Juan Manuel Bellver

¿Dónde estabas tú en el verano del 85?

«Con premeditación y alevosía, el cabrón de Ozon nos ha llevado al huerto de la nostalgia sin distinción de género»

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¿Dónde estabas tú en el verano del 85?
Foto: Christophe Ena| AP

El pasado 14 de julio, coincidiendo con la Fiesta Nacional francesa, se estrenó en las salas del Hexágono la última película de François Ozon: Verano del 85. En ella, el polémico cineasta y comprometido militante de la causa LGBT cuenta la historia de amor entre dos muchachos. “Este es el filme que me hubiera gustado ver cuando yo mismo era adolescente”, ha declarado a la prensa gala.

Según informa Euronews, estaba previsto que la cinta fuera una de las grandes atracciones en la sección oficial del Festival de Cannes 2020, que no ha podido celebrarse debido a la pandemia. De ahí que Ozon haya querido tener un gesto con la organización invitando a su director, Thierry Fremaux, al pre-estreno en Lyon, la ciudad donde rodó su último largometraje, Gracias a Dios (2018), sobre los abusos de la iglesia católica a menores de edad.

A falta de presentarse en La Croisette, esta versión para la gran pantalla de la novela Dance on my Grave (1982), del británico especializado en literatura juvenil Aidan Chambers, tendrá su puesta de largo internacional el próximo mes de septiembre –si la situación sanitaria no lo impide– en el Festival de San Sebastián, donde Ozon ya ganó hace ocho años la Concha de Oro por Dans la maison, adaptación de la obra teatral El chico de la última fila (2006) del dramaturgo español Juan Mayorga. Así que, en Donosti, se sentirá como en casa.

Eté 85 va de la iniciación sentimental de un quinceañero durante sus vacaciones estivales en la costa de Normandía. «Cuando releí el libro –explica el director–, me di cuenta de que se trata de una historia de amor universal. Los protagonistas son dos chicos, pero podrían ser dos chicas o un chico y una chica… Es un relato de aprendizaje, con un estilo narrativo y visual que toma prestados los códigos de los filmes estadounidenses de teenagers”.

Efectivamente, el componente homosexual en el despertar amoroso de Alexis es –que no se ofenda ningún colectivo– un tema casi secundario en el decimonoveno largo de Ozon. Tenía un componente reivindicativo loable en la época en que se publicó la novela. Pero, a estas alturas del siglo XXI y con numerosos precedentes en celuloide –por ejemplo, la imprescindible Call Me by Your Name (2017) de Luca Guadagnino–, lo que más me atrae del relato es el devaneo adolescente, las dudas, emociones y tocamientos torpes, en un contexto ochentero de veraneo y playa.

Siempre me han fascinado ese subgénero cinematográfico que se remonta, en mi memoria, a Un verano con Mónica (Ingmar Bergman, 1953), con la maravillosa Harriett Handerson desafiando la censura de aquellos tiempos. El sol, el agua salada, la soledad de los amantes en una cala sin que nada les perturbe, constituyen un paréntesis perfecto para dar rienda suelta a una pasión efímera que se truncará inexorablemente con el retorno a los quehaceres urbanos.

Esa temática de pubertad sensual costera se va sofisticando en títulos posteriores como Bonjour Tristesse (Otto Preminger, 1958), con mi adorada Jean Seberg interpretando a la heroína del debut literario de Françoise Sagan. O Verano del 42 (Robert Mulligan, 1971), con Jennifer O’Neill haciendo de pervertidora de menores y elevando los termómetros de las salas de proyección. O Pauline en la playa (Éric Rohmer, 1983) y Los juncos salvajes (André Téchiné, 1994), dos notables ejemplos de cómo el cine francés de autor aborda con realismo y ternura la educación sentimental en bañador. O incluso Una historia de amor sueca (Roy Andersson, 1970), quizá el más exquisito retrato del enamoramiento agosteño.

Súmenle a eso la decisión de situar la acción en los 80 –como en las citadas Pauline o Call Me by Your Name– y ya tenemos la excusa para el revival ochentero en este divertido contexto de juegos carnales de verano. ¿Dónde estabas tú en el 85? es el título de un álbum recopilatorio que, parafraseando el eslogan promocional de American Graffiti (George Lucas, 1973), recogía lo mejor del pop español de producción indie en aquel curso que la ONU declaró precisamente Año Internacional de la Juventud: Esclarecidos, Duncan Dhu, Siniestro Total, Los Nikis, Los Coyotes, Os Resentidos, 091, Hombres G…

Hoy he estado escuchando esas viejas canciones y recordando cuán ingenuos y atolondrados éramos. Con premeditación y alevosía, el cabrón de Ozon –que entonces tenía 18 años– nos ha llevado al huerto de la nostalgia sin distinción de género. Es la magdalena de Proust con ardores juveniles y un inquietante saborcillo a after-sun.

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