Jordi Amat

El 8M de las élites

«Celebrar un acto como aquel, mientras se pide corresponsabilidad a una ciudadanía instalada en el ensombrecimiento de su horizonte vital, fue una irresponsabilidad cívica. Exhibirlo una forma impúdica de insolidaridad»

Opinión

El 8M de las élites
Jordi Amat

Jordi Amat

Filólogo, escribe biografías y ensayos. Colabora en prensa. Ha acabado devorado por los artículos de opinión sobre el Procés.

Parece que los rituales para adorar a Dea se celebraban cada 4 de diciembre. Aunque esa diosa de la castidad, la fertilidad y la salud tenía templo en Roma, ese día singular se la honraba en domicilios particulares. No en casas de la gente común sino en elegantes residencias donde vivían las élites del Imperio. En esos ritos, donde se sacrificaba un cerdo y se ofrecía vino a la diosa como si fuera leche, solo participaban mujeres. Pero el año 62 a.C. un hombre -el político Clodio, vaya un tipejo- consiguió colarse -Coca cola para todas, algo de comer- que se celebraba en la domus publica de la Vía Sacra donde por entonces vivía con su familia el pontifex maximus Julio César. Leo en un artículo publicado en junio, ¡precisamente en El Español!, que Clodio vestía una túnica de largas mangas, un velo y una banda en el pecho. Ellas no lo identificaron hasta que su voz masculina lo delató. Aurelia -la madre del buen Julio- canceló la ceremonia de inmediato, pero la noticia se hizo viral en las calles del centro del mundo.

Como si fuera una fake news, la plebe empezó a escuchar y repetir que Clodio había intentado violar a Pompeya -que era la mujer del César desde hacía cinco años- y también se dijo que se había colado en la fiesta para conspirar con Pompeya. A Clodio lo llevaron a juicio, pero aunque su viejo camarada Cicerón declaró en su contra, no fue condenado porque sobornó al jurado. Tampoco Julio César aportó prueba alguna para acusarle. En aquellos círculos del poder todos se conocían y todo eran rumores que, mal gestionados, podían condicionar su ambición política. Y César, que se sentía en una posición incómoda porque sabía que la percepción ciudadana sobre él podía condenarle, decidió cortar con ese episodio divorciándose de Pompeya. Cuenta la leyenda que algunas matriarcas le habían pedido que no rompiese la relación y entonces él habría contestado con el célebre “la mujer del César no solo debe serlo, sino también parecerlo”. En las Vidas paralelas, al moralizar ese momento, nuestro patriarca Plutarco afirma que “la mujer del César debe estar por encima de toda sospecha”. Algo parecido ocurrió con el anual ritual del poder que se escenificó durante la entrega de los premios Los Leones que concede el digital El Español.

Aceptemos que en el Casino de Madrid se cumplían con todas las medidas de prevención y distancia mientras los camareros servían con las mascarillas a ministros, políticos, empresarios y militares. Pero es más que probable que Clodio tampoco forzase a Pompeya y, a pesar de ello, ese episodio fue insostenible. Las elites ya han vivido su 8M. No es tiempo para sospechas. Ni en fiestas privadas. Celebrar un acto como aquel, mientras se pide corresponsabilidad a una ciudadanía instalada en el ensombrecimiento de su horizonte vital, fue una irresponsabilidad cívica. Exhibirlo una forma impúdica de insolidaridad. No se entiende. Nada agrieta tanto la necesaria confianza como la impostura descarada de quien manda.

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