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Diálogos en el limbo

Si queda algún krausista en España no es debido al mediocrón de Krause, filósofo de medio pelo, ni a sus tristes y cejijuntos discípulos españoles, sino al periodista austríaco Karl Kraus, verso suelto de la imperial y decadente Kakania. Siempre a contracorriente, ajeno a escuelas y cuadrillas, cuesta resistirse al encanto del autor de Die Fackel. Tal y como lo retrata Miguel Ángel Aguilar en el prólogo a Contra los periodistas, sagaz libro de aforismos reeditado por Taurus, «es amigo de Schonberg, sin defender el dodecafonismo; admira a Brecht, pero no comparte su credo socialista; se entiende bien con Freud, aunque haga escarnio de las secuelas consumistas del psicoanálisis».

Relumbra el fulgor de la inteligencia en cada una de las páginas de un libro que he leído picoteando, más con la curiosidad indiferente y volandera de un tordo que con la obstinada constancia de un picapinos, y donde, entre la hojarasca de paradojas, bravatas y coqueterías, no es difícil encontrar muchas de esas formidables “frases-fortaleza”, en expresión de Elias Canetti, que hacen de Kraus un genio de la sátira. Sirvan algunas de ellas para entablar un diálogo en el limbo, por decirlo con Santayana. Este afirmó que, abandonada la posibilidad de un auténtico diálogo, solo nos quedaba soliloquiar en armonía.

Primera: «La cultura termina cuando los bárbaros se introducen en ella»

Así es. Solo los ingenuos consideran cultura y barbarie términos opuestos. Barbarian culture fue el sintagma con que Thorstein Veblen motejó a la cultura de quincalla, inundada por la propaganda y la publicidad, que algunos confunden con cultura de masas. Todo documento de cultura es, al mismo tiempo, un documento de barbarie.

Segunda: «El lector cultivado desconfía al máximo de los narradores que se mueven en medios exóticos. En el mejor de los casos, nunca han estado en ellos. Los más, empero, son de tal índole que tienen que hacer un viaje para contarlo».

Discutible, cuanto menos. A Verne no le hizo falta visitar Rusia para sacarse a Miguel Strogoff de la chistera. Tampoco, que sepamos, pisó la luna ni se introdujo en las entrañas de la tierra. Todavía hoy quedan reporteros de gran prosapia que jamás han hollado esa zona de guerra desde la que han mandado decenas de crónicas. ¿Por qué los narradores deberían visitar Camelot, la Arcadia o Eldorado?

Suma y sigue: «El esteta es demasiado cobarde cara a la vida, pero el artista sale victorioso de su huida ante ella. El esteta es un fanfarrón de las derrotas; el artista se mantiene sin participar en la lucha».

Bien está la huida. Yerran quienes piensan que la derrota nos hace mejores. Frótense con aceite de cedro o con tanino quienes crean que el dolor curte. Los sinsabores no nos acrisolan necesariamente. Conque, como escribió el más borracho de los poetas, feliz quien ajeno permanece.

Más madera: «El mundo quiere que seamos sus responsables, pero no quiere responder de sí mismo».

Doloroso es asumir que el mundo no es malo ni injusto, sino, ay, ancho y extraño: indiferente. Y, sin embargo, esto no nos exime de nada.

Otra: «Si el tormento no me deja elegir, elijo el tormento».

¿Conformismo o senequista resignación? No tardó mucho Dafne en echar raíces cuando la convirtieron en arbusto de laurel. Probablemente quepa atribuir a su munificencia el uso de la hoja en salsas, guisos y estofados. Toíto es acostumbrarse. / Cariño le coge el preso / a las rejas de la cárcel.

 

Y otra: «Hay un derecho de indigenato de las ideas que poco se preocupa de cada una de sus residencias».

La llamada apropiación cultural es una pamema. No hay ideas foráneas. Ténganlo en cuenta quienes tratan de dispensarles asilos, visados, estancias y permisos de extranjería.

Naturalmente, abundan en Contra los periodistas los zarpazos del «satírico apocalíptico», como lo denominó su biógrafo Edward Timms, contra sus compañeros de gremio: «No tener una idea y poder expresarla: eso hace al periodista». Otra: «El periodista tiene siempre temas de la mayor importancia y en sus manos se actualiza la eternidad, pero con la misma facilidad se hace en sus manos vieja». Y otra más: «Se prohíba, con razón, toda sátira que entienda el censor». No es mala sugerencia. Aunque muchos almoneden su negocio, la liebre siempre corre más que los lebreles. Kraus desconocía, empero, que el censor acabaría siendo el propio autor.

Pero nadie, periodista o no, se libra de sus misilazos. Hasta los hodiernos neorrurales, y su errática búsqueda de un locus amoenus, podrían darse por aludidos: «De una ciudad en la que he de vivir, exijo: asfalto, llaves del portal, calefacción, agua caliente. Ameno, ya lo soy yo».

«Mis glosas necesitan un comentario; sin él, se entenderían harto fácilmente». El aludido en este caso soy yo. Acuso el golpe, herr Kraus. Donde las cosas están -decía Ortega,- huelga contarlas.

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