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Opiniones libres de algoritmos

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¿Dónde está nuestro Yersin?

"Oímos demasiadas cosas que nadie se atrevería siquiera a enunciar si en vez de estar confinados en casa estuviéramos en la calle"

Foto: Sanchezn | Wikimedia Commons

Saint-Nazaire es un puerto de mar con estación de tren. Una gran estación donde se apeaban los europeos que querían viajar a América y allí empezar una nueva vida. A esa estación llegaron Vladimir Nabokov y Véra para escapar de la Ocupación nazi y seguir jugando en los Estados Unidos. A esa estación nunca pudo llegar Joseph Roth y murió como el Santo Bebedor, antes de que los nazis lo apresaran y enviaran a un campo de exterminio. Murió en el café Tournon, muy cerca de los jardines de Luxemburgo y recuerdo que la primera vez que visité París, fotografié aquel café como quien besa una reliquia.

En Saint-Nazaire hay también una descomunal base de submarinos alemanes y una estatua de la Victoria a pie de playa en honor de las tropas aliadas que desembarcaron en la zona en el 44. Los bombardeos previos, que no pudieron con el hormigón de la base militar, asolaron la ciudad portuaria, pero quedan en pie los chalets y jardines de entreguerras de dos calles de resonancias hispanas: rue de Porto Riche y la rue de l’Havane.

En el puerto de Saint Nazaire hay unos paneles con las viñetas del final de Las 7 bolas de cristal: Haddock y Tintín paseando por los muelles en busca del profesor Tornasol. No ven el Pachacamac, pero ahí estuvo y en fin, no sigo con el misterio y regreso a la base de submarinos donde a principios de invierno, todos los años, se celebra un festival de literatura –Rencontres Littéraires Internationales– que es una metáfora de la mejor Europa. Porque la memoria de Europa es su literatura y en Saint-Nazaire se celebra esa memoria y las lenguas que la conforman: la lengua que otorga nombre a las cosas y las conserva, no la que las retuerce o desvirtúa para cambiar su sentido y provocar una perversa mutación de su naturaleza. La primera vez que asistí al festival escuché, al llegar, la lectura de un escritor sueco y al oír la música de agua, piedra y metal de sus palabras entendí la fascinación de Borges por las sagas nórdicas.

Detrás de todo esto, en el puente de mando, está el escritor-viajero y autor de novelas sin ficción, Patrick Deville, con las solapas alzadas como un viejo marino bretón, el cigarrillo en la mano y la mirada de ave de gran altura. Hace siete años, Deville publicó Peste & Cólera, sobre la vida de Alexandre Yersin, el discípulo de Pasteur, que aisló el bacilo de la peste en Hong-Kong y logró su vacuna, salvando así a miles y miles de asiáticos primero y europeos y americanos después. El libro deslumbra como un buen poema, ilumina como un relato impecable y como novela surgida de la vida real, es una maravilla. Y tejiéndolo todo, detrás, está la vieja conciencia de las palabras, que es la que nos salva, como nos salva una vacuna cuando azota una plaga. No es casual, que Alexandre Yersin muriera en una aldea indochina observando las estrellas y traduciendo a los clásicos griegos.

¿Dónde está ahora nuestro Yersin? ¿En Wuham, en Venecia, o en Moscú? Oímos a expertos –esa palabra que a tantos derrite, sin advertir que debería despertar toda sospecha– hablar de algoritmos y números para determinar el número de muertos que ha de haber y que sus cálculos no fallen. Oímos hablar de pasaportes inmunológicos y de análisis militarizados y a la fuerza. Oímos demasiadas cosas que nadie se atrevería siquiera a enunciar si en vez de estar confinados en casa estuviéramos en la calle, que es donde el ciudadano ejerce su ciudadanía. En cambio se alza un curioso silencio sobre la vacuna del coronavirus, tan reclamada al principio del desastre. ‘Pronto se descubrirá la vacuna y esto terminará’, repetían entonces. Pues para ser pronto ya llevamos casi cuatro meses desde Wuhan y el baile del pangolín pasivo y el murciélago maligno.

¿Alguien recuerda la tomadura de pelo del Tamiflou, que tanto honor hacía a su última sílaba? Fue al poco tiempo de aparecer la Gripe A y algunos gobiernos se gastaron un dineral en un producto de utilidad escasa. Un producto flou-flou. Ahora somos todos, los que estamos en la estación de Saint-Nazaire, a la espera de comenzar una nueva vida. Que esté arraigada en la vieja, pero que ya no será como ella. No sólo conviviremos con un espectro amenazante, sino que habremos comprobado lo desprotegidos que estamos frente a la amenaza y sus consecuencias institucionales (figuras de Lego en vez de personas). Y me temo que si seguimos esperando a nuestro Yersin, lo haremos como aquellos que esperaban a Godot. Con idéntico resultado.

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