José Carlos Llop

El abuso del aplauso

«La pandemia ha provocado que reducidos en la expresión de nuestros sentimientos y manifestación de las emociones más nobles, hayamos emprendido un camino más hacia ese infantilismo que todo lo coloniza»

Opinión

El abuso del aplauso
Foto: DAVID ARQUIMBAU| EFE
José Carlos Llop

José Carlos Llop

José Carlos Llop (Mallorca, 1956) es poeta y escritor. Su último libro de poesía, La vida distinta (Pre-Textos); de narrativa, Oriente (Alfaguara).

Seamos escépticos o positivistas todos queremos que la vacuna funcione y mantenga a raya a un bicho de cuyos efectos –aparte de los ya sufridos– no nos fiamos un pelo y queremos que se solucione lo más rápido posible. Pero hay que reconocer que es nuestra sociedad la que ha convertido esta situación en algo anómalo y no en una consecuencia más de la vida. La desmemoria habitual nos ha hecho olvidar las plagas que azotaron Egipto o sin ir tan lejos, las epidemias de cólera que atacaron Europa –pienso ahora en Venecia o Nápoles en pleno siglo XX– o más atrás, las diversas pestes –de la llamada Peste Negra a las plagas de viruela del siglo XVIII–. Si escarbamos en la Historia –y no importa rascar mucho– afloran como restos arqueológicos en Roma todo tipo de amenazas mortales disfrazadas de virus, bacterias y otros bichos. La diferencia está en que nuestra sociedad ha arrinconado la muerte –apenas se deja velar a los nuestros en la casa familiar, todo es aséptico y clínico– y se la ha despojado de su valor porque es ‘algo que les pasa a otros’. De ahí, supongo, que haya jóvenes que juegan con el contagio porque el peligro no va con ellos.

Hay más. La pandemia ha provocado que reducidos en la expresión de nuestros sentimientos y manifestación de las emociones más nobles, hayamos emprendido un camino más hacia ese infantilismo que todo lo coloniza. Los confinamientos, el aislamiento, la fragmentación de las relaciones personales, la extrañeza en los puestos de trabajo (si no se han perdido), la suspensión de lo festivo, el enmascaramiento, la incipiente desconfianza ante el otro, todo eso y más contribuyen a ello. Las imágenes de sanitarios –la atrocidad de los cambios de lenguaje: hace unos años, los sanitarios todavía eran las piezas del cuarto de baño– aplaudiendo a sus compañeros o a ‘sus’ ancianos tras haberse puesto la vacuna quizá influyan en el ánimo de los que prefieren no ponérsela, pero tanto aplauso acabará conduciéndonos al consejo de El planeta de los simios. Hasta algún ministro europeo hemos visto llorando ante la escena de una primera vacunación. La vida identificada en casi todo con el plató de un concurso de televisión.

Cuando hace años se empezó a aplaudir en los funerales la cosa era disonante, impertinente y bastante rara. Pero los raros acabamos siendo los que creíamos que aplaudir en el interior de una iglesia sólo debía hacerse al final de un concierto. Ahora hasta los sacerdotes animan a los feligreses a aplaudir. Serán cosas importadas del góspel, no sé. La cuestión es que como no podemos besar, ni abrazar, ni secretear, ni reír demasiado cerca de otro, ni mostrarnos –una vida nueva en Rabat–, el aplauso se ha expandido como otra plaga, lo que nos hace pensar que al popularizarse hasta estos extremos ha perdido su valor. Como esto siga así cuando aplaudan a la orquesta vienesa del concierto de Año Nuevo, los músicos acabarán tirando sus instrumentos al público y el silencio –ante una canción, un poema, una buena conferencia– acabará también siendo el mayor reconocimiento ante la obra bien hecha. Lo ha sido antes, lo será después, estoy seguro. Mientras tanto, venga a aplaudir, que consuela mucho. Nadie sabe de qué pero parece que consuela.

Y no olvidemos que frente a la promesa del éxito de la vacunación global en Europa, pronto empezarán a surgir las particularidades de cada nación, como aquellos libros sobre el inglés, el italiano o el español y los pecados capitales. De chiste, quiero decir. Para muestra, un botón: el otro día estaba merodeando por las páginas del diario SudOuest para conocer el estado de salud de una ciudad que amo cuando saltaron dos destacados ladillos sobre noticias de la vacuna en el extranjero. Una procedía de Alemania y la otra de España. La de Alemania contaba que se había vacunado a varias personas no con una dosis sino con cinco que además podía estirarse hasta siete. Lo que se dice un subidón. La española tenía otro cariz: comentaban que en nuestro país se establecería un registro con todos los nombres de los que se negaran a vacunarse. Pensé que en la era del aplauso –a los pobre alemanes con sobredosis de vacuna aún deben de estar aplaudiéndoles– ese registro serviría para señalar y abuchear a los que no quisieran a ser inoculados. Aquí todo empieza o acaba con listas negras.

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