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Doble espanto para “los jóvenes”

Foto: LUCAS JACKSON | Reuters/Archivo

Leí con resignación melancólica la reseña que escribió el profesor Jordi Gracia en ‘Babelia’ del nuevo libro de Félix de Azúa, ‘Nuevas lecturas compulsivas’, recopilación de artículos literarios, filosóficos y culturales que continúan las ‘Lecturas compulsivas’ de hace veinte años (en Anagrama entonces, en Círculo de Tiza ahora). Como azuísta agradecí el canto y el elogio, la recomendación entusiasta. La melancolía (y la resignación) me la produjo el intento de salvar a Azúa de sí mismo. Un intento bienintencionado y, por ello, a un tiempo enternecedor e irritante. En estas ‘salvaciones’, quien intenta salvar lo que pretende ante todo es salvarse: que no se le confunda con el condenado…

Espigo lo chungo de la reseña Gracia (de entre lo bueno, que es más): “Es natural que los decibelios del columnista hayan espantado a muchos lectores (jóvenes) que no sepan quién es Félix de Azúa o que solo sepan que es una firma a menudo estridente y rompetechos en las páginas de ‘El País’ […] la mejor versión de Azúa, irreemplazable y fastuoso para el lector culto, medio, curioso, ocioso y dispuesto a disfrutar de la otra cara del apocalíptico desatado, lejos del ‘tuit’ de la columna y de los truenos del capitán del fin de la alta cultura […] desconfíen (desconfiad) del alboroto mediático”.

Dos meses después de leer la reseña, he leído el libro. Me ha parecido una maravilla. Les remito, para que se dejen contagiar de admiración, a la reseña de Gonzalo Torné en ‘Letras Libres’. Una reseña arrebatadora que, sin embargo, también contiene su motita en la línea de Gracia: “en los artículos políticos [de Azúa] asoma a menudo un ‘clown’ incontrolable”.

Será porque suelo estar políticamente de acuerdo con Azúa –y sus exageraciones me las tomo como eso: como exageraciones (bernhardianas) –, por lo que no veo yo la contradicción, ni la necesidad de esas salvedades; como no sea, como he apuntado, para que se salve el salvador. Las consideraciones políticas son ciertamente las menos valiosas de Azúa; pero porque la política es siempre lo menos valioso, en Azúa y en todos. Una vez aceptado esto, encuentro una plena coherencia entre sus ataques y sus celebraciones. Ambas se asientan en lo mismo: en la lucidez apasionada. O en su radical celebración de la libertad y su no menos radical ataque a lo que la coarta o enturbia.

Lo gracioso es que en ‘Nuevas lecturas compulsivas’ abundan también las andanadas estridentes. Como no podía ser menos, ya que Azúa es Azúa. (Véase, por ejemplo, el artículo “Borrón y cuenta nueva”). De manera que “los jóvenes” que intentaba captar Jordi Gracia con su prevención se sentirán doblemente espantados si le hacen caso y leen el libro.

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