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El deber moral de ser inteligente

Foto: Rafael Robles | Flickr

Estoy en Sevilla. Por la primavera recién estrenada está despuntando abril y de nuevo el mundo de la vida cumple con el rito de sorprenderse ante la trivialidad de la sucesión de las estaciones. Somos hombres y, por lo tanto, naturaleza insurgente que hace de un brote nuevo una inspiración metafísica y de la carne transeúnte un alboroto del alma. He venido a incordiar. A los intelectuales nos pagan para hacer de bufones de la conciencia insatisfecha. Así que hablaré del deber moral de ser inteligente en la facultad de derecho.

Voy a decir que tenemos el deber moral de ser inteligentes porque estamos condenados a actuar. O sea: a decidir con más premuras que ciencia. En esto debe consistir el pecado original, pero esta es una cuestión que conviene postergar para el otoño. Insistiré en que permitir la atrofia de nuestro entendimiento es inmoral y en que tenemos el deber moral de ser inteligentes para discernir si hay deberes imposibles, por qué los malvados pueden ser felices y el honrado desdichado; si existen cosas saludables que nuestra fe trae al mundo y cuya continuidad depende de que sigamos creyendo en lo que no vemos, etc.

Para los antiguos, el deber moral de ser inteligente equivalía al cuidado del alma, que es, dicho sea de paso, algo que ya sólo tiene quien se lo merece. La presencia de un alma se intuye por la profundidad de un cuerpo y en la resistencia de un rostro a degradarse en objeto.

Diré que el alma se asemeja a lo que ama y que por eso es importante amar el conocimiento, para proporcionarle al alma experiencias de orden, de definición y límite. Resaltaré que para llevar a cabo esta empresa son buenos maestros Vives (con su “ars nesciendi”) y Balmes (con su educación de la atención) y que si los clásicos se han vuelto difíciles, la culpa no es suya. Y que el negligente (el “nec legens”, el que no lee) cuando entra en el Museo del Prado y ve una mesa con unos pergaminos y una calavera, todo lo que dice es “¡Qué asco!”; cuando ve a un anciano encorvado hincando sus dientes en el pecho de un niño, sólo se le ocurre un “¡Qué cruel!” y cuando se para ante tres mujeres desnudas y un joven con una manzana, se le escapa un “¡Qué bonito!”, y en los tres casos es completamente sincero. El inculto peca de exceso de transparencia.

En resumen, voy a hablar de lo que cuento en el prólogo que he tenido el honor de escribir para el Maquiavelo para el siglo XXI de Ferrán Caballero, compañero de ‘elSubjetivo’. A ustedes les sugiero que no se engañen, que el conocimiento no ha quedado caduco en los tiempos de Internet y que bien pudiera ser que lo único imprescindible para aventurarse con éxito en el futuro sea tener un alma.

Estoy en Sevilla, a las puertas de la Semana Santa.

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