Juan Marqués

Dime cómo es tu Instagram y te diré cómo es tu autoficción

«El espíritu que sostiene tus redes sociales es exactamente el mismo que se va a poder encontrar en tus libros personales»

Opinión

Dime cómo es tu Instagram y te diré cómo es tu autoficción
Foto: Erik Lucatero| Unsplash
Juan Marqués

Juan Marqués

Doctor en Filología Hispánica y crítico literario en publicaciones especializadas.

Si las redes sociales se hubieran inventado en el siglo XIII, nos habríamos ahorrado una buena cantidad del aluvión de la historia de la literatura, sobre todo de la poesía, y hubiera sido, por supuesto, la línea peor, la más presumida, la más vanidosa, la más narcisista. En poesía hay selfies desde la Antigüedad, textos literarios cuya existencia sólo se justifica por lo insoportable que a sus autores les resulta el hecho, tan natural, de desaparecer, autorretratos no nacidos para compartir nada valioso, para explorar en nada común, para revelar nada significativo… sino creados por pura desesperación personal, pensando en aquello tan pueril de perdurar.

Habrá quien piense que ha sido precipitado hablar de «desesperación», pues muchos autorretratos se hacen y se difunden por pura autocomplacencia, con clara satisfacción, encantados de sí mismos sus autores… pero no rectifico, pues es precisamente esa actitud la que considero de un desasosiego íntimo más evidente, más visible. No soy psicólogo, pero es obvio que hay siempre cierta insatisfacción de fondo, por no decir infelicidad, en eso de exponerse. Valdría para toda la creación, en realidad: exponerse es delatar una carencia, salir a la busca de cariño, pero en esto de exponerte a ti mismo, tu imagen, tu privacidad, tu cuerpo, tu propia vida… hay siempre algo de ansiedad, sobre todo, insisto, cuando no hay nada especialmente relevante en ese exhibicionismo.

No quiero que nadie se dé por aludido, que nadie se me ofenda, pero las redes sociales han llevado todo esto al extremo de lo insano, y vemos en ellas, indignados o divertidos, algunos comportamientos muy locuaces. Y no hablo de psiquiatría, hablo de literatura. Se aprende muchísima literatura en Facebook, se contempla allí de forma desnuda, en directo, como desde un palco, las motivaciones de cada cual para escribir, la actitud, las intenciones, los complejos, qué se busca y qué no. Dime cómo es tu Instagram y te diré cómo es tu autoficción: es una regla que no falla. El espíritu que sostiene tus redes sociales es exactamente el mismo que se va a poder encontrar en tus libros personales. Me tienta muchísimo poner ejemplos, pero vamos a intentar ser buenos.

Todo esto, por descontado, tiene poco que ver con la calidad, aunque desde luego tiene muchísimo que ver con la verdad de cada uno. Yo dividiría a los escritores entre tranquilos y desesperados: hay términos medios, pero así basta para entendernos. Y una vez más, por supuesto, hay de todo: escritoras maravillosas que nunca estarán contentas con su propia obra o, sobre todo, con su recepción; escritores malísimos que andan serenos; autores con talento y buenas ventas que venderían a su madre por vender un ejemplar más; mujeres casi anónimas que son literariamente felices porque sienten que lo que están haciendo es valioso; maestros que andan a lo suyo, ajenos al ruido social, y mediocres que, como mediocres, no hacen otra cosa que presumir… Hay casos para todo, ya digo, pero la prueba de las redes sociales es infalible. Y es curioso que así sea: que el paraíso de lo forzado, del «postureo», de la manipulación… sea donde al final todo el mundo queda en evidencia.

No sé. Si algún día Coetzee escribiera algo sobre mis libros igual sí que me haría ilusión anunciarlo y difundirlo, aunque creo que esperaría a que alguien lo hiciera por mí, fingiendo así cierta discreción. Pero lo habitual en la selva del mundo es ver que la gente dice cosas como «No me puedo creer que esta semana estoy en el puesto 7 de los más vendidos de no ficción en El Adelantado de Zamora». Y no sólo ponen una foto del recorte, sino que suelen acompañarlo de un retrato suyo. Pero hay compulsiones peores: hay quienes ponen una foto suya, con expresión intensa, bajo una cita de Montaigne o de Dickinson o de Casanova, sin más… Siempre dan ganas de comentar esas publicaciones con algo ácido, corrosivo, a ver si se dan cuenta, pero a la vez uno entiende que no puede participar de eso, ni siquiera para oponerse. «Al que la nada me ofrece, la nada le doy», decía Thoreau.

Especialmente irritante es la utilización de la muerte: «Ha muerto Tal: siempre le agradeceré que pusiera un verso mío al frente de su novela La papisa de Samarkanda»; «Me entero con consternación de la muerte de Cual: la conocí en un curso de verano de El Escorial en 1999 y me contó que le encantaban mis poemas», o, llegando a lo abracadabrante: «Al despertar me entero de que ha muerto Pascual. Ahora entiendo por qué no me cogió el teléfono anoche»… Es un caso tan inverosímil como real, pero, por fortuna, hay actitudes que contrarrestan esas vilezas con casos divertidos. MI favorito es el de esa señora que ganó uno de esos premios que, por lo que sea (habitualmente por torpeza o ignorancia de los convocantes), llevan en su nombre el adjetivo «Nacional». Esa mujer ganó, por poner un ejemplo inventado, el Premio Nacional de Biografía José de Espronceda. Bueno, pues cada dos o tres días posa con su libro, que ya se ve mal maquetado y mal editado y se intuye mal escrito con sólo ver la cubierta, recordándonos que ganó el Premio Nacional. La gente la felicita («Ey, enhorabuena por tu Premio Nacional», «Qué sorpresa y qué alegría: un Premio Nacional, nada menos…») y la autora lo agradece mucho, con emoticonos llenos de amor y de alegría. A mí me da rabia que lo máximo que se pueda aportar sea un corazón, un «Me encanta», porque yo a esa mujer sí que le pondría una estatua, o pondría su nombre a una calle o a un instituto. Lo que hace me parece, de verdad, conmovedor.

En busca del afecto perdido, sería un buen título para un ensayo sobre estas actitudes, o sobre la «egoliteratura» en general. Y no quiero frivolizar, porque sé que puede haber verdaderos dramas psicológicos y desórdenes diversos apuntalando algunos de estos comportamientos, pero me quedo en las consecuencias literarias. Autores que parece que siempre hablan de sí mismos, famosos por su aparente soberbia, o bien no tienen redes sociales o bien las utilizan con enorme elegancia y habilidad, sin engolamiento ninguno y sin estrategias de beneficio personal: están, en fin, tranquilos; autores aparentemente exitosos que no paran de ser atendidos y reclamados no dejan, a su vez, de auto-atenderse y auto-celebrarse: están desesperados.

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