de Madrid a San Sebastián para no cruzarse con tantos fachas. Debería algún antropólogo estudiar por qué el gremio de los actores da el mayor promedio de tontos de capirote de la sociedad»

Ilustración de Alejandra Svriz.
Según informó el Daily Mirror de Londres el 15 de mayo de 1970, casi cien personas fueron esa noche al cementerio de Highgate para atrapar a «la diabólica criatura muerto viviente» que suele pasearse por los alrededores de la tumba de Karl Marx. A pesar del coraje y determinación de los cazavampiros, no encontraron a su diabólica presa. El cabecilla del grupo, Alan Blood, un profesor de historia que había venido desde Essex, atribuyó el mal resultado de la cacería al exceso de personal, que consiguió ahuyentar al monstruo. Habría que intentarla de nuevo más adelante pero en petit comité…
A pesar del confortable número de años que lleva ocupando en calidad de cadáver su tumba de Highgate, Marx tiene frecuentes visitas de chupasangres y otras almas en pena empeñadas en despertarle de su sueño eterno. Recitan a modo de conjuro su plúmbea doctrina, aligerada en manejables catecismos por párrocos entusiastas que siempre encuentran feligreses entre los más jóvenes. Y eso a pesar de que lo único que hay más muerto que el propio Marx son los dogmas extraídos con voluntariosa simpleza de sus teorías sociales, políticas y económicas.
Hay que ser muy joven, léase ignorante, para dejarse convencer de que las muchas dificultades y frustraciones del complejo mundo del siglo XXI —que hubiera dejado boquiabierto al propio Marx si levantara su cabeza allí en Highgate— pueden resolverse aplicando remedios del siglo XIX que han fracasado invariablemente en cuanto han intentado ponerse en práctica. Es evidente que la democracia liberal y su complemento socialdemócrata están decepcionando hoy en día a muchos de sus devotos, pero tratar de remediar sus deficiencias acudiendo al marxismo es como tratar de curar el cáncer de páncreas volviendo al uso de sanguijuelas.
Sin embargo, en eso están algunos. Por ejemplo, los jóvenes comunistas de Gazte Koodinadora Sozialista (GKS) que se manifestaron el pasado sábado en Bilbao, reuniendo a unas 6.000 personas según la policía municipal. Marcharon tras una pancarta según la cual están contra el fascismo que viene y contra el autoritarismo de los Estados. Vamos, contra el universo y sus alrededores.
La verdad es que proclamarse orgullosamente comunista y contrario a los Estados autoritarios no termina de ser coherente, porque lo único que ha acertado sin duda a fabricar el comunismo son Estados hiperautoritarios: en todo lo demás han fracasado estrepitosamente. El resto de la ideología de GKS, según cuentan quienes han tenido la paciencia de estudiarla, es la habitual amalgama de teoría de género antiheteropatriarcal, anticolonialismo, antimilitarismo (sobre todo americano), antiimperialismo (ídem), anticapitalismo (no podía faltar), defensa de los derechos de los trabajadores, etc.
«Más o menos igual de idiota era la propuesta de Podemos y encontró varios millones de españoles para apoyarla en las urnas»
La novedad es que esta brigada juvenil no solo engloba en el fascismo creciente a cualquier derecha existente o imaginable, sino también a los pobres socialdemócratas entre quienes incluyen al actual Gobierno español, si es que podemos denominarlo así, y a todos sus apoyos parlamentarios… incluida EH Bildu. En cuanto símbolos, ni bandera constitucional, ni ikurriña, ni cualquier otra blandenguería semejante: la roja de toda la vida, o más bien de toda la muerte, y pare usted de contar.
No es momento de mostrar moderación ni buscar componendas: todo radicalismo es poco en la situación en que estamos. De modo que sí hay que pasar a la acción, aporreando a un supuesto fascista o apedreando la sede de algún partido demasiado tibio, a ello sin vacilar. Según dicen, este simpático movimiento juvenil se va ya extendiendo por toda España a partir del País Vasco, sede de la mayor cordura política, como es sabido. No parece fácil de creer, pero recuerden ustedes que más o menos igual de idiota era la propuesta de Podemos y encontró varios millones de españoles para apoyarla en las urnas. No es prudente menospreciar la capacidad de error de nuestros contemporáneos…
En Bilbao desfilan las juventudes comunistas y en San Sebastián recordamos que se cumplen 30 años del asesinato del socialista Fernando Mújica en la calle San Martín, a pocos metros del portal de mi casa. Los dos hijos del finado, José María y Rubén, han tenido que acostumbrarse a pasar por la pequeña placa que señala el lugar exacto del crimen. Incluso en ocasiones se cruzan con Valentín Lasarte, el asesino, que después de cumplir condena se pasea libremente por Donosti.
A los hermanos Mújica esa presencia lógicamente les revuelve las tripas, pero no al actor Óscar Jaenada —convencido de que no hay artistas de derechas— quien se ha mudado de Madrid a San Sebastián para no cruzarse con tantos fachas como en la capital del reino. Los asesinos y su cuadrilla de admiradores, siempre que sean de izquierdas, por lo visto le molestan menos. Debería algún antropólogo estudiar por qué el gremio de los actores da el mayor promedio de tontos de capirote de la sociedad.
En otro momento, más adelante, hablaremos de la iniciativa de nuestro Gobierno de solicitar a la Unión Europea que borre a ETA de la lista de organizaciones terroristas (quizá antes de proponerla al Premio Princesa de Asturias de Humanidades). Llámenme si quieren picajoso, pero considero la antes mencionada iniciativa lo más indignante que ha ocurrido en este país desde hace mucho tiempo: el paso decisivo de ser oportunistas a ser canallas. Volviendo a la manifestación de Bilbao, una de las fotografías que ilustra la noticia muestra a un manifestante enarbolando una pancarta que dice: «Que ser fascista vuelva a dar vergüenza». Lástima que nadie haya enseñado a esos chavales a que empiecen a tener vergüenza de ser comunistas…