Pablo Mediavilla Costa

El arte no está pagado

En la entrevista que The Paris Review le hizo a William Faulkner en 1956, el escritor dejó un buen puñado de consejos sobre el árido trabajo de sentarse ante la hoja en blanco. La mayoría de ellos son de provecho todavía para cualquiera que se enfrente a la tarea creativa o, mejor dicho, extractiva de sacar algo de donde no hay nada, pero quizás el más práctico se refiere a la supervivencia económica.

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El arte no está pagado
Foto: Julián Martín

En la entrevista que The Paris Review le hizo a William Faulkner en 1956, el escritor dejó un buen puñado de consejos sobre el árido trabajo de sentarse ante la hoja en blanco. La mayoría de ellos son de provecho todavía para cualquiera que se enfrente a la tarea creativa o, mejor dicho, extractiva de sacar algo de donde no hay nada, pero quizás el más práctico se refiere a la supervivencia económica. «Al arte no le importa el entorno […] El único entorno que el artista necesita es cualquier paz, cualquier soledad o cualquier placer que pueda tener a un precio no muy alto», dice Faulkner, que recuerda su época como conserje de un burdel como el mejor trabajo de los muchos que tuvo.

Aunque codiciado y soñado por todos, un debut que asegure las cuentas es tan improbable como ganar la lotería y puede convertirse en una verdadera maldición que condene al autor, como el Jep Gambardella de La gran belleza, a deambular por las noches con el hastío de quien ya no tiene nada que hacer. Añadiría que un trabajo desprovisto de todo brillo y vocación es un alivio, algo sencillo de hacer y de entender, sin más implicaciones morales que las de dar unas horas de la vida a cambio de unos pocos billetes. A veces la rutina en la torre de marfil, en la cárcel mental, se convierte en un laberinto sin salida. Empiezo a entender el interés por el bricolaje a partir de una cierta edad.

En un reciente artículo del New York Times se detallan los trabajos que han tenido grandes creadores. El crítico Robert Hughes se quedó de piedra al ver al compositor Philip Glass en su cocina instalándole el lavavajillas. «Pero si eres un artista», exclama Hughes. «Le dije que era un artista, pero también fontanero, y que debía marcharse y dejarme terminar», dice Glass. El pintor Willem de Kooning fue carpintero; Juan Benet, ingeniero; Luis Martín Santos, psiquiatra; la escritora Tanwi Nandini Islam sacó una línea de perfumes para financiar el tiempo empleado en su ópera prima; William Carlos Williams disfrutaba sus consultas como médico («son dos partes de un todo. Un trabajo hace descansar al hombre cuando el otro le fatiga»).

Y el caso que tengo más a mano, el de Roberto Bolaño en el cámping Estrella de Mar, a un par de kilómetros de donde me encuentro. Cuando paso por delante me acuerdo siempre de él y de todo lo que debió sacar de llevar el registro, cobrar y hacer alguna chapuza ocasional. Nada menos que un mundo y una libertad que no pueden ser alcanzados por los vaivenes del mercado.

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