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El acoso: una meditación

Foto: AP

Durante siglos, incluso milenios, los alumnos de todos los colegios del mundo han sufrido las consecuencias de una grave confusión: la que vincula la necesaria disciplina y su aplicación mediante un carrusel de guantazos. Solo durante las últimas décadas, incluso en nuestra civilizada Europa, ha disminuido la frecuencia de tan brutal rito de iniciación. Sorprende averiguar que el primer país que legisló sobre la materia fue Suecia, nada menos que en 1979. Sin embargo, centrémonos en una pequeña parcela de tan inmemorial trayectoria. La ocupan aquellos que vivieron el maltrato, incluso su apología, de la misma manera que lo hicieron sus ancestros, y décadas después contemplan su justa prohibición para sus hijos. Un porcentaje estimable recibió ración doble: no solo sufrió el torbellino de tortazos, también fue acosado por sus compañeros y, en menor medida, por sus profesores. La actual penalización cumple una función indiscutible: evitar que haya nuevas víctimas, pero también obliga a los padres y madres que sufrieron violencia y acoso a revivir su martirio. El recuerdo solo resulta útil cuando se confronta y se trabaja sobre él, sea para integrarlo, sea, incluso, para transformarlo en arte. La memoria del dolor en bruto solo genera lo más obvio: dolor. Parece irremediable que los progenitores piensen que si hubieran nacido unas cuantas décadas después su sufrimiento habría sido mucho menor. Y, posiblemente, no les falte razón.

La narrativa, siempre épica y a veces reconfortante, afirma que el pasado siempre vuelve. Nada más falso y más propio de una mala novela negra. No vuelve porque nunca se va. Por supuesto no suele regresar en forma de venganza o conversación purificadora, donde el verdugo asume el daño, pide perdón entre lágrimas y la víctima se reconcilia con la vida. La justicia cósmica no existe y el dolor permanece presente en la vida de los heridos durante las 24 horas, todos los días del año. Suele enmascararse y no se le concede la importancia que merece. Nace tanto en la violencia recibida como en la indiferencia, cuando no la negación, de los supuestos protectores del niño. La memoria del dolor queda encapsulada y metamorfosea en conductas agresivas que se ejercen tanto contra uno mismo como contra los demás. Porque, por mucho que la poesía más cursi se empeñe, no suelen nacer flores en los escombros. La violencia no genera, salvo en casos extraordinarios, resistencia, ni santidad.

Un caso de libro –que mezcla lo ficticio y lo real y, por lo tanto, resulta mucho más paradigmático que los hechos contrastados- lo protagonizaron Felipe de Edimburgo y su hijo Carlos. Lo relata con maestría la serie The Crown. A la infancia del padre no le faltó ningún ingrediente: locura, nazismo, maltrato físico y psíquico e, incluso, un accidente aéreo. Sin embargo, Felipe de Edimburgo no se arrugó, y pagó un alto precio por su supervivencia, cuya penúltima prueba fue la educación en un colegio escocés que pretendía replicar la disciplina espartana. Ventanas rotas en invierno, pistas americanas entre el barro y ni una sola señal o palabra de cariño. Una ira sorda, transmutada en dureza, se instaló en su alma. Era tal el orgullo que Felipe de Edimburgo sentía por su hazaña que resultaba inevitable que su primogénito siguiera sus pasos. Si no lo hubiera hecho el padre se habría negado a sí mismo. El experimento, por supuesto, fue un absoluto fracaso. La causa es tan obvia que no podía ser vista: los puntos de partida diferían radicalmente. El hijo, criado entre algodones, no disponía de habilidades para hacer frente a una educación emplazada más allá de lo militar. Desembarcar en el colegio escocés fue, para él, lo mismo que hacerlo en la guerra de Vietnam. Fue acosado mañana, tarde y noche. Sin descanso. Su sensibilidad fue arrasada por un entorno salvaje, emplazado más allá del darwinismo. Por supuesto, Felipe de Edimburgo no reconoció tal fiasco, hubiera supuesto una quiebra de su narrativa vital que muy pocos hombres pueden aceptar. Peter Morgan, el creador de The Crown, no le juzga, trata de entenderle, como hacen los auténticos narradores. Su mirada evidencia que quien no fue querido no puede querer bien porque la infancia se graba en la piel. Casi nadie es malo: el mal puro es una especie en perpetua extinción. Salvo excepciones muy marginales cada uno hace lo que puede.

Millones de hombres y mujeres viven las consecuencias en silencio, incluso décadas años después de haberlo vivido. Millones de hombres y mujeres que recordarán, o tal vez olvidarán sin dejar de sufrir, lo que pasó en aquellos patios de ladrillo, bajo la mirada más o menos condescendiente de los profesores, durante toda su vida. Algunos, los más flexibles y afortunados, quienes más se esfuercen y consigan mayor apoyo de su entorno, lo superarán. Otros no lo harán nunca.

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