Juan Claudio de Ramón

El alquimista impaciente

No era yo muy aficionado a esa serie de televisión que arrasó en los noventa y que se llamaba «Expediente X». La recordarán, porque se hizo parte de la cultura popular.

Opinión

El alquimista impaciente
Juan Claudio de Ramón

Juan Claudio de Ramón

Se licenció en derecho y en filosofía. Su máxima aspiración es alcanzar el ideal de tertuliano propuesto por Catón el Viejo: vir bonus dicendi peritus; un hombre honesto que sabe hablar.

No era yo muy aficionado a esa serie de televisión que arrasó en los noventa y que se llamaba Expediente X. La recordarán, porque se hizo parte de la cultura popular. En ella, dos detectives del FBI, Mulder y Scully, investigaban casos aparentemente inexplicables, tocados por el halo de lo mágico o paranormal. El caso es que no he olvidado un breve diálogo en uno de los episodios. En él, el camino de los protagonistas se cruzaba con un científico loco, inmerso en prácticas experimentales de alto riesgo. No recuerdo de qué oscura nigromancia se trataba, pero sí que al preguntarle Mulder y Scully por qué había incurrido en peligrosas experimentaciones de resultado incierto, este respondía, gritando, con breves e imperiales palabras: «Porque puedo».

Porque puedo. O también podía haber dicho: por probar los límites de lo que puedo hacer, sin atender a consideraciones morales o prudenciales. Fue lo primero que pensé cuando supe que otro científico loco, esta vez real, en Hong Kong, había editado, en secreto y en infracción de la ley, el genoma de dos niñas antes de nacer para hacerlas resistentes al virus del sida. ¿Por qué lo hizo He Guanqui, sabedor seguramente de que tal logro no sería visto como un hazaña y que le haría caer en desgracia entre la comunidad científica y le pondría en apuros frente a las autoridades chinas? Estoy seguro de que tras el rebozo benefactor, si He pudiera hablar sinceramente nos diría: porque podía.

Hay consenso en que la supuesta gesta de He no pasa de chapuza y que el estado actual de la tecnología –en este caso, de la técnica CRISPR-Cas9– no permite editar el genoma de embriones, ni siquiera con la mejor intención, sin riesgo de provocar mutaciones incontrolables. La censura ha sido unánime y reconforta saber que la comunidad científica avanza con prudencia y de forma coordinada en esta materia. Sin embargo, la noticia informa de algo más que de la imprudencia de un alquimista impaciente en una isla asiática. Nos dice que pronto, cualquier día de estos, la técnica que nos permita evitar la lotería genética estará lista y a nuestra disposición. Podremos. ¿Deberemos? También aquí parece emerger un consenso: sí si es con finalidad terapéutica, para prevenir enfermedades o discapacidades, pero no para mejorar lo que es normal. Lo que supone, me temo, un equilibrio tan juicioso como precario. Porque, incluso si «normal» fuera un concepto libre de controversias, los padres, ay, tenemos la costumbre de no conformarnos con lo que es normal para nuestros hijos si podemos darles lo mejor. Llevo un rato pensando en cómo terminar este artículo, nervioso ante los dilemas que se nos vienen encima y solo se me ocurre decir que el mundo era más sencillo cuando el poder de dios era superior al nuestro.

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