Iker Izquierdo

Ejecución capital

No se trata de prevenir futuros crímenes horrendos, sino de proclamar que hay límites que no pueden ser traspasados.

Opinión

Ejecución capital
Iker Izquierdo

Iker Izquierdo

Touch darkness, and darkness touches you back. Locutor, traductor y lo que se tercie.

No se trata de prevenir futuros crímenes horrendos, sino de proclamar que hay límites que no pueden ser traspasados.

El primer ministro húngaro, Víktor Orbán, quiere reintroducir la “pena de muerte” en su país con motivo del asesinato de una estanquera.

He leído muchos alegatos contra la “pena de muerte” de los colaboradores de The Objective en este último año. Todos ellos asumen como verdad evidente por sí misma que ésta debe ser abolida por “medieval”, “anacrónica”, “atroz” y otros tantos adjetivos calificativos. Entre las muestras de sentimentalismo que inundan estos alegatos, no reluce ni un solo argumento racional que abogue por la abolición de la ejecución capital.

Este último nombre, por cierto, es más atinado que el de “pena de muerte”, pues la pena recae sobre un sujeto; pero cuando ésta consiste en destruir al sujeto en cuestión, entonces no hay pena, la cual, en todo caso recaería sobre sus familiares y amigos, que tienen pena por perderlo. A no ser que se crea en la inmortalidad del alma, y entonces, el alma en pena llorará por la pérdida de su cuerpo. Como soy materialista y afirmo que las formas de vida incorpóreas son imposibles, he de rechazar el sintagma “pena de muerte” y sustituirlo por el de “ejecución capital”, o como propuso Gustavo Bueno: “eutanasia procesal”.

Porque lo que de verdad nos jugamos con la cuestión de la ejecución capital es el orden moral de una sociedad política, la cual no puede dejar sin satisfacer un crimen horrendo, so pena de socavar sus fundamentos morales y políticos. El asesino horrendo y confeso no es persona, y si se da cuenta de lo que ha hecho se suicidará (como lo han hecho tantos). Y si arrepentido, no se atreve a suicidarse, el Estado, por generosidad, deberá librarle de la culpa que lo asola mediante la eutanasia procesal.

No se trata de prevenir futuros crímenes horrendos, sino de proclamar que hay límites que no pueden ser traspasados.

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