Enrique Andrés Ruiz

El caso Salter

«La escritura de Salter da envidia porque la da su vida, porque despierta la sensación de que no es un escritor profesional»

Zibaldone

El caso Salter
Foto: ECKEHARD SCHULZ| AP

Cuando comenzaron a aparecer en España artículos y reseñas sobre James Salter de manera más destacada y celebratoria, parecían dar por hecho un reconocimiento general, un poco como hace quien al hablar procura no contravenir mucho la que supone opinión general, no sea que quede fuera del corro. Sin embargo, aquel reconocimiento unánime no venía precedido de ningún conocimiento, excluido el de unos pocos. Esto ocurría cuando la editorial Salamandra, no hace tanto, en 2013, ofreció la nueva edición de una obra maestra, Años luz. Nueva, pero no la primera, puesto que Muchnik ya la había puesto en circulación hispánica unos años antes, en traducción también de Jaime Zulaika. De hecho, varios libros de Salter, incluidos los excelentes relatos de Anochecer, ya habían sido publicados por Muchnik.

Pero lo que cuenta es que ese súbito elogio de los suplementos literarios convirtió a Salter entre nosotros en un nuevo maestro de la literatura norteamericana. Uno que, por lo demás, no podía ser nuevo, ni joven, que no podía contar, pues, con la euforia más o menos ilusionada (en todos los sentidos de la palabra) con la que suelen ser presentados aquí a los heraldos del nuevo horizonte internacional, aunque por lo común esos vaticinios no supongan ningún ejercicio especial del don de profecía. Había algo inconfesable en la inclusión ahora de Salter entre los maestros norteamericanos indiscutibles; pienso en Hemingway, a quien se remontaría la genealogía de sus ideas y maneras —quizá las más decisivas—; en Carver; puede que en Bellow, por algún otro lado.

Lo que sucedió después, cuando ya sabíamos quién era y lo habíamos leído, es que nos dimos cuenta de que tampoco éramos los únicos en descubrir el Mediterráneo. En su propio país, donde está por ver que los escritores, en general, logren algún tipo de celebridad como la que en propiedad les es concedida en Europa, tampoco Salter era nadie en especial, ni siquiera en el mundo literario, a pesar de algunos premios de postín. A riesgo de incurrir en la cursilería, esta vez puede que sea bastante exacto lo que se comenzó a repetir entonces: que se trataba de un escritor de escritores.

En una novelita de Maupassant (alguien, por cierto, con mucho ascendente, creo yo, sobre Salter dentro de la línea del realismo francés que le fue tan cara al más francés de los escritores americanos), la madre de dos hermanos, Pierre y Jean, mujer de inteligencia práctica y acuerdo fundamental con la vida —«alma tierna de cajera», dice Maupassant— es todavía mejor retratada, aunque parezca imposible, por su modo de acercarse a la lectura: «Le gustaba leer novelas y poesía no por el mérito artístico que tuvieran, sino por la ensoñación melancólica y tierna que despertaban en ella». En definitiva, esta vendría a ser la manera ingenua de leer, según las categorías de Schiller. La de los escritores, sería la manera sentimental, todo ello dicho no más que para entendernos, naturalmente.

El caso es que el aprecio intelectual que Susan Sontag o Richard Ford mostraron por Salter no determinó nunca el de los lectores, al menos tal y como han pasado a ser considerados en nuestros días, como un masivo y unívoco contingente de seguidores con potencial virtud de compradores, clones de Madame Roland. Pues bien, Salter no fue nunca, verdaderamente, un escritor de fama. La que le llegó fue tardía, o sea, imperdonable para la lógica de la historia literaria, y, para rematar, sus méritos literarios no son eso, ingenuos, sino todo lo contrario. La consciencia de la que enseguida vemos que su manera de escribir se hace acompañar, es o no un valor, según los lectores y según el foro donde un escritor haya de ser considerado. Finalmente, además, está la carne, pero no ya la materia, sino la excepcional sensualidad con la que sus páginas parecen estar convocando, más que a la visión imaginaria, al tacto del lector, sobre todo cuando en la mayoría de ocasiones se trata de recuerdos, de fantasmas de recuerdos.

Seguramente no encontraremos, entre los escritores contemporáneos, quien haya alcanzado como Salter esas cualidades táctiles. Por más que él mismo, en sus casi postreras conferencias sobre el arte de la ficción, impartidas en 2014 en la Universidad de Virginia, vinculase la verdad literaria con la atención descriptiva, sus páginas rebasan el aspecto visual con el que normalmente asociamos a las descripciones y parecen invitar a los sentidos a avanzar un paso más hacia el alcance del objeto, a sabiendas de la quimera.

Aristóteles decía del tacto izándolo por sobre el resto de los sentidos, como constitutivo de todos ellos. «La vida es el tiempo que hace. Son las comidas. Los almuerzos en un mantel azul a cuadros sobre el cual hay sal vertida. El olor del tabaco. Queso brie, manzanas amarillas, cuchillos con mango de madera». Esto es Salter, un pequeño trozo muy característico de Años luz. Pero no se trata ahora de ninguna golosa sensualidad con la que recibir los nourritures terrestres (sin querer pienso en Gabriel Miró). Aquellos a quienes Salter tuvo por maestros hablan de otra cosa: Balzac («Fue él quien abrió esta puerta». Cada detalle, dice, de la pensión de la señora Vauquier, nos está diciendo que «¡Todo es verdad!»), Flaubert, Maupassant, finalmente Colette, que los prolongaría en la celebración de la gloria de vivir.

¿Pero de qué verdad puede hablar la literatura?: «Nada de esto es cierto. He dicho Autun, pero fácilmente podría haber sido Auxerre. Estoy seguro de que lo entenderán. Me limito a anotar detalles que absorbí, fragmentos capaces de desgarrarme el cuerpo. Es la historia de cosas que nunca existieron, aunque el menor asomo de duda al respecto, la mínima posibilidad, lo sume todo en tinieblas”. Este fragmento de Juego y perdición, novela completamente francesa, también es Salter. Su manera de estar dentro y fuera a la vez de la propia historia. La manera en que lo está, dentro y fuera, la voz que nos habla. “Como un agent provocateur o como un agente doble». La manera en la que, por la rendija más imprevista, la propia vida del escritor se filtra por entre la arena apelmazada del drenaje literario.

Sin alcanzar, claro, la relevancia de Francia, España no le fue un lugar extraño. La «España dura y parda» que sobrevoló el aviador y recordó en sus memorias. El relato de su primer cuento publicado, incluido luego en Anochecer, transcurre en Barcelona, a pesar de que su título sea «Am Strande von Tanger». Uno de los capítulos centrales de la última novela, Todo lo que hay, dolorosa y oscura, se titula así, «España», pero viene a ser una especie de guía para turistas, con todos los clichés que puede (y debe) contener una guía. Un Madrid de tabernas, museos, hoteles con olor a barniz, restaurantes con escaleras estrechas. Lorca, toreros,… No son sus mejores páginas; están llenas de explicaciones, puede que las creyera necesarias para hablar de un sitio  exótico. Se sirvió de notas —los nombres de los hoteles de Granada— tomadas en un viaje con su mujer, Kay; algún amigo mío lo recuerda en Sevilla.

Casi todo Salter está traducido al castellano; solo faltan en realidad su bonito libro de lugares y recetas escrito al alimón con Kay Eldredge y algunos volúmenes de artículos. Alfonso Armada fue, entre españoles, quien mejor lo conoció, en su casa de Nueva York, y esperamos que algún día suelte la mano en sus recuerdos; Corina, su mujer, es la autora de la foto de las solapas: un hombre de más de ochenta años, que conserva la belleza —sí, la belleza, la elegancia— en una mirada que parece haber sobrevivido a la tragedia familar, a la vehemencia infatuada de los hombres de letras. Su atisbo de sonrisa.

La escritura de Salter da envidia porque la da su vida, porque despierta la sensación de que no es un escritor profesional, sino —todavía— un piloto, un guionista del montón, un particular cualquiera. Nada de esto es verdad, pero sirve a la creación de una verdad genuina. Las imágenes visuales que sin querer asocio con sus páginas son las de las pinturas de Alex Katz, sus anchas telas, sus primeros planos de rostros con gafas de sol, sus mujeres delgadas con pañuelos en la cabeza, sus ventanas iluminadas en la noche…

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